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Acerca de ccoutodafonte

1968, La Coruña. En la Comunidad de Madrid desde 2005. Sector: jardinería. Blog: www.laramadeoro.com.

Lombardas vs. lechugas

Agosto 2011

Cosas que he aprendido en la huerta a fuerza de equivocarme: hay que ir mezclando a los más rápidos con los más lentos, porque es la mejor forma de aprovechar el espacio (o lo que es lo mismo, el tiempo). Al hacer la planificación de las huertas he procurado tener en cuenta las familias botánicas y las necesidades de suelo y humedad de cada hortaliza. Pero no me había parado a pensar en los diferentes ritmos de crecimiento.

La lombarda es la más cansina entre las cansinas coles. La lechuga, en el otro extremo, va como una flecha. Bien regada, está lista en 30 días. La lombarda pasa más de medio año en el huerto, y eso sin contar con los ¿tres, cuatro? meses que a lo mejor se tiró en el vivero, desde el momento de la siembra. Si se ponen lechugas entre las coles, cuando la col está lista para ser arrancada hace ya mucho que nos hemos llevado y comido hasta dos tandas de lechugas; es decir, que cuando la col está enorme ya no hay nadie estorbándole por los pies. En el último tramo de su desarrollo está sola. Además, la lechuga es de buen conformar. No necesita un gran abonado, y sus raicillas ni en sueños le harán competencia a las de la col. El único posible inconveniente que le veo a este cultivo intercalado de lombarda y lechuga es que (y todos los libros de horticultura insisten en esto) las coles necesitan un suelo firme. Cada vez que se arranca una lechuga –para colocar otra un palmo más allá, previa incorporación de un poco de humus, y siempre y cuando en el suelo no haya parásitos– se esta removiendo la tierra e incordiando a la col. Pero esta operación puede hacerse con cuidado. Y además, sólo se hace una vez a lo largo de la estación: al trasplantar las lechugas –pongamos, en junio– se deja entre ellas un espacio algo mayor que el que recomiendan los libros, de modo que, al cortarlas, se pueda ir colocando la segunda tanda intercalada –pongamos, en agosto–. Así lo estoy haciendo yo ahora, y a lo que parece la cosa va bien.

Esto que cuento se refiere a la huerta de verano, a lo que tengo creciendo en estos momentos en el campo. Pero debiera valer también para la huerta de primavera con alguna pequeña variación: al trasplantar en marzo unas coles primaverales puede intercalarse con ellas una hilera de espinacas, que resisten el frío y son también relativamente rápidas (para las lechugas, aquí, hay que esperar un mes más). Y  lo mismo en agosto/septiembre con unas coliflores, intercalables con espinacas o, para variar, con rúcula. Así que veloces lechugas cuando ya hace calor, y rápidas espinacas cuando refresca (sea en primavera, sea en otoño). Y en ambos casos, las también rapidísimas, agradecidísimas rúculas.

Sólo porque me gusta el naranja/amarillo contra el morado he sembrado caléndulas entre las lombardas. Creo que lo suyo era poner capuchinas, pero aquí, con tanto calor durante tanto tiempo, ni siquiera bajo el sombrajo habrían estado contentas.

Pisto, ratatouille y cia.

Agosto 2011

En La Rama de Oro se cultivan todas las verduras que hacen falta para preparar un buen pisto. Mejor aún, una buena ratatouille. Después de mucho bucear por internet, y de consultarlo con algunos familiares entendidos en la materia, he llegado a la conclusión de que la diferencia es mínima, En su versión estándar ambos platos llevan siempre tomate, pimiento, calabacín y cebolla. Y se suelen acompañar de huevo frito. O de huevo batido mezclado en la propia sartén. Pero la ratatouille añade berenjenas y lo aromatiza con orégano. Otras diferencias atañen a la presentación. En el plato español  se cortan las verduras según van viniendo, sin muchas contemplaciones, en tiras los pimientos, o “como si fueran patatas para hacer una tortilla” el calabacín. En el plato francés se cortan cuidadosamente en pequeños dados todas las hortalizas (menos el pimiento, claro). Una vuelta de tuerca más y aparece el “confit byaldi”, que inventó un chef de renombre en los años setenta  a partir de un plato  turco similar a nuestros pistos, ratatouilles y demás. En el “confit byaldi” las verduras se cortan en discos y se colocan en escalera. Pero sobre todo, no se van friendo poco a poco, como en el pisto, ratatouille y cia, sino que se asan en el horno y se aliñan después con una vinagreta.

Bueno, en el mes de agosto hay tantos tomates, pimientos y calabacines en La Rama de Oro que el sentido común ordena preparar conservas para el invierno con todos los excedentes. Además, en ese mes Madrid se vacía, y no es nada fácil vender las cestas de hortalizas que preparamos aquí. La ratatouille es perfecta para ir sacando de delante todo lo que empieza a madurar. Los frascos, rellenos en caliente y bien tapados, se esterilizan al baño maría veinte minutos, exactamente igual que los de salsa de tomate. Si una ratatouille en agosto, hecha con verduras frescas, le reconcilia a uno con el mundo, ¿cómo no saborearla con gratitud los primeros días de enero, cuando en la huerta sólo hay coles de Bruselas y un puñado de ajos aguerridos luchando contra el hielo?.

En tiempos del gran rey Kanishka

Marzo-Abril

Aunque se llamen respectivamente Prunus persica y Prunus armeniaca, ni los melocotoneros son exactamente de Persia ni los albaricoques de Armenia. (Por otra parte, tampoco los nísperos, Mespilus germanica, son alemanes, ni el “arce de Montpellier” es de Montpellier, etc.  En la vida, a lo que parece, no todo se explica con argumentos científicos. De ahí, por ejemplo, que cuando un francés utiliza la expresión  “filer à l´anglaise”  nosotros lo traduzcamos al español como «largarse a la francesa”…).

Los melocotones y los albaricoques vienen de China, como tantísimas otras plantas de llevar a la despensa o –sobre todo– al jardín (¿es concebible la vida sin rosales remontantes?). Dicen que en China los albaricoques crecen silvestres, que al final hay tantos que la gente ya no les hace mucho caso al pasar. Como aquí a las zarzamoras. Desde hace, no cientos, sino miles de años, se sabe de poetas y pintores chinos que se consagraban a la exaltación de la flor del melocotón, de la flor del cerezo. Cuando por aquí los señores feudales sólo soltaban el garrote para comer a mordiscos un trozo grasiento de carne,  por allí, en ese preciso instante, ya había un gentilhombre perfectamente acicalado disponiéndose a pintar una garza sobre un lienzo de seda. Así son las cosas. Sobre cómo llegaron estos árboles a Europa no parece haber unanimidad. Transcribo a continuación la historia que yo prefiero. No la he sacado de un libro de fruticultura, sino de un pequeño tratado de Bertrand Russell titulado Elogio de la ociosidad. En el capítulo en cuestión el autor trata sobre “El conocimiento inútil”. Su propuesta es ésta: saber cosas nos hace vivir mejor, o lo que es lo mismo, llorar menos cuando toca llorar (eso no se arregla) y reir más cuando toca reir.

“Yo encuentro mejor sabor a los melocotones y a los albaricoques desde que supe que fueron cultivados inicialmente en China, en la primera época de la dinastía Han; que los rehenes chinos del gran rey Kanishka los introdujeron en la India, de donde se extendieron a Persia, llegando al Imperio romano durante el siglo I de nuestra era; que la palabra “albaricoque” (apricot) se deriva de la misma fuente latina que la palabra “precoz”, porque el abaricoque madura tempranamente, y que la partícula inicial “al” fue añadida por equivocación, a causa de una falsa etimología. Saber todo esto hace que el fruto tenga un sabor mucho más dulce”.