Para qué sirve una motosierra

Marzo 2012

Tengo una motosierra Stihl MS-200, con un espadín de 40 cm. Estoy contenta con ella, pero he de decir que procuro utilizarla lo menos posible; prefiero con mucho los serrotes, grandes y pequeños, en especial los de doble hilera de dientes (cuyo único inconveniente es que no pueden afilarse). De todos modos, confieso que nunca me ha gustado apear árboles vivos, ni siquiera grandes ramas, ni con motosierra ni con serrote ni con nada. En el momento de meter la cadena en el tejido vivo siempre me tengo que parar un instante y plantearme, una vez más, la misma-eterna pregunta: ¿es de verdad necesario hacer esto?. A veces no lo tengo tan claro. Otras, sin embargo, la respuesta es un SÍ rotundo: cuando las raíces de un fresno empiezan a levantar el suelo de un garaje, o cuando el abeto de Navidad –tan canijo al principio– llega por fin al segundo piso y tapa la ventana de la cocina, o cuando un pino piñonero plantado en un talud empieza a inclinarse peligrosamente sobre el aparcamiento… Todos estos casos son errores que se podían haber evitado el día de la plantación, errores que al final acaban pagando los árboles, precisamente cuando más grandes y más hermosos están.

Bueno, pues para ejemplificar lo útil que puede llegar a ser una motosierra cuando se trata de “arreglar” errores humanos, vamos a resumir la historia del Bosque de Zérnikov: cómo se descubrió e intentó hacer desaparecer la esvástica vegetal que crecía en el bosque; una esvástica formada por alerces (Larix decidua), de 60 por 60 metros, plantada hacia 1938 por un guarda forestal en medio de un pinar y descubierta por casualidad cincuenta años más tarde.

(Un paréntesis antes de seguir. En los libros de botánica se explica que las coníferas son en su mayor parte árboles de hoja persistente. Pinos, abetos, píceas, etc. Pero hay tres excepciones a esta regla general: el ciprés de los pantanos –Taxodium–, la metasecuoya –Metasequoia–, y el alerce –Larix–. Estos tres géneros, aun compartiendo las características botánicas de las coníferas en lo que se refiere al modo de reproducción, tipos de tejidos, etc., son árboles que pierden la hoja en invierno, después de un otoño espectacular en el que sus copas adquieren tonalidades cobrizas –el ciprés–, rosadas o rojas –la metasecuoya–, y de un amarillo luminoso los alerces. De estos tres géneros de conífera caducifolia, sólo una especie de Larix es autóctona en Europa, L. decidua, que crece desde los Alpes Dolomitas hasta las llanuras del Vístula, en Polonia. El Bosque de Zérnikov, en el distrito de Uckermark, está al nordeste de Alemania, en lo que antes se llamaba Prusia Oriental, ahora Brandemburgo, no lejos de la frontera polaca…).

La historia, en cinco actos, puede ser contada de atrás adelante.

Empezando, pues, por el año 2000, quinto y último acto (¡de momento!), no creo que los operarios del departamento forestal del land de Brandemburgo vacilaran ni medio segundo cuando el día uno de diciembre, de buena mañana, los motores de una docena de motosierras volvieron a hacer retumbar el Bosque de Zérnikov. Y esta vez no se detuvieron hasta que la esvástica de alerces quedó patas arriba. Con hachas les hubiera llevado semanas; con unas buenas motosierras, horas.

Y digo “esta vez” porque hubo otras antes. En el 2000, en efecto, se talaron veinticinco alerces. Pero es que en el año 1995 –cuarto acto–  se habían talado ya cuarenta y tres. Los alerces, en el entretanto, habían brotado de nuevo, de modo que la cruz gamada volvía a ser reconocible cinco años después de aquella primera tala. Un aeroplano la fotografió en noviembre de ese año, cuando el dorado de los alerces destaca contra la masa verde de los pinos. La agencia Reuters difundió la imagen.  En noviembre del 2000 la BBC, la CNN, y todos los medios de comunicación europeos, pusieron otra vez el grito en el cielo: “la esvástica de alerces del  Bosque de Zérnikov vuelve a ser perfectamente reconocible desde el aire”.

Tercer acto: 1992. Nadie supo (¿?) durante cincuenta años de la existencia del tal bosque. Para distinguir la esvástica hacían falta dos requisitos: tener un avión y pasar con él por encima de Zérnikov la primera quincena de noviembre. Si se pasa antes o después –o si no se tiene un avión…– la esvástica se diluye en el verde de los pinos que la rodean. Hace falta, además, una tercera cosa, que las autoridades locales te expidan un permiso de vuelo. Pero el distrito de Uckermark pertenecía a la República Democrática de Alemania. Poco amiga de dar permisos, seguramente. Hizo falta que cayera el muro y que se reunificaran las dos Alemanias para que un buen día de noviembre de 1992, el piloto de un aeroplano –¿un funcionario reconociendo la zona, un hobby-pilot…?– descubriera desde el aire una enorme, enorme esvástica dorada. Consiguió que no le diera un infarto y la fotografió. Poco después las autoridades del recién creado land de Brandemburgo empezaron a hacer gestiones para talar rápidamente los alerces. Y no les resultó fácil. Aunque parte del bosque seguía perteneciendo al estado, otra parte fue parcelada y su propiedad –muy discutida– pasó a diferentes manos. Por otra parte, no todos los propietarios estaban por la labor de dejar entrar las motosierras, por muy “anticonstitucional” que fuera aquella esvástica. Entre unas cosas y otras, hubo que esperar tres años hasta las primeras talas.

Segundo acto: entre 1992 y el final de la guerra. Según las investigaciones publicadas, los archivos demuestran que las autoridades comunistas sabían de sobra que en ese bosque había una enorme esvástica vegetal. Pero, por lo visto, no le dieron mayor importancia. Ellos mismos, pensaría el funcionario de turno, ¿no hacían también inmensos diseños florales con la forma de la hoz y el martillo?.

Y llegamos así al comienzo de la historia, que es el final de la nuestra. Aunque todavía no se conocen los detalles (1), los periodistas apuntan a esta versión del primer acto: en 1938, un guarda forestal de la aldea de Zérnikov pagó no sé cuantos pfenings a un grupo de las juventudes nazis locales para que le ayudaran a plantar un centenar de alerces en el bosque. Y así se hizo. Por esos distritos del norte de Berlín pasaban las divisiones de la Wehrmacht que estaban empezando a concentrarse en la frontera. Muy pronto se pondrían en marcha camino de Dantzig, iniciando a su paso la segunda guerra mundial. Había que celebrarlo, desde luego, pensó nuestro entusiasta guarda nazi, mientras regaba los pequeños alerces recién plantados. Lejos estaba de sospechar que por esas mismas llanuras, cuatro años después, entrarían los tanques rusos que dividirían su país en dos, como una nuez, y les privarían de libertad durante cincuenta años.

Los alerces no tenían culpa, pero los errores se pagan. Y se pagan caros: en el año 1995, cuando se iniciaron las talas, los árboles pasaban de dieciséis metros. No sé si los ecologistas tuvieron algo que decir, quizá aceptaron la tala masiva como un mal menor. Pero eso es lo que pasa cuando se planta un fresno demasiado cerca del garaje, o un abeto debajo de la ventana de la cocina, o un pino piñonero en un talud… Que al final hay que talarlo. Y para eso precisamente sirve una motosierra. (2)

NOTAS
(1). Por ejemplo, la fecha exacta de la plantación, entre el 38 y el 40. O quién fue exactamente el piloto que la descubrió.

(2) Supe de esta historia a raiz de un viaje a Berlín hace dos años: M. Kopleck, Past Finder. Berlin Ch. Links Verlag, edición francesa, Berlin 2008, p. 89. El bosque está cien kilómetros al norte de Berlín. Otra fuente, que difiere en algunos detalles: archives.cnn.com/2000/WORLD/europe/12/04/germany.swastika.reut/

La foto del alerce dorado pertenece al catálogo de semillas de semencesdupuy.com

Manual de heridas (1)

Parece difícil de creer, pero hasta hace relativamente pocos años no se tenía la menor idea de cómo cicatrizaba un árbol sus heridas. Se sabía lo evidente: que, a diferencia de los animales, los árboles no regeneraban el tejido de la herida, sino que intentaban aislarla y cubrirla, dejando dentro –cuando lo conseguían– el trozo de madera necrosada, ese “clavo” con el que después habrían de vérselas los carpinteros… Pero no hubo una explicación del mecanismo fisiológico hasta que Alex Shigo introdujo el concepto de compartimentación y lo sintetizó en las siglas C.O.D.I.T («compartimentation of the decay in trees»). Publicó sus conclusiones en 1975. A España no llegaron hasta diez años más tarde, y por la puerta de atrás. La mayoría de su obra sigue sin traducirse, por razones que desconozco. En cuanto a las originales, pueden comprarse online en la web de sus herederos y socios: www.shigoandtrees.com.

Javier López, al que llamo por sistema siempre que tengo dudas sobre lo que debo hacer con un árbol (www.arbolsano.com), me pasó hace años unas fotocopias del Compendio de arboricultura moderna. Me quedé bastante sorprendida, con la impresión de que iba a tener que cuestionarme muchas de las cosas que me habían enseñado en los cursos de poda hasta ese momento. Este no es el lugar para hablar de la compartimentación, ni yo la persona indicada para hacerlo. Baste con insistir en la idea de partida: cuando uno tiene una motosierra o un serrote en la mano debería poder visualizar en su cabeza lo que va a pasar con toda probabilidad en el interior de ese ser vivo si el corte está mal hecho, o si se hace en un momento del año en que la compartimentación será más difícil, o simplemente es un corte gratuito, o realizado en una especie arbórea que compartimenta mal, y que, por tanto, condenará al árbol a una muerte lenta pero segura, etc. En los cursos de poda tradicionales –al menos en los dirigidos a estudiantes y jardineros de a pie– también se recomienda el «saneamiento y regularización» de las heridas (mucho más que una simple limpieza de tierra y trozos rotos de corteza), incluso su cierre con productos «cicatrizantes»; capítulo aparte serían las grandes heridas y oquedades; ahí todavía se sigue recomendando la instalación de tubos de drenaje, secado de las paredes con hornillos y sopletes, etc, etc. Ningún experto en arboricultura moderna hace eso ya, pero los antiguos hábitos se reproducen monótonamente en las webs más frecuentadas sobre jardinería y paisajismo… A. Shigo insiste mucho en esto de las dosis y el sentido común: no llega con saber cortar («dónde», «cómo», «cuándo»), es que también hay que saber «cuánto». Si cortamos y limpiamos de forma obsesiva eliminaremos las barreras químicas con las que el propio árbol está autoprotegiéndose y acabaremos dañando sin remedio la «zona cambial» (ese anillo de células con capacidad de reproducirse activamente, y del que depende, no sólo el crecimiento de cada primavera, sino también  la generación de los tejidos protectores que aislan la madera herida de la sana).

Yo ya no cojo las tijeras con la misma alegría. Ni limpio nada antes de estar bien segura. Un ejemplo: la goma que supuran los frutales de hueso; he estado quitándosela a los troncos durante mucho tiempo, convencida de estar haciendo lo correcto, cuando lo único que hacía, en realidad, era dejar esos árboles todavía más desprotegidos.

En LRO hay pocos árboles y en su mayoría están enfermos. Ya he contado al hablar de los drenajes lo que les pasó a los melocotoneros cuando el anterior propietario desvió hacia ellos el agua excedente de la terraza grande. En cuanto a las encinas y almendros más grandes, todavía recuerdo el consejo que me dio el guarda del coto de caza una de las veces que vino por aquí: tienes que «cortar con la motosierra todos los brazos, para que se ponga verde otra vez…». Eso es lo que hacía el anterior propietario (aunque dudo que lo hiciera su padre en los años cincuenta, y no sólo por falta de motosierra). Y eso es, pues, lo que yo he heredado. Heridas de motosierra de hasta veinte centímetros de diámetro que no han empezado siquiera su compartimentación; ramas desordenadas, tocones necrosados, desgarros, inserciones muy frágiles. Y heridas brutales como las de la encina que encabeza esta entrada; heridas hechas por puro capricho, tan irracionales como apalear una serpiente o lanzar una botella de cristal contra las piedras.

Bueno, he empezado un catálogo de “heridas” de todos los árboles de la finca. Me gustaría dejar registrado cómo se van cerrando. Lo harán lentamente, muy poco a poco, como todo lo que hacen los árboles («trees make love quietly», reza uno de los leit-motiv de A. Shigo). Mi objetivo es familiarizarme con esas heridas, seguirlas de cerca, como si yo misma las llevara grabadas en un brazo. Las primeras de la serie (habrá más) serán las de los melocotoneros.

Todo sobre mis coles

Noviembre 2011

Es el primer año que pongo coles en la huerta. Empecé con las lombardas, en primavera, y continué con coles de Bruselas y coliflores hacia la mitad del verano. Todas esas coles fueron plantadas en la “lasaña” donde se habían cultivado los ajos en invierno (y el año anterior, tomates). Al poner las plántulas añadí medio saco de mantillo a cada una para compensar la bajada de nivel de la lasaña (la materia orgánica se fue descomponiendo e incorporando al suelo original: lo que al principio era un buen colchón de paja, hierba y estiércol, ahora se parece más a una alfombrita de baño… Bueno, sólo crecieron bien y pudieron ser consumidas las lombardas, que se habían plantado a finales de abril. Lo demás también fue consumido, naturalmente, pero no por mí, sino  por un poderoso ejército de chinches, orugas y pulgones.

Con los pulgones me fui arreglando (limpiando las hojas al regar, con paciencia), y con las orugas todavía, porque las retiraba con los dedos, una a una, y las echaba en la orilla del camino, en unos montones con restos de fruta que suelen visitar los mirlos y los ratones.  Pero las chinches… las chinches pudieron conmigo. Me he pasado horas agachada metiendo en un sombrero las orugas y chinches que iba retirando con los dedos. Y es que las chinches son muy cucas; se dejan caer al suelo en cuanto sienten que algo no va bien, y ahí, entre el acolchado y la tierra, se escabullen con facilidad. Además, se pasan el día dedicadas al noble deporte de reproducirse. No exagero. Tengo la impresión de que no hacen otra cosa de la mañana a la noche. Comer y trincar sin parar un segundo. El problema es que no quiero utilizar ningún insecticida, ni siquiera los blandos, por muy admitidos que estén en el Reglamento de producción ecológica. No hay insecticidas selectivos, y pienso que, aunque los hubiera, tener que recurrir a ellos es reconocer que las cosas no se han hecho bien, o no tan bien como se debería. (En las grandes fincas, donde hay mucha gente empleada que vive de lo que se produce, con las consiguientes nóminas que pagar a fin de mes, gastos fijos de transporte, cámaras, etc., las cosas son diferentes, y más cuando hay que vérselas con una plaga. No pretendo juzgarlos, ni mucho menos, porque no sé lo que haría yo misma si me viera al frente de algo así). Aquí, en LRO, es más fácil tomar decisiones. Si me cargo a la chinche, me cargo también a la tijereta, a la mariquita, a la libélula… Y no quiero cargarme a nadie. Así que lo que tengo que hacer es: primero, no desesperarme; segundo, descubrir qué es lo que hice mal.

Hipótesis: las chinches atacaron como fieras salvajes en pleno verano; en ese momento las lombardas ya estaban medianamente crecidas; las otras coles, sin embargo, eran todavía muy pequeñas, con hojas tiernas y apetitosas; las lombardas aguantaron mejor los ataques de la chinche, así que mi primera conclusión –a someter a prueba el próximo año– es que la plantación de verano la hice con plántulas demasiado pequeñas;  tenía que haberlas dejado crecer en un lugar protegido, incluso en módulos de invernadero, y no plantarlas hasta que estuvieran el doble de grandes. Por otra parte, yo no sabía de la existencia de esta chinche –Eurydema ornata–; estoy segura de que cuando vi a la primera paseándose entre las líneas de coles no le di la mayor importancia; al contrario, debí de quedarme contemplándola, encantada de haberla conocido (un bicho nuevo en la huerta, y de librea tan vistosa…) en vez de agarrarla de inmediato y mandarla a freir puñetas al camino. Además de ser más cuidadosa con las fechas de trasplante, y de andar más atenta a los primeros ejemplares, tendré que hacerme una lista con los principales predadores de la chinche (pájaros, lagartijas, arañas… pero habría que ser más precisos). Cualquier consejo, cualquier información al respecto, serán bien recibidos.

La historia no termina aquí.

OLYMPUS DIGITAL CAMERASaltamontes a la derecha, mimetizado con la tierra.

En plena ofensiva general de las chinches aparecieron otros personajes poco recomendables: los saltamontes azules. Al principio, como me pasó con las chinches, me limité a hacerles fotos. ¡Qué bonitos son, cuando, en pleno salto, despliegan ese velo azul turquesa que llevan recogido detrás de las patas!. Y así estuve, alelada, hasta que los pillé con las manos en la masa cepillándose una línea de judías recién germinadas (en la foto se ve al saltamontes a la derecha, mimetizado con la tierra). Unos días después de estas fotos, los preciosos saltamontes azules atacaron la última remesa de coles.Y los conejos remataron lo poco que los saltamontes habían dejado. Y a finales de septiembre, cuando parecía imposible que pasara nada más, cuando ya sólo quedaba media docena de coles de Bruselas y otra media de coliflores, aparecieron los que faltaban: los jabalíes. Echaron abajo la portezuela (hecha con un palé atado con alambres) y zapatearon a placer la cama de las coles.

Bueno. Termino. No me he rendido, eso jamás. He cogido los despojos de las coles y los he trasladado al otro extremo de la finca, a una huerta mejor cerrada. Allí están ahora las coles supervivientes, protegidas con unas mallas rígidas y unas estacas. Las primeras noches frías de verdad han empezado a poner las cosas en su sitio. No hay ni rastro de chinches ni de saltamontes. Y, aunque no me gustan los cazadores, tengo que decir que el comienzo de la temporada de caza ha alertado a conejos y jabalíes. No me alegro. Preferiría enfrentarme a ellos de otra manera: reforzando los cierres de las huertas, para empezar. O poniéndoles comida apetitosa en otros sitios.

En fin. Las coles siempre me han parecido unas plantas muy hermosas: erguidas, robustas, carnosas, sólidas, como pequeñas esculturas vegetales. Creo que aunque no fueran comestibles seguiría luchando con el mismo ahínco por sacarlas adelante.

Arar o No arar

A mis vecinos les parece una extravagancia que deje crecer las hierbas entre las viñas, bajo los olivos, en el espacio entre huerta y huerta.  Aquí siempre se ha arado, me dicen, y no una, sino varias veces al año. Se ara en primavera (al salir del invierno: desde el momento mismo en que la tierra deja de estar empapada) para que no crezcan las hierbas, y se sigue arando en verano “para romper la costra”. En otoño y en invierno se ara cuando se puede, “para que entre el agua”. Aran de forma rutinaria, incluso donde no hay nada sembrado ni previsión de que vaya a haberlo. Aran y aran “para que todo esté bien limpio”.

Algunas de las razones que alegan son importantes:

  1. Las hierbas, que para mis vecinos son siempre “malas hierbas”, compiten por el agua y los nutrientes.
  2. En verano, secas, son altamente inflamables.
  3. Lo de “romper la costra para que la cepa respire”, sin embargo, no logro entenderlo ni siquiera cuando trato de adoptar su punto de vista: abriendo surcos en la tierra reseca sólo se consigue que la escasa, escasísima humedad acumulada a cierta profundidad se pierda antes; donde no hay posibilidad de regar, en una tierra de secano casi total durante meses, ¿no es más lo que se pierde que lo que se gana?.
  4. En otoño y en invierno el problema puede ser el exceso de arado. Una vez podría bastar, creo yo, “para que la tierra se cargue bien de agua”. Pero todos los años veo que muchos aran dos y hasta tres veces entre la vendimia, en octubre, y la poda, a finales de febrero. Con la tierra removida y pocas o ninguna raíces para sostenerla, la lluvia abre grietas profundas allí donde la pendiente es un poco pronunciada. Las grietas se convierten en cárcavas. Y en algunos rincones, con el paso de los años, esas cárcavas acaban dejando ver el hueso: la roca madre que aflora. Así que el cuarto argumento tampoco me convence, al menos no completamente.

Esas son las razones por las que mis vecinos aran. Pienso que hay además una razón de fondo de la que no son del todo conscientes. Les gusta ver la tierra desnuda. Es una imagen que les tranquiliza. Las “malas hierbas”, como las zarzas enmarañadas, la charca llena de lodo o la copa sin podar de un olivo, les causa desasosiego. O eso me parece percibir a mí cuando converso con ellos. Una viña intransitable, con las calles invadidas por las alijonjeras y los hipéricos, para mis vecinos es un escándalo. Una muestra de desidia, de completa dejadez.

El cultivador.

Cuando dicen “arar” en realidad casi nunca (quizá nunca) se refieren a pasar el arado, sino a pasar un cultivador de “golondrinas” (varios dientes de hierro atornillados a un bastidor; rompen la tierra pero no la voltean). El cultivador es menos agresivo que el arado, pero tanto uno como otro, en cualquier caso, alteran la capa fértil (los 30 primeros centímetros), donde se encuentra la microfauna encargada de descomponer la materia orgánica y mantener vivo el suelo. El daño es enorme. Y también el que se hace a las raíces superficiales de las viñas. Y a la miríada de invertebrados que encuentran abrigo y alimento en esos herbazales, y que tienen un papel insustituible en la “lucha biológica” contra las plagas. Por eso hay que estar muy seguro de lo que se va a conseguir arando antes de hacerlo. Tiene que compensar. ¿Compensa realmente?.  Lo que se ha destruido no se va a recuperar después en dos-tres horas (el tiempo que lleva arar el viñedo de La Rama de Oro).

La extensión arada “hasta siete veces al año” (así me lo aseguraron, literalmente, para hacerme ver el valor de lo que me vendían). La foto es de finales de octubre.

Ese mismo lugar de la finca un mes más tarde, después de las primeras lluvias.

Escuchando a unos y leyendo a otros he llegado a la conclusión de que, según sea la tierra, el clima y el tipo de cultivo, podría no ararse en absoluto o ararse, todo lo más, una o dos veces al año, justo antes de las últimas lluvias (lo que es difícil de prever…). Más de eso, pienso que nunca compensa. Hablo de los cultivos leñosos, y de todos los espacios donde no se vaya a sembrar ni plantar nada. Pero incluso en una huerta la práctica de arrancar hierbas (en este caso, con la azada) me parece a veces un poco obsesiva. Es bueno que haya hierbas, muchas y muy variadas hierbas, en todos los rincones donde no compitan con los tomates o las patatas; que no haya hierbas en los caballones, desde luego, pero ¿por qué no ha de haberlas todo alrededor, y lo más cerca posible?.

En La Rama de Oro, en especial en las terrazas donde hay cepas, la tierra es arcillosa. Entre el invierno y la primavera caen unos 450 litros de lluvia al año.

Hemos escogido no volver a arar.

En tres años la finca se ha llenado de saltamontes, mariposas, escarabajos. Y claro: también de abejarucos, de tórtolas, de alcaudones, de sapos y todo tipo de reptiles… Hacia mediados de junio el campo empieza a agostarse. Muchos invertebrados terminan por entonces su ciclo reproductivo, y es en ese preciso momento cuando hay que empezar a desbrozar. Sin descanso. En un mes no deberían quedar más que islotes marginales, pequeños refugios dispersos aquí y allá.

Si el riesgo de incendios no fuera tan elevado (la segunda razón que alegaban mis vecinos), creo que sólo desbrozaría los caminos y entre las viñas (por razones que luego explicaré). Dejaría el campo entero a su aire, y que la sucesión de especies vegetales siguiera su curso sin mi intromisión (que, al desbrozar, siempre favorecerá a las especies de menor altura).

En cuanto a la primera razón que daban para arar, la de la competencia entre hierbas y cultivos, es verdad que en primavera no la he evitado. Pero es que esta tierra  es suficientemente húmeda y está, además, orientada al Norte. La humedad no le viene sólo de la lluvia, que desde luego no es tanta. Le viene de la alberca y de la charca de la parte alta de la finca. Durante muchos meses el agua sobra. La competencia primaveral entre hierbas y cultivos, aquí, no es un argumento convincente.  Y  si no lo es en primavera, tanto menos lo será en verano, cuando las hierbas se agostan.

Utilizo una Stihl 130. No pesa mucho y consume relativamente poco combustible. El ideal, en una finca tan grande, sería una desbrozadora de las de ir cómodamente sentado. O no. En realidad, no. El verdadero ideal, si todo fuera más sencillo, si no existiera la pesadilla del fuego, sería pasar una guadaña entre las viñas y por los caminos. Sin prisas. Sólo entre las viñas y por los caminos. Y con eso bastaría.

En el mundo real de La Rama de Oro he de pasar incluso una segunda vez la desbrozadora, porque las hierbas están muy altas y quiero triturar bien la paja seca (se descompondrá antes). A veces veo con mis propios ojos cómo el hilo de la desbrozadora parte por la mitad a un saltamontes, o pone en fuga a una legión de chinches… En pleno verano, cuando lo hago, creo estar minimizando los daños, pero soy consciente de que mi mera presencia tiene siempre consecuencias negativas para los animales de la finca. En alguna ocasión he estado a punto de matar con la desbrozadora a un gazapo; sólo a punto… pero tan cerca que procuro no olvidar nunca hasta qué punto hay que ser cuidadosos. Mis perros no dejan que las perdices aniden al pie de las cepas, como sí hacen en otras fincas; con todo y eso, dejo sin desbrozar el espacio bajo los sarmientos, que después limpio (más o menos…) con las manos o con una azadilla. Donde hay hierbas muy altas empiezo cortándolas por la mitad  (y no al ras), para darles tiempo a las serpientes a sentir las vibraciones del motor que se acerca.

En cuanto a las huertas de cultivos herbáceos, rara vez se pasa ya el motocultor para mullir la tierra. Tomates, calabacines,  pimientos… todo (con  excepción de la parcela de patatas) se cultiva en montones de paja y mantillo, y son las lombrices y demás familia las que se encargan de mejorar la estructura del suelo. Pero esta es otra historia, que queda para otro día. Cuando salen hierbas entre las plantas  las quito a mano, muy selectivamente. Dejo siempre alguna que otra: alguna fumaria, que se llenará de mariquitas, alguna manzanilla.

La viña, por lo demás, sólo está cubierta de hierbas hasta finales de junio o mediados de julio. Por esas fechas se desbroza. De otro modo los sarmientos, ya muy crecidos, se enredarían entre las hierbas secas. No entrarían ni la luz ni el aire en el momento en que los racimos empiezan a madurar. Finalmente, la vendimia se haría imposible.

En La Rama de Oro hay catorce olivos de tamaño mediano. El mismo día de ir a recoger la aceituna limpiamos un poco con un rastrillo bajo la copa. Para entonces, ya en pleno invierno, ninguna hierba molesta gran cosa.

Por último. En la parte baja de la finca la pradera se mantiene sin arar y sin desbrozar. Sólo se “limpia” la linde con el vecino y el camino que la rodea, en la (seguramente ingenua) convicción de que si se iniciara por ahí un incendio esas tiras de tierra pelada valdrían para atajarlo más fácilmente.

Desbrozar implica un trabajo físico enorme. Y un trabajo que a veces hay que hacer con 35º de temperatura o más. Pero en líneas generales, en los cuatro años que llevamos haciendo las cosas así, pienso que el cambio ha sido positivo. Lo peor es que a veces se echa la vendimia encima y todavía no se ha terminado de desbrozar por algunas zonas. Es un problema de tiempo y de dinero (de tener la posibilidad de contratar a alguien para que eche una mano con la desbrozadora). Pero sólo eso. La tierra no se ha vuelto a romper. Y yo he podido empezar un catálogo de insectos y flores que va creciendo de año en año.