La nieve en las cepas

Jueves. El deshielo avanza. Hace 48 horas la viña era todavía un llano de espuma. Al helarse todo después de la nevada (lunes 11, madrugada del martes) en la espuma se marcaron unas ondulaciones, una especie de burbujas sólidas. Durante dos días los perros han corrido por encima de las cepas como lo hubieran hecho por una playa, saltando sobre los montículos de arena que forman las raíces de los barrones.
A las siete de la mañana de hoy viernes, sin luna, sin linterna, sin móvil, les pude sacar a pasear por el campo. Tanta luz hay aún por todas partes.

No tengo experiencia con la nieve. Sin embargo, en su día me enseñaron que lo peor no era la nieve sino el hielo; que los daños de la nieve eran sobre todo mecánicos -ramas rotas, árboles enteros vencidos por peso-, y que los efectos del hielo son distintos según cómo llegue. Que si el hielo llega de golpe no hay nada que hacer: el agua intracelular cristaliza y los tejidos se rompen; pero si va llegando poco a poco, a lo largo de varias horas (no sé si «varias madrugadas»), entonces los cristales se forman primero en los espacios intercelulares, lo que provoca un vaciamiento del agua del interior de la célula, que, así vaciada y endurecida, queda a salvo por unas horas (no sé si «por unos días»; en todo caso, aquí las temperaturas diurnas han estado toda la semana por encima de cero, aunque algún día no pasaran de 1º- 2º, máx.). La secuencia se repite en sentido inverso con el deshielo. Si es de un día para otro, la célula, sin tiempo para reabsorber el agua, morirá por deshidratación.

Ramas rotas aparte, aún es pronto para saber cómo va a quedar esto. No todas las especies resisten de la misma manera (en el jardín el destrozo está garantizado; todas las vivaces un poco tiernas habrán muerto). Ha de avanzar el deshielo, que lo hace, y a todo trapo desde ayer. Pero hay al menos dos cosas seguras. Una, que durante muchos días el ruido de las motosierras seguirá al silencio absoluto, lunar, del pasado fin de semana. Dos, que la nieve entrará en la tierra y nos hará el verano más llevadero.

Sobre las fotos. En el campo de detrás de casa, las cepas que ya están podadas corren mucho más peligro que las no podadas (*en LRO no se empieza a podar hasta mediados o finales de febrero, como pronto). Cuando el sarmiento está podado la nieve entra en el corte, se congela, se expande y el tejido se rompe. Al menos el de la primera yema, puede que de la segunda. Si se ha podado en pulgares, solo quedarán para brotar las yemas basales: poca fruta o ninguna (pero brote muy vigoroso para el 2022).

Hielo

Donde en verano hubo tomates y albahaca

A las coles les sienta bien el frío, incluso en las mesas de cultivo (foto). Esta mañana el sensor de temperatura de la placa solar marcaba -6. Cristales del coche helados. Costra de hielo en la acera y en el tejado de la caseta de herramientas.
Plantas del jardín que aguantan estoicamente las heladas: las rosas y la glicinia, por descontado; pero también las mahonias, las nandinas que están arrimadas al ciruelo y a la valla del jardín; el Teucrium fruticans, los iris, los lilos, ¡los ágaves!, todas las aromáticas arbustivas, las salvias de California que también tengan algo de protección (el límite de tolerancia debe de estar justo ahí, en el entorno de los -5 grados).

En LRO, a tres kilómetros del pueblo, todo aguanta la helada. Los fieros olivos. Los fieros almendros. Las jaras y las retamas que han resistido la durísima sequía del 2019 (el agua, no el frío, es nuestra pesadilla). Aguantan en el huerto, además de las coles, los puerros y los ajos plantados hace mes y medio. Con menos dignidad, pero resistiendo, los apios y las alcachofas. Si miro hacia el valle, entre el cerro del Tío Gitano y los pinares dispersos, imagino a los zorros preparándose para parir, en madrigueras bien protegidas del hielo. Más allá de Robledo, ya en la Sierra de Guadarrama, a los lobos, a las hembras preñadas que darán a luz en febrero. Por aquí también lo harán los podencos (no será el primer año que suceda, ni el último), esos podencos flacos que los cazadores abandonan cuando hacen su selección al comenzar la temporada, por viejos o por desobedientes, por no cazar bastante, por cegatos, por cojos, por alborotadores…
Al comienzo del camino, pero peligrosamente cerca de la carretera, vi hace dos días a una perdiz. Una sola. Subía y bajaba el talud como una loca, sin decidirse a quedarse arriba o abajo. Normalmente van en parejas, y desde abril o mayo, si todo ha ido bien, con una hilera de perdigones detrás. Pero esta iba sola, desorientada. Después de sobrevivir al tiroteo interminable de los pasados «días de fiesta», la perdiz aún no sabía, supongo, qué dirección tomar. ¿Hacia las viñas o hacia el monte? Bajé del coche y la espanté, para que, en cualquier caso, se alejara lo más posible del camino.

Una garza

De diciembre a febrero, más o menos

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La charca que excavamos al pie de la alberca permanece helada durante semanas, a veces durante meses. La orilla está en silencio; las hierbas, cubiertas de una capa de cristal, crujen al pisarlas,  y los únicos animales que dan señales de vida son los mirlos (incansables), el petirrojo que vive entre las frambuesas, y los milanos volando en círculos, cielo arriba.  Por esta época también se ven con frecuencia bandos de pinzones. Están siempre atareadísimos. Se posan en las terrazas de viñedo, en especial las ya podadas – que son las que antes y más a conciencia calienta el sol-  y levantan el vuelo en un abrir y cerrar de ojos, todos a una.
 El día que hice esta foto acaba de dejar la furgoneta aparcada en lo alto del camino  y bajaba  a pie hacia la finca. Comprobaciones rutinarias: que el manantial no esté atascado, que no nos hayan robado más postes de la linde…. Entonces distinguí la silueta de la garza junto a la charca, encogida de frío, tan aterida que entraban ganas de correr a abrazarla. Inmóvil y paciente, con hielo hasta las cejas,  la garza esperaba a que se moviera algo entre las hierbas. Una culebrilla de agua, supongo, o un ratón, o quizá uno de los sapos, no completamente adormecidos, que sientan sus cuarteles de invierno en los composteros de esa terraza (la de las moras).
En cuanto me sintió llegar –en cuanto me barruntó, diría el pastor- la garza abrió las alas, que parecían pesarle muchísimo, y se marchó lentamente valle abajo, en dirección al pantano de San Juan.