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Todo é fiuncho

Cruzando a Costa da Morte. A carón dos camiños, nos solares, nos taludes, arredor das leiras… Fiunchos xa maduros. E nos soutos: ourizos de castiñeiro mailas primeiras follas caídas no chán, aínda verdes. Hai quen, non tendo anís, tira de fiuncho para aromatizar as castañas. Nós faremos magosto terra adentro, onde en outono todo é fiuncho tamén, máis pequeno pero igual de abondoso se a terra é lixeira -aquí, case que area. As castañas serán as que trouxemos da aldea. A metade delas terán «bicho» dentro (Curculio elephas, un gorgojo); a outra metade irá asarse ao lume, feito esta vez- hecho esta vez de jaras, romeros, sarmientos y leña menuda de las encinas de LRO.
Futuros madroños

Semillero de Gema, en la sierra de Madrid. Cubiletes de yogur y sustrato de siembra estándar. El árbol florece en otoño, cuando los (lentísimos) frutos del año anterior están por fin madurando. Las semillas del madroño, como las de la mayoría de los árboles de zonas templadas (=cuatro estaciones marcadas) vienen programadas para no confundir el otoño con la primavera, de modo que, si no detectan suficiente frío, saben que aún no ha llegado el momento de germinar… Y no lo hacen. Por eso las semillas del madroño han de pasar dos o tres meses en la nevera: para tener garantizado un invierno de verdad. Un invierno frío, como los de antes (1).
Pasado el invierno del frigorífico, se siembra y se pasa a la fase dos: la primavera del garaje. Temperaturas de 15-20ª, que se consiguen fácilmente cubriendo el semillero con una chimenea de plástico, es decir, con una garrafa de agua sin la base.

En LRO, que no está en la sierra norte, sino en el valle del Alberche, al oste, en una zona de clima más suave (continental, pero con un aquel mediterráneo…), conservamos dos madroños relictos de cuando el agua corría por todas partes, y hasta nevaba un poco en enero.Los madroños, encaramados a las rocas, con las raíces siempre al fresco, vivían bien entonces. Como los alcornoques, de los que apenas queda uno -uno solo, muy hermoso- en la finca de enfrente, y como los laureles, las zarzaparrillas, los jacintos de bosque y las peonías, P. broteroi, hoy definitivamente desaparecidas.
Si los madroños de Gema siguen creciendo, algunos se vendrán a repoblar LRO, pero solo en aquellos rincones (rocosos, umbríos) donde todavía pueda tener sentido seguir intentándolo. En el resto de la finca, cada año más árida, ya no lo tiene. Apostamos preferentemente por los almendros y los pinos piñoneros, los pistacheros, los quejigos… Así como los pájaros se van a anidar más al norte, y los viticultores se mudan con sus bártulos a las faldas de los Pirineos, quizá en la sierra donde vive Gema, que es/era tierra de rebollos y encinas, pero no de alcornoques y madroños, el paisaje se irá pareciendo cada día más al que teníamos antes aquí. Y el nuestro al que tenían ¿en Toledo? Y el de Toledo…
NOTAS
(1) La temperatura de una nevera normal está entre 4-6 grados. Así que un sótano frío también vale. Se trata siempre de lo mismo: de fingir un invierno como Dios manda. Lo que de hecho hizo Gema fue ponerlas en un táper en el garaje, donde hace mucho, mucho frío, pero no hiela. En el táper metió sustrato de siembra, que es lo que tenía por casa. (Lo más seguro para evitar podredumbres, sin embargo, es arena, o una mezcla de arena y fibra de coco humedecida. Incluso si las metemos en bolsitas etiquetadas en la nevera). Unos tres meses más tarde, en cuanto las primeras semillas empezaron a germinar, la humedad del sustrato se condensó en la tapa-del-táper y apareció algo de moho. Momento de airear y sembrar/repicar a toda prisa (en los cubiletes de yogur)
Comienzo del fin

Vanessa cardui apurando las flores de una abelia, el mejor de los arbustos todo-terreno que se plantaron hace años entre las rocas, pegados a la casilla, a su calor, y ahora crecen solos, sin riego ni protección alguna. Queda en flor esa abelia y el rosal ‘Old Blush’, mi preferido entre los chinos, cuyas flores no dan de comer más que a las cetonias (y en primavera, con el sol en lo alto). Dos cólias -amarillo azufre, lunar negro y lunar plateado- aletean con la vanesa en torno a la abelia. Casi no se alejan de ella. Vuelan bajo, como sofocadas, se posan enseguida y pliegan las alas.
Hemos repuesto ya, para compensar las bajas de este año atroz, tres almendros (dos ‘Guara’ y un ‘Ferragnés’, de floración tardía), una higuera `Cuello de Dama’ y un hermoso nogal sin pedigrí. Quedan por plantar al menos otros cuatro almendros y tres olivos. Quedan también muchas almendras sin recoger. Hay más que el año pasado, pero pocas buenas. Las guardamos en saquitos de yute, que fueron de patatas, y vamos descascarillándolas poco a poco con un artilugio muy útil que compré en Griñón (modelo «cocodrilo»; lo tienen en cualquier ferretería; la ventaja respecto al martillo es que la cáscara no sale volando).
Crecen bien, pero despacio, las coles, alcachofas y puerros. La alberca de arriba rebosa. El pilón frente a la casilla vuelve a tener agua, y ya rebosa también, aunque más discretamente que la alberca, sobre un cauce tupido de tierra y grama que habrá que limpiar más pronto que tarde.
Hace dos días, de vuelta de poner los ajos, se me cruzó un meloncillo en el camino. Eran las tres de la tarde. Cruzó disparado, sin mirar, y se puso a salvo de un brinco entre las zarzas del otro lado. Nunca había visto uno tan de cerca (de lejos puede parecer un gato paticorto, o un hurón de buen año…) Tienen el pelaje oscuro, color chocolate, y la cabeza pequeña y puntiaguda.
No sé si veo o adivino a los alcaudones. Una pareja de plumas negras y blancas, con una gota de rojo teja.¿No deberían haberse ido? ¿Con qué otros pájaros me los confundo entonces?
Los cazadores, como cada año, han arrancado postes y carteles: propiedad privada, prohibido cazar. Ni caso. Cojo el mazo, unos carteles nuevos (fotocopias plastificadas), y volvemos a empezar. Cartuchos rojos o verdes, en los que me cabe el pulgar, aparecen entre las cepas peladas.
Al guardar la azada en la casilla me encontré una larga culebra de escalera deslizándose lentamente, muy lentamente, entre dos bloques de piedra de la pared. ¡Qué bien hicimos en dejarlos así, sin mortero! Una salamanquesa pequeña y adormilada, de cuatro o cinco centímetros, se cayó de espaldas desde el quicio de la puerta. Pero la culebra ya estaba yéndose. No la vio. Puse a la salamanquesa del derecho y la empujé con un dedo para que se metiera entre los capachos y cajas que usamos para la vendimia (el resto del año se ordenan justo ahí, detrás de la puerta).
El fin de semana pasado vino por LRO la familia de Anastasio, el anterior propietario, fallecido por Todos los Santos. Plantaron un almendro y enterraron las cenizas de Anastasio en el alcorque. El almendro crecerá en la parte alta de la finca, donde él solía poner su huerta. El valle del Tórtolas, que vierte en el Alberche, se extiende a sus pies: un ancho paisaje de encinas, olivos, viñedos, jaras. Muy a lo lejos, chalés desperdigados (urbanizaciones fantasma, en suelo rústico), plásticos de un invernadero, antenas del centro espacial de Robledo No fue nada triste. Anastasio tenía un montón de nietos, que bajaron riendo y alborotando por el camino. Cuando se despidieron subí a echar un vistazo. Añadí un tutor, del lado del viento dominante (noroeste) y protegí el tronco con un manguito de malla de plástico, muy fea, pero también muy necesaria para que los corzos no estropeen la corteza cuando vienen a frotarse los cuernos.
En quince días, a partir de ya, empezará a crecer el sol.

Anastasio
Ayer murió Anastasio, el anterior propietario de LRO. LLevaba años mal; varios meses muy mal; unos días desahuciado. Así que la muerte -es lo que se dice en estos casos- supongo que llegó deseada. Llegó por fin («Ya os llega la muerte, ya os llega«, le decía él a los tordos y a las palomas cuando, al empezar el otoño, los primeros cazadores se dejaban ver)
Anastasio, entre otras muchas cosas, me enseñó a distinguir los espárragos verdaderos de los lupios/matacanes. Me habló de las cagarrias (Morchella esculenta), que no conocía, y de los ajoporros, que nunca terminaron de gustarme. Me ayudó a instalar el riego. Cargó piedras en su tractor (no osé preguntar de donde las había sacado) para que pudiéramos terminar el muro de sostenimiento frente a la casilla. Me enseñó a podar las viñas, pero aceptó que -tras consultar algunos libros- yo matizara parte de lo aprendido y, tras la oportuna discusión, siguiera podando como él… o casi. Al vendernos la finca peleó por dejar claras las lindes con el vecino de abajo, hoy ya fallecido, «que no es malo sino nefasto», nos previno (Nefasto le quedó para siempre; Nefasta su mujer y Nefas-titis las hijas) y por que hiciéramos buenas migas con el otro vecino, Perico, quien años más tarde me enseñaría, por cierto, a injertar las cepas. Anastasio me presentó al cabrero del pueblo, Miguel «Manduca», con cuya amistad me honro, y que me provee puntualmente de estiercol para la huerta. Me llevó al almacén de piensos de Casimiro a comprar semillas. Me presentó -antes de que hiciéramos nuestro propio vino- al paisano que compraba uvas al margen de la cooperativa, un tal Pepito. Las pagaba a tocateja y las revendía en Burgos.
Anastasio deja mujer, cuatro hijos y un número x de nietos. Murió bien, rodeado de los suyos, que cuidaron de él hasta el final, y lo quisieron, sin duda, a pesar de los muchos dolores de cabeza que él les provocó en sus años buenos, los años de libertad, cuando se veía a sí mismo «fuerte y poderoso», como le oí decir un día.
Y es que Anastasio ,en esos años buenos, era informal, caótico, impredecible. Padre y esposo intermitente, imagino. Muy manejable por sus supuestos amigos, incapaz de imponerse cuando abusaban de él, Anastasio todo lo perdonaba y/o olvidaba, y no parecía darse cuenta de que, al final, tendría que pagar los platos rotos su señora. Tuvo problemas con la bebida. En una ocasión, para congraciarse con su mujer tras una borrachera que le dejó k.o. más tiempo de lo habitual, Anastasio le llevó unos iris que yo misma le corté y preparé en LRO. «Tiró el ramo por la ventana…», me contaría al día siguiente, levantando los hombros. Sospecho que también derrochó el dinero de la venta de LRO. No sé si alguna vez tuvo un sueldo fijo, regular. Era propietario de un tractor enorme con el que hacía chapuzas varias, y con el que se movía por la comarca como si fuera un monovolumen. Con ese tractor inmanejable le dio sin querer un golpe al peral de LRO: un nido de rabilargos cayó al suelo, y la madre rabilarga, cabreadísima, le fue persiguiendo por la viña, picoteándole la gorra hasta que lo sacó de allí… Imitaba a todos los vecinos, se reía de ellos en sus barbas y después les invitaba a un vino. Escucha bien, me decía también a mí, «tú nunca te enfades conmigo«. Porque me ponía verde por no arar. Y el día que llevé unos sauces y unos alisos, para plantar al pie de las terrazas de LRO, Anastasio, indignado, me soltó: ¡Siempre lo que a mí me da más asco! ¡Aliso, lo- que-el -diablo -no- quiso! El me presentó -y recomendó como si fuera hijo suyo- a Mohamed, al que le había dado por llamar «Jóse». Un intercambio habitual entre ellos, mientras compartían «botellín» después de haber estado trabajando codo con codo durante horas:
–¡Moro!
-¡Borracho cabrón!
Y vuelta a empezar, con diversas variantes.
Anastasio andaba a zancadas, era difícil seguirle el paso. De joven debió de ser buen mozo. Le gustaban las mollejas, las perdices con judiones de Avila… El vino tinto por encima de cualquier modernez.
Anastasio se fijaba en las cosas y sabía escuchar. La plantación de frambuesas en LRO, por ejemplo, despertó enormemente su curiosidad. Creo que también tenía cierto sentido estético, porque siempre iba limpio, más o menos arreglado, y reñía al cabrero por ser «un puerco» y no cambiarse nunca de ropa. A veces le regalaba una zamarra, unos pantalones apenas usados: esos que lleva Manduca -me explicaba- huelen tanto a cabra que cuando se los quita de noche se van corriendo solos, camino arriba… Era buen conversador. Sentados en LRO me contó la historia de su familia, que bajó al valle desde Navalosa a finales de los años cuarenta (él vino primero, con su padre, a lomos de un borriquito). Me contó de sus hermanos mayores, «los serranos», a los que debió de idolatrar hasta ayer mismo, que trabajaban como mulos y se quedaron solteros. Me contó su frustrado intento de ir a trabajar a Madrid: de la comida que le había preparado su madre para el viaje -un pan grande, redondo, relleno de carne y envuelto en una pañoleta-, del viaje en el autobús, llorando a moco tendido, y de cómo a los tres días estaba de vuelta. Me contó de cuando empezaron a rodar películas en el castillo del pueblo (históricas, románticas.. ¡y hasta una de James Bond!) y él iba siempre de figurante con sus amigos, porque les daban de comer y porque lo pasaban bomba…
Anastasio aseguraba tener dotes de zahorí (me dijo quién le había enseñado, pero no consigo recordarlo). Para demostrarlo cogía un alambre suficientemente largo, lo retorcía formando una especie de ye, y empuñando después esta Y por los brazos, colocándosela a la altura de la cintura, iba cabizbajo entre las jaras y cantuesos – ¡shhh!, ¡shhh!, porque no se le podía hablar mientras duraba el trance- hasta que, de pronto, el extremo del alambre empezaba a moverse.
– ¡Ya estamos en pecado mortal!– exclamaba- ¡AQUI HAY AGUA!
¿La habría, realmente? El no lo dudaba.
Cuando empezó a perder vista, muy pasados ya los sesenta y cinco, se negó en redondo a ponerse gafas (el tantarantán que le dio al peral fue por esa época). ¡El, Anastasio, que había sido fuerte y poderoso, cómo iba a ponerse «lentes»! ¡Ni que fuera un señorito de Madrid! No las necesitaba para nada. Ni siquiera para calcular cantidades a ojo de buen cubero, algo que hacía, por lo visto, con exquisita precisión: en ese capacho van cuarenta y dos kilos y medio de uvas; ahí van (señalando el cajón del tractor, lleno de sacos) mil ciento cincuenta y cinco kilos de aceitunas… Y así, sin despeinarse, pero tirando hacia arriba siempre, porque su generosidad era legendaria. Ya vendida LRO, llegó a un acuerdo con un vecino para trasladar su huerta a la parcela de éste, muy cercana al pueblo. Con el correr de las semanas, cuando todo empezaba a estar maduro, Anastasio regalaba tomates y pimientos a espuertas, como siempre había hecho; sin mirar a quién, sin preguntar casi, como un césar de Roma echando monedas a la plebe.¿Era después correspondido, de alguna forma? No estoy segura.
Sé que Anastasio se ganó la vida durante unos años como palista; andando el tiempo, pasó a alquilar sus servicios con el tractor. Pero nunca cotizó ni se preocupó, me parece, de que sus empleadores cotizaran por él. Era vergonzoso con el dinero y muy sentido con todas las cosas. Le preocupaba lo que la gente pensara de él, así que la mitad de los trabajos los haría gratis, y por la otra mitad cobraría lo mínimo (o en especie). A cambio de ser tan espléndido -este era el «pero»- que no le fuera nadie a achuchar con que, es un suponer, ¡quedamos a las diez y son las cuatro!, que nadie pretendiera decirle cuándo y cómo…
Anastasio era también -y aquí borro el «seguramente»- la mejor persona que he conocido en este pueblo. Lo he visto llorar cuando, sentado a mi lado en una piedra de LRO, recibió por teléfono una llamada de su sobrino comunicándole que su hermana Valentina, Valentina la Buena, acababa de morir. También lo vi llorar cuando le enseñé, intrigada, los restos de una camisa de cuadros (unos harapos) que había encontrado casualmente cavando al pie de una cepa: en esa camisa -me explicó entre lágrimas- su mujer y una de sus hijas habían envuelto el cadáver de Chispa, su perra, que siempre le acompañaba subida al tractor. Detrás de aquellos jirones de tela, en efecto, aparecieron unos huesecillos mondos… Era pequeña, de color blanco, me contó. Él no había tenido corazón para enterrarla él mismo, y después no quiso sustituirla por un cachorro. No volvió a tener perros. Y tampoco era cazador, aunque lo había sido en su juventud. Dejó de cazar en los años noventa, cuando se dio cuenta de que había «pocos animales«, de que las perdices se acababan, ¡pero si tenía que traerlas el guarda del coto, unos meses antes de abrirse la veda!, y de que ver una tórtola común por el monte era casi un milagro («Antes el cielo se llenaba de ellas: venían los vascos a cazarlas…»; ¿quiénes eran «los vascos»; no llegó a aclarármelo).Y lo vi llorar de rabia en otra ocasión, recordando un episodio de hacía más de sesenta años, cuando un guardia civil presuntuoso acusó insidiosamente a su padre, el hombre más honrado del mundo, de haber robado unas patatas, y decía tener como «prueba» la huella de una alpargata… El niño Anastasio estaba junto a su padre aquel día. Cuando el padre lo negó, el guardia civil le largó un sopapo. Y me contó cómo él, siendo ya hombre, fue hasta el cuartelillo de El Escorial, a donde habían destinado al infame, y que, tras buscarlo por todas partes para «ajustar cuentas«, lo encontró al fin en una taberna. Quería que supiera que durante todos esos años el sopapo dado a su padre le seguía doliendo a él en la cara. Y entró, todo chulo, confirmó con el tabernero que el sujeto era aquel, y lo que vio fue esto: un hombre precozmente envejecido, sin uniforme ya, encorvado sobre una taza de vino. Se acercó, le dijo algo muy peliculero -«¡Vengo a matarte!», pero yo creo que se lo inventó, que de hecho no abrió la boca- , y por los gestos del otro comprendió que aquel hombre se había quedado ciego. Y entonces Anastasio se dio la vuelta, y fuese y no hubo nada. Volvió al pueblo sin matar a nadie. No dio más detalles, pero pongo la mano en el fuego, conociéndolo, de que antes de salir de la taberna le pagó al tabernero la consumición del guardia ciego. El sopapo había dejado de dolerle. Y total…
– Este brazo me dejaría cortar -me dijo un día, con aquella vehemencia loca con que lo decía y hacía todo, poniendo la mano derecha en el punto donde habría que colocar el serrucho- por poder ver a mi padre otra vez. Aunque solo fuera cinco minutos...

NOTAS: Todo esto, más o menos, está contado ya en algunos posts antiguos, desperdigado por otros.
https://laramadeoro.wordpress.com/wp-admin/post.php?post=1411&action=edit https://laramadeoro.wordpress.com/wp-admin/post.php?post=5151&action=edit
Trasmocho (4): leña para hoy, nada para mañana.
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Con trasmochos y chirpiales para leña (nota 1, abajo), en especies de hoja caduca y fuerte brotación, cultivadas en zonas medianamente frescas, era como se solucionaba antes la papeleta. Haciendo este tipo de podas a nadie puede extrañar que esos árboles no llegaran a viejos. Pero hasta los años ¿50/60? del siglo pasado, en un contexto medioambiental muy distinto, aún había una razón comprensible para hacerlo, una lógica estricta en los turnos de poda, que su responsable era el primer interesado en controlar, y todo un business que incluía a leñadores, almacenistas, carboneros…: un aprovechamiento racional, en definitiva, en el que habría sitio para la impericia y el descuido -como en todas partes-, pero también un interés objetivo por hacer las cosas con cierto cuidado. A día de hoy, sin embargo, quedando tan pocas dehesas y carballeiras en buen estado, habiendo tanto, tanto, tanto monte que limpiar, y viviendo como vivimos en una galaxia diferente (la ganadería extensiva se reduce o desaparece, las antiguas explotaciones se abandonan…¡y esto sin hablar del cambio climático!) es difícil entender por qué se se les sigue dando esas tundas a los pocos robles y encinas de cierta envergadura que aún se ven por ahí. Seguimos aceptando que se tercien y/o desmochen sus copas, que se hagan podas abusivas tirando de la motosierra, y todo ello como si nada hubiera pasado: como si siguiéramos en 1900.
En muchos pueblos -como éste mío de la Sierra oeste madrileña- el ayuntamiento extiende concesiones de leña a los particulares que lo solicitan. Les adjudican una determinada parcela y un determinado volumen de leña a extraer ( pino y jara, sobre todo ). Pero pocos lo hacen. Salvo ilustres excepciones, que las hay, la mayoría de mis vecinos tienen depósitos de gasoil (fumata nigra), y la chimenea (fumata blanca) es sólo un complemento más o menos exótico. Hay incluso quien busca troncos de encina perfectamente cortados, estandarizados e impecables como los tomates del súper («cortada a 35 cm», dice una publicidad casera pegada sobre el semáforo).
Por lo general, se prefiere pagar varios cientos de euros por un camión de encina free-lance que pasarse un fin de semana al año cortando ramas y haciendo viajes con la furgoneta, o que pagarle un jornal de 60 euros diarios (gasolina aparte) al que vaya a hacerlo en tu lugar, consiguiendo, de rebote, que el riesgo de incendio en el término municipal disminuya. (¿Por qué se prefiere pagar la leña a ciegas? O por falta de información, supongo, o porque. no siempre es fácil, ay, encontrar a esa persona joven/medio joven que «vaya en tu lugar» a sudar al monte )
Las únicas desventajas que se me ocurren son: una, que esta leña «max-mix» del monte comunal es de menor calidad; hace falta más volumen para calentar lo mismo; y dos, que, con respecto a otros sistemas de calefacción, uno no puede darle a la palanca y olvidarse (hay que levantarse, bajar a llenar un cesto, cargar…). PERO no hay que rendirse a la fatalidad: ahora hacen unas chimeneas cerradas fantásticas, con un rendimiento que rasca el 90% (es decir, que el poder calórico de la madera se aprovecha mejor, con lo que se necesita menos leña: menos desriñonarse) y un precio cada día más asequible.
Se puede tener un plan B (un segundo sistema de calefacción) para cuando no haya tiempo o no haya fuerzas. Pero el objetivo, en mi opinión, sería invertir el orden de prioridades: intentar calentar el 80% ó + de las veces con la chimenea, que ésta se convierta en el sistema central, no en el sistema de apoyo, y dejar en la reserva el radiador (por ejemplo).
…Todo ha cambiado tanto. Antes se regalaba la madera a cambio de que le «limpiaran» a uno la finca (2). Ahora el propietario de esa finca ha de pagar, o hacerlo él mismo, y los montones de ramas y maleza seca se convierten en un problema si no han ardido con su correspondiente permiso de quema – y sin calentar a nadie: ya no son propiamente «leña»- antes de que se meta el verano. El problema del propietario con su parcela es el del Ayuntamiento con el monte común. Y es un problema grande, de los que quitan el sueño.
El futuro, nos dicen, está en las briquetas de viruta prensada y los pellets, procedentes de «la limpieza de los montes» (resíduos varios). Ojalá. De momento, sin embargo, los pellets son bastante más caros que ese max-mix del monte común (coste mano de obra + transporte) o que los viejos troncos de roble/ encina. No parece haber más opciones.
Respecto a esos troncos, para terminar por donde empezamos, la cosa sería menos dudosa si procedieran de explotaciones bien gestionadas, con podas selectivas, con un mínimo de amor por los árboles…Y con el sello FSC, por ejemplo, tan fácil de encontrar en otros países (3). Pero esta información, detallada y certificada, sin tonterías, en España casi ningún consumidor la pide, ningún vendedor la ofrece, y basta con echar un vistazo alrededor para comprender que cada vez hay más chaparro y maleza que árboles, más especies de crecimiento rápido que roble/encina, más árboles mutilados que copas estructuradas, y que, en fin, arrancar la motosierra y tirar para el monte (cualquiera, sin entender ni pío de cómo ha de curar un árbol sus heridas)… es lo más fácil de este mundo.
NOTAS
(1) Sobre trasmocho: https://laramadeoro.wordpress.com/wp-admin/post.php?post=3122&action=edit . Chirpiales, tras un recepe a nivel de suelo, era lo que producía el «cultivo en monte bajo regular» (R. Serrada, 2008, «Apuntes de selvicultura»).
Este tipo de cultivo se ha ido abandonando… y, como con los viejos trasmochos dejados a su suerte, sin rehacer la estructura del árbol, lo que queda atrás ya no es nada de lo que quisiéramos ver, ni bosque productivo ni bosque natural. Pura maraña, en parte seca (en especial por las yemas terminales), y en parte desgarrada: si no se siguen cortando los rebrotes, engordan más de lo que puede soportar la inserción -siempre mala en chirpiales y trasmochos, porque el brote procede de yemas adventicias.
(2) La expresión «limpiar» da miedo en boca de algunos: se trata de reducir el material combustible del monte, ¡no de dejar a la intemperie a los animales, el suelo expuesto a la erosión y comprometida la regeneración…!.
(3) Caja de 15 kilos FSC, en cualquier súper de Alemania o Suiza: unos 5-6 euros si es mezcla (haya, fresno, arce) y 7-8 si sólo haya. Comprando por palés sale más barato.
Estrictamente para pájaros ( bis)

Es un decir. Porque moras ha de haber para todos, incluso para los humanos. Este año de sequía pertinaz no hemos recogido moras de LRO (variedades hortícolas), pero sí muchas en un seto cercano, beneficiado por la relativa humedad de una cuneta. Quien diga que la mora silvestre, por el hecho de serlo (silvestre), es más rica que la variedad hortícola, creo que nunca ha probado una ‘Royal Crown’ en todo su esplendor. Es infinitamente más jugosa, más dulce, más sabrosa. Sin embargo, es verdad que le falta algo. Le falta el aroma a mora. Ese arrecendo…
Para la mermelada de mora silvestre, medio kilo o tres cuartos de azúcar. Para la hortícola: con 300 gramos suele bastar. Y en los dos casos, medio limón.
Por último. Entre el primer «Estrictamente para pájaros» (https://laramadeoro.wordpress.com/wp-admin/post.php?post=356&action=edit) y este bis, varios años posterior, han pasado algunas cosas. Que ahora existe spotify, por ejemplo, y que mientras escribo y a la vez como, a la vez escucho, y a la vez recuerdo.
Encina

En el año 2007 aún no había nada ahí, en esa esquina de la entrada. El arado de Anastasio había levantado la tierra una y otra vez, pero sin sembrar ni plantar nada en lugar de los chaparros y jaras y cantuesos que debían de crecer antes de ese lado del camino. Por eso tampoco hubo que hacer mucho después. Estarse quietos, solo eso. Con el tiempo -cosa de tres, cuatro años- asomaron unos brotes desordenados. Seleccionamos tres brotes, y al año siguiente dos, y al siguiente uno. Empezó a crecer esta encina, tan lentamente (podemos confirmarlo) como dicen los libros que crecen las encinas. Todos los inviernos hay que refaldarla un poco: ayudarle a subir la copa cortando las ramas de abajo. Hoy la encina de la entrada pasa de tres metros. Su sombra se proyecta en el camino por la tarde. Refresca la tierra que rodea el tronco, donde también vuelven a crecer los cantuesos, los helicrisum, las cañahejas, incluso esparragueras en la zona más baja, y jaras pringosas en la más alta. Al atardecer aparcamos la furgoneta junto a la encina, sin sacarla del camino (sin aplastar -quiero decir- esas matas olorosas, llenas de insectos que vuelan y zumban) y los perros, cada día más vagos, se echan perezosamente a dormir bajo su sombra.

(La historia completa de esta esquina de LRO:
https://laramadeoro.com/2014/01/04/al-principio-fue-la-avena/)
Demolition builds the future
Dedicado a la Confederación Hidrográfica Miño-Sil
¿Es de verdad el pais más avanzado el que más kilómetros de autopista y aeropuertos construye…aunque jamás se amortice la inversión, y aunque crezcan ortigas y corran alegremente las ratas por las pistas de aterrizaje (desde hace tiempo abandonadas)?. El país que va a la cabeza en abandono escolar fue también, en tiempos de vacas gordas, el campeón de las infraestructuras faraónicas e inútiles, muchas de ellas en espacios naturales protegidos. Recordando el desmadre de aquellos años, sus responsables no se cortan: declaran que volverían a hacerlo. Y de hecho, siempre que tienen la oportunidad, a pequeña, mediana o gran escala (lo que dé de sí el presupuesto), ¡vuelven a las andadas! Ni los promotores ni los “técnicos”, gente de buena digestión, con la conciencia tranquila, parecen tener problemas de sueño.
¿…Y nosotros?. Los que no somos técnicos ni entendidos, los que no sabemos nada pero lo pagamos todo, sí dormimos mal a veces. Soñamos que vamos al río y no hay árboles ni puentes, ni pájaros, ni peces… y la pena nos despierta en medio de la noche. Incapaces de entender los “cálculos estadísticos por ordenador” y profundas razones “técnicas” (¿?) de la Confederación Hidrográfica, sentimos la obligación de usar nuestro simple sentido común y, aunque resulte agotador, de hacernos oir. El país de verdad avanzado ¿no será el que consigue más con menos?. No el que elige siempre la solución más compleja, dispendiosa y épatante, sino “el que optimiza los recursos”, como se diría ahora, pero haciendo de esa frase algo más que un eslogan políticamente correcto en el prefacio de un “proyecto” o un “estudio de impacto”.
La Confederación Hidrográfica razona exactamente a la inversa. Al margen de las necesidades y prioridades en la “zona de actuación”, lo primero que hago yo, técnico de la Confederación, es informarme de cuántos euros dispongo. Después diseño en abstracto una nueva Pasarela do Toleiro, por ejemplo (perfectamente innecesaria, como casi todo lo que yo hago, pero que responde al correspondiente arquetipo platónico, la Madre de Todas las Pasarelas), y después, para construir esa magna obra que justificará mi sueldo de funcionario y el de mis colegas, y permitirá a los políticos venderla como “gran inversión para el pueblo”, procedo a hacer tabula rasa (demolition builds the future) de lo que ya existe. De lo que existe en el mundo sublunar, que tan poco frecuentan, por lo visto, los técnicos de la Confederación. Por último, por si me pinchan mucho los platagaiteiros, redacto de prisa y corriendo ese estudio de impacto ambiental, cultural, etc al que me obliga la ley -detalle éste último del que me acabo de enterar- y para la que me bastan (¡y sobran!) cinco minutitos en la Wikipedia.
Paseando por las afueras de una ciudad de Centroeuropa, hace algunos años ya, nos fijamos en que, aun estando en “zona urbana”, los caminos estaban compactados con arcilla (no asfaltados) y las orillas protegidas con troncos (no con bloques), colocados con esmero uno tras otro; había un talud de cierta pendiente estabilizado con ramas de sauce; el agua que se recogía desde la autopista próxima y otras superficies impermeables de los alrededores iba confluyendo por una red de drenaje hasta llegar, en el punto más bajo de aquella zona, a un enorme estanque artificial cuyas orillas estaban plantadas de carrizos y al que cada primavera iban a criar los patos…Una vez al año, al final de invierno, una pequeña pala excavadora arrancaba parte de los carrizos –que de otro modo acabarían cegando el estanque-y se los llevaba a la planta de reciclaje. Los residuos orgánicos recogidos de los contenedores, todos los restos de podas, los carrizos del estanque, se dejaban a fermentar. El calor que desprendía todo aquello era tal que podía mover unas turbinas, y éstas, finalmente, calentar la piscina municipal…
…Nosotros seguimos ensimismados, como siempre, como hace diez años y como hace cincuenta. Con la diferencia de que ahora nuestros ingenieros/ técnicos varios disponen de nuevas herramientas tecnológicas y pueden hacer todas sus barrabasadas desde la oficina, barrabasadas “on-line”, calentitos y con música de fondo, conectándose vía satélite con sus colegas, manejando programas de diseño punteros… Al terminar su jornada laboral, fichan tranquilamente al salir y borran de su mente esos papeles que han dejado firmados sobre la mesa, ese plan de encauzamento para el río Sarria que prevé talar, no sé, ¿unos 200 amieiros?, lo que sea esa masa verde oscura que se ve por Google Earth.

¿Con qué soñarán por la noche el Presidente de la Confederación y sus muchachos…?. Soñarán que los sueltan en paracaídas sobre Dubai, y que allí son felices por siempre jamás, en una orgía infinita de hormigón y metacrilato, sin libertad de prensa, ni de reunión, ni platagaiteiros dando por saco de la mañana a la noche.
Antes muerta que sencilla
Dedicado a la Confederación Hidrográfica Miño-Sil
Pequeño Saltamontes de Caminos, Canales y Puertos: impermeabiliza, canaliza. No hagas nunca con las manos lo que puedas hacer con una máquina. No creas lo que te dicen tus ojos, sino lo que te dice tu iPod. Y entre dos opciones posibles, escoge siempre la más difícil. La más confusa. La más cara. La que se vea mejor desde lejos. La más mineral. La más objetivamente fea. La más irreversible. La más irrelevante. La más dura o la menos blanda. La más vanguardista. La que más escombro genere. La más gris. La más fría. Aquella, en definitiva, que más obstáculos ofrezca al anidamiento de cualquier especie animal, incluida la humana.
Tomemos dos puntos en la orilla de un río. El punto A y el punto B. Un ingeniero estándar (con alguna ilustre excepción, que tendrá que haberla) imaginará hasta quince opciones –o quince millones de opciones, a cada cual más enrevesada- para que el agua llegue desde A hasta B. Por arriba, por abajo, en zig-zag, en cascada, en los cangilones de una noria, por un tubo de hormigón, por una serie de tubos de hormigón, por un acueducto, a través de un sistema de esclusas, de presas, de inyectores, de depósitos sucesivos, de piscinas fluviales, de terrazas, hacia delante o hacia atrás, embotellada, en camiones cisterna… Ahora bien, si le dices que esas opciones tienen que respetar un único requisito ( no dañar los árboles ni los puentes de piedra, por ejemplo), entonces el sistema operativo se le bloquea, empieza a pitar, y al final explota. ¿Por qué?. Porque es un ingeniero a la antigua usanza. Porque está programado para liarla. Un ingeniero autóctono-estándar necesita construir sobre el vacío (el papel en blanco, las orillas arrasadas) y no puede ni concebir intelectualmente la posibilidad de limitarse a cuidar de lo que ya hay… y estarse quieto.

