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Acerca de ccoutodafonte

1968, La Coruña. En la Comunidad de Madrid desde 2005. Sector: jardinería. Blog: www.laramadeoro.com.

Sexo en el arroyo

Mayo 2011

Y muy en particular en las gigantescas angélicas que crecen en la orilla. Hay docenas y docenas de escarabajos y chinches apareándose. No tengo mucho tiempo para hacerles fotos; las que he traído aquí no pueden dar cuenta, ni de lejos, del bullicio de cópulas y cortejos que yo veo al pasar. Nada parece molestarles. No se distraen ni cuando una chinche asesina (Rhinocoris) se pone a cazar y a masticar tranquilamente, allí mismo, a uno de sus congéneres. Muy cerca, en la parte alta de una Hierba de San Pedro (Scrofularia) he visto apareamientos de libélulas, formando lazos en el aire, como acróbatas. Pero las fotos que les hice son de mala calidad, apenas se adivina el enredo…Y he escuchado durante ¿dos, tres meses? los ladridos de las ranas en celo, tan potentes que te parece seguir escuchándolos cuando ya estás en casa.

Cantáridas (o “coraceros”) de diferentes colores. Una rama más allá, parejas de Griphosoma (uno de ellos, sin perder la concentración, mordisquea la ramita de angélica…).

Rhinocoris, “chinche asesina”. Detrás, la cantárida que se ha salvado se va a buscar nueva pareja. La encontrará enseguida y continuará lo que interrumpió la chinche asesina. Las cantáridas, por otra parte, son ellas mismas depredadoras (quizá por eso se toman estos cambios de pareja con tanta naturalidad…).

Estrictamente para pájaros

Septiembre 2011

…es a finales de septiembre la orla espinosa de bosque, coloreada de endrinas, escaramujos, bayas de majuelo y las últimas moras maduras. Las endrinas se van derechas al congelador; dentro de unos días las mezclaremos con orujo, anís, un poco de canela y corteza de limón, y en seis meses el licor estará a punto. Con los escaramujos de Rosa canina sólo sé hacer ramos –un tanto minimalistas– que se conservan dos o tres semanas en su jarro de cristal. Los majuelos no están sanos; los veo decaer de año en año, sin remedio, y la fruta (que no es una baya exactamente, sino un «pomo», una especie de minúscula manzana) ni cuaja bien ni termina de madurar; de esto habría que hablar un día en “la otra rama de oro”, la de los madroños y melojos en retroceso. En cuanto a las moras, se las dejamos íntegramente a los pájaros y a los paseantes; en LRO cultivamos dos variedades hortícolas, ‘Royal Crown’ y ‘Dicksen’, que maduran en agosto. Por estas fechas, ya un poco saturados de moras, los ojos (y las manos) se nos van a los higos.

Estrictamente para pájaros, en el jardín, son los setos de piracantas, que se llenan ahora de racimos anaranjados, escarlatas o amarillos. Los pájaros no se acercarán a comer las piracantas amarillas, ni las sinforinas blancas, ni nada que no tenga aspecto de estar bien maduro. También los cotoneaster se llenan ahora de fruta roja. Y las nandinas. Y los berberis. Los pájaros que tengan que volverse a Africa engullirán cuanto puedan antes de partir. En LRO son los abejarucos, oropéndolas, alcaudones… Todos ellos prefieren insectos y lombrices, pero en este momento del año no parecen hacerle  ascos a nada.

A muchos kilómetros de aquí, en la montaña, los pájaros pierden la cabeza por las bayas del serbal (botánicamente, creo que también son pomos). Hace años, tantos que ni me acuerdo, grabé un vídeo de pocos segundos en medio de un bosquete de serbales; miré hacia arriba y filmé lo que veía mientras giraba sobre mí misma; era, literalmente, una descarga de granizo naranja. Y se me ocurrió pensar en Strictly for the birds, aquel disco viejuno de Menuhin&Grappelli. El vídeo se perdió hace tiempo, con el ordenador en el que estaba guardado. Pero lo volveré a grabar en cuanto vuelva a cruzarse un serbal en mi camino.

El camino de Middleharnis

Junio 2011

Hubo un tiempo y un lugar en que las avenidas eran casi siempre sinónimo de alamedas: una  hilera de álamos (Populus alba) a cada lado del camino.  También valían chopos (Populus nigra, “álamo negro”). Y si sus troncos no fueran tan finos, los abedules (Betula pendula).  ¿Qué tienen en común, (además de que crecen rápido)? Una piel blanca, fina, a veces hecha jirones. La luz de la luna se reflejará en ellos, y el caminante, al que se le ha echado la noche encima, no se perderá. Este cuadro de Hobbema está ahora en Londres, pero fue pintado al otro lado lado del Canal, a finales del siglo XVII. En esta reproducción que he bajado de internet no se distinguen bien. Pero sí, son álamos.

¿Y por qué tienen tan poca copa los álamos del camino de Middleharnis? Se me ocurren varias explicaciones. Algunas más sencillas, otras más arriesgadas. Primero, que en Holanda –llana, desarbolada y pegada al mar– el viento es un compañero omnipresente. Y no hoy, que es un día tranquilo, pero sí quizá mañana, una ráfaga de aire se levantará en el mar –al fondo del cuadro– y romperá las ramas blandas, quebradizas, de la avenida de álamos. Segundo, que no es fácil encontrar con qué calentarse en invierno (de hecho, lo más fácil era hacerlo con bloques de turba), y el que pasaba por allí  (mejor dicho, el que estuviera autorizado para hacerlo…) podía retrepar tronco arriba por los árboles e ir cortando rama a rama con un serrote a medida que bajaba.

Ahora bien, la madera de álamo arde demasiado mal, y, por otro lado, estos troncos ¿no están demasiado derechos para haber crecido en un lugar tan ventoso?. Además, no hay tocones, y cuando el viento parte una rama no es tan cuidadoso; los brotes tiernos salen directamente del tronco; y por ellos sabemos también, de paso, que ha ido avanzando la primavera, que quizá sea ya verano; los rebrotes son numerosos, y las copas que se agitan allí arriba, como penachos, están ya bien tupidas.

Al ir quitándole las ramas bajas el árbol empezará a estirarse, a  “subir la copa”; como lo que hacemos por aquí los jardineros con los pinos piñoneros, por ejemplo, para forzarlos a “tirar  para arriba”, a crecer con el tronco recto y sin achaparrase; pero en estos casos sólo se sube “un piso” de ramas,  y en cualquier caso nunca más de un tercio de la altura total, pues se hace por razones ornamentales, no por el aprovechamiento de la madera. En el campo, que es otra historia,  a la poda radical de todas las ramas  se le llamaba “escamonda”, escamonda para leña si se quitaban ramas de grosor medio (lo que sólo podía hacerse, evidentemente, cada cierto número de años), o escamonda para forraje, si se le quitaban los ramos del año, hacia la segunda mitad del verano. Las escamondas, según se dejara o no algo de copa en lo alto,  recibía diferentes nombres y estaba sujeta a diferentes ciclos de poda/reconstrucción, según  la especie, el contrato de arrendamiento, etc. (hablar de todo eso ahora nos alejaría mucho de Middleharnis)

Aquí, en este cuadro, una escamonda para leña podría entenderse si se tratara de robles, pero nunca, me parece, con álamos o chopos (que no tienen ningún poder calórico, que cuando la rama es un poco grande se pudre con sólo mirarla, de empapada que está siempre por dentro…). Además, cuando uno quiere aprovechar un árbol para leña deja que las ramas engorden durante unos años; y las ramas que les faltan a estos álamos no eran gruesas: si el viento, o los propietarios de los árboles (el ayuntamiento, tal vez) hubieran dejado que las ramas engrosaran, también el tronco lo habría hecho en su debida proporción. Serían mucho menos altos y no estarían tan escuálidos, aún siendo especies de porte esbelto. En cuanto a la escamonda para forraje, se entendería mejor con un fresno, con un sauce… pero qué va,  en esta época del año no, y mucho menos en Holanda, donde si algo sobra, precisamente, es el pasto verde (hasta bien metido el invierno).

Mi impresión es que, aún dejándole al viento su cuota de estropicio, hay alguien que ha estado “limpiando” sistemáticamente de ramas/ramillas los troncos de esos álamos desde que eran jóvenes, y no lo hace desde luego por la leña (aunque siempre haya alguien más pobre que las ratas que pueda aprovechar incluso las ramas finas).

Tres. Acabo de recordar, al releer lo anterior, esos arbolitos flacos –“aviverados”– que venden en cualquier vivero de España (del mundo). Son árboles para hacer avenidas, o como ahora se dice, “alineamientos urbanos”.  Siempre había pensado que esos árboles los cultivaban así no sólo para que tuvieran una copa alta (que deje pasar un coche por debajo; y con el tiempo, incluso un autobús) sino también porque les sería más fácil a los del vivero transportarlos en los camiones. Por el camino de Middleharnis también pasaban carros, como se ve por las rodadas que dejan. ¿Era esa la razón de que los álamos se plantaran  “aviverados” y se les intentara conservar así año tras año, es decir, tan largos y con la copa tan desproporcionadamente pequeña? Puede haber una pequeña verdad en esa explicación… pero nada más que eso (porque a ver, ¿qué altura podía tener un carruaje, por muy cargado que estuviera hasta los topes).

De todos modos, aunque de las explicaciones anteriores pueda aprovecharse algo, ninguna me parece suficiente por sí misma. Sí, el viento rompe algunas ramas; la madera de álamo, por mala que sea, acaba ardiendo; y los carruajes no pueden andar tropezando con las ramas de los árboles. Pero tiene que haber más.

Cuatro. ¿Es posible que desde que eran muy jóvenes los álamos hayan sido conducidos “en copa alta” (como hacemos por aquí los jardineros con los pinos…)  para que el viento se filtre perfectamente por la avenida y no tire abajo unas copas densas que le ofrecerían demasiada resistencia? ¿Es posible que estos álamos no hayan tenido nunca una copa estructurada? En un pueblo de Holanda, con la capa freática tan alta, cabe pensar que las raíces no serán profundas. Los árboles aislados, y plantados en alto, serán inestables, peligrosos…

Hay un hombre a la derecha, en un nivel más bajo. Se protege con un sombrero plano y trajina muy concentrado con una navajita. Está formando árboles jóvenes, de copa redondeada y alta. ¿Destinados al jardín de algún rico vecino? Su poda parece puramente ornamental, y desde aquí al menos, por muy fijamente que escrutemos la reproducción, no se puede distinguir de qué especies se trata.

Esto es entonces lo que uno ve inmediatamente: los árboles altos y esmirriados, pelados por el viento, o por unos hombres muertos de frío, o por quien quiera que sea (nada de esto se ve en el cuadro) y, más abajo, los otros arbolillos, más coquetos, que amaestra el podador con sus navaja. Los del camino están más expuestos al viento. Los del vivero están tranquilos.

Hay muchas más cosas en el cuadro. La elevación del camino (tanto como el faro y los mástiles que se entreven al fondo) nos dice también que estamos en el norte, muy cerca del mar, en una tierra cenagosa que vive con la amenaza permanente de las crecidas e inundaciones (esto tampoco se ve). A los lados del camino corren canales de agua mansa, bien disciplinada, obediente como los arbolitos del vivero.

Un hombre viene de Middleharnis. Es un cazador, con su escopeta al hombro y su perro husmeando algo en dirección al canal. Pero unos metros más adelante hay un borrón no perceptible (sólo los libros de arte llaman la atención sobre él, y entonces sí se ve). Ese borrón es el de un segundo perro; esta vez, un perro flaco, sin dueño. Vaga por el camino de Middleharnis, tendrá hambre y pulgas; intentará cazar un conejo, o un mirlo, y a lo mejor el caminante, o el podador, se disponen a alejarlo a pedradas. Debía de ser tan poco elegante que Hobbema lo borró.

En conclusión,  ¿para qué han plantado estos álamos aquí y por qué no dejan que las copas espesen? Bueno, no son una pantalla eficaz contra el viento, eso parece claro. Tampoco el iluminar a los caminantes justificaría  una plantación tan concienzuda. El brillo nocturno viene de regalo, sin haberlo previsto. Se escoge el álamo porque crece rápido, se reemplaza rápido, y soporta perfectamente los encharcamientos. Me imagino que en alguna web holandesa lo deben de contar con todo detalle, porque aún hoy lo seguirán haciendo así en las zonas rurales (si es que les queda alguna). Las raíces de los álamos están sosteniendo el talud, protegiendo el camino de la erosión del agua, como en la playa esas masas de raíces del barrón (Ammophila arenaria), sin las cuales no podrían formarse las dunas, ni podrían protegerse los pescadores (como aquí el podador) a sus espaldas.  Y las copas no pueden crecer  porque el fuerte viento, al moverlas, podría desgajar la base del talud.  De ahí la limpieza repetida de los rebrotes del tronco (que suba pero que no engorde, que no forme nunca una pesada copa), que es lo que quizá esté haciendo, a escala menor, el hombre de la derecha.  Así que lo que interesa del álamo no es ni su copa ni su leña. Interesan sobre todo sus raíces.  La copa será la necesaria para mantenerlas vivas y hacer que el tronco estire, sin estorbar en ningún momento el paso del viento. Si los troncos están tan rectos es precisamente por eso, porque el viento se desliza entre ellos, casi bailando.  A mano izquierda se deja ver una  masa de árboles completamente diferentes –seguramente robles–, que aparecen con tanta frecuencia en los cuadros de los antiguos maestros holandeses. Ahí sí que habrá árboles deformados, con el tronco inclinado en la dirección dominante del viento, y tocones que nadie habrá limpiado, que son lo que queda de las ramas partidas por el viento; y ahí, con seguridad, sí habrá gente recogiendo leña. Y árboles, no escamondados, sino desmochados… Ese bosque, cuando las ráfagas vengan de ese lado (Middleharnis está en un islote frente a Rótterdam; el viento vendrá de todas partes) sí forma una buena pantalla contra el viento, y sí protegerá en alguna medida la avenida de álamos (en alguno de sus tramos al menos, y desde luego el vivero).

Hacer un camino en un lugar así no era ninguna broma. Hacer una red entera de canales y caminos, y conservarla año tras año, era una enorme obra de ingeniería de la que sin duda se sentían muy orgullosos los ciudadanos de Middleharnis. Así se entiende que el perro rascándose las pulgas estuviera de más.

Entonces, ¿y si esos arbolitos relamidos del vivero no fueran sino álamos de dos o tres años, destinados a reemplazar rápidamente a sus mayores, que el viento acabará partiendo, o el lodo asfixiando? El hombre del gorrito y la navaja, a la derecha, se convierte en el primer sospechoso de las escamondas en la avenida. Y no por la leña. Sólo como una labor más, una entre otras, para la conservación del camino.

En los cuadros –como en las imágenes que desfilan por la ventana del coche, ¿como cada vez que abrimos los ojos?– lo que vemos es muy poco, apenas nada. Vemos sólo lo que sabemos, y si no sabemos nada, no podemos ver nada. El perro flaco no existe, ni las manos agrietadas de los hombres que plantaron los álamos de Middleharnis, y, para el que no quiera enterarse,  ni las inundaciones ni el viento, ni la angustia de ir caminando de noche por un camino oscuro, son siquiera presentimientos. Irá a Londres, a la Nacional Gallery, y sólo verá un cuadro muy hermoso, uno de los mejores de la confortable, bien caldeada sala en la que está expuesto.

 

Terebintos, zumaques, pistacheros

Noviembre 2010

Hay dos arbustos en La Rama de Oro que se comen literalmente el otoño. Mires hacia donde mires, allí están. Son el terebinto, que tiende al rojo a partir de finales de octubre, y el zumaque, que va pasando del ámbar (cuando la mitad de las hojas están todavía verdes) al naranja intenso. Son de la misma familia, la familia del anacardo y del  pistachero.  Los dos destacan fuertemente contra el verde oscuro de las encinas.  Los dos pierden su follaje muy poco después. Sobre la ramas quedan, en el caso del terebinto, esas agallas en forma de cuerno que justifican el nombre local de “cornicabra” (como esa variedad de olivo que inunda Castilla). En el caso del zumaque, los tirsos florales, que se mantienen erguidos –aunque ennegrecidos y mustios– hasta que la lluvia y el viento los vencen.

Los zumaques no son exactamente autóctonos. He leído que los trajeron los árabes en el siglo X, y que sus ramas, ricas en taninos, se usaban hasta anteayer para curtir pieles. Un amigo ciclista, que se conoce muy bien todos los caminos, me hizo observar que no había muchos zumaques en la zona; que, en realidad, sólo los había en dos o tres fincas. ¿Es posible, entonces, que fueran plantados deliberadamente, por la misma persona que después, en agosto, cortaba los ramos del año y los ponía a macerar?. En el pueblo hay una calle que se llama así: calle de las tenerías. ¿Es posible, entonces, que los propietarios anteriores a los anteriores propietarios –que de esto no saben nada– se dedicaran a curtir pieles?. ¿Es posible que en La Rama de Oro hubiera ganado a principios del pasado siglo, vacas de raza avileña, negras y mansas, como las que todavía cría uno de mis vecinos?.En cuanto al terebinto/cornicabra, otro vecino me dijo que hacía años habían intentado desde no sé qué organismo oficial animar a los agricultores de la zona a injertar en ellos pistacheros. Pero el injerto era trabajoso, las marras muchas. No sé si fue por cansancio, o por desidia, o por la lentitud del árbol en empezar a producir, pero la cosa quedó en nada. En La Rama de Oro se han plantado ocho pistacheros ya injertados; de momento van creciendo, pero tan lentamente que parece que no, que no quisieran crecer ni estar ahí (un par de centímetros al año, y con desgana). Creo que, a pesar de lo que dicen los libros, habría que regarlos muchísimo más (yo sólo lo hago dos veces al mes). Las hojas no se colorean en otoño; se ponen lacias y un buen día caen al suelo, sin llamar ni poco ni mucho la atención.

Zumaques y terebintos son otra cosa, aunque su fruto no se coma ni el arbusto, en realidad, tenga ya ningún aprovechamiento.

Donde crecen juntos, hombro con hombro, creo que el zumaque le gana terreno al terebinto. Sus raíces son fuertemente invasivas, pero además produce cientos de semillas aplanadas y peludas. Los pequeños frutos del terebinto (¿pistachos silvestres?) se los comen algunos pájaros, y las raíces, aunque también vigorosas, parecen ceder ante las del zumaque. Pero no lo sé seguro. Sólo es una impresión de estos cinco años: las colinas de La Rama de Oro dominadas por los zumaques no paran de crecer y extenderse.

Salvajes y azules

Junio 2010

Son los acianos, las borrajas y las achicorias. Tres azules que cualquiera puede ver cuando cruza España entre mayo y septiembre. No son iguales, sin embargo.

El azul de los acianos es intenso y brillante, con reflejos morados en el interior de su sofisticada cabezuela. Su lugar está en las orillas de los campos de trigo, mezclado con las amapolas y las manzanillas. En La Rama de Oro se sembraron hace tiempo en una tira de flores junto a las moras. Pero la tierra no era la que ellos buscaban; con seguridad necesitaban un suelo algo más fresco, más rico, y quizá más suelto. Las flores silvestres no aceptan que se las lleve y se las traiga.

El azul de las borrajas es plano. Un azul mate, sin matices. La verdadera borraja, la de los libros de cocina, es probablemente una planta hortícola, aunque naturalizada –asilvestrada– en esos prados multicolores que enloquecen a las abejas, apicultores y abejarucos. Su lugar está en los huertos de suelo ligeramente calizo de la mitad norte; sus primas hermanas,  las rústicas anchusas, empiezan a florecer por aquí ya a mediados de mayo, como en todas las praderas estacionales del centro y sur de la península; viven con apenas nada, en unos suelos pobretones que estallan de color en mayo y junio para agostarse después en apenas quince días. Si por lo que sea reciben algo de agua en verano –en LRO, porque están muy cerca del montón de compost donde crecen las calabazas– las anchusas logran mantener su roseta de hojas ásperas hasta el invierno.

El azul de las achicorias, parecido al de la flor del romero, es el de un cielo despejado, limpio de nubes. Su lugar está en las escombreras y cunetas más martirizadas. Florecen rápido, cuando ya el calor aprieta, y sus tallos rígidos, hirsutos (como los de su prima hermana la “alijonjera”) le plantan cara a la hoz y se enredan en el nylon de la desbrozadora.

Hyacinthoides en abril.

Anagallis en julio.

Claro que hay otros azules. Pero lo cierto es que no son tan frecuentes como la gama inabarcable de blancos, rosas, violetas. En La Rama de Oro crecen un puñado de jacintos silvestres; asoman su espiga de campanillas azulonas en abril, casi a escondidas, al abrigo de los zumaques y mirando al norte; por lo que voy leyendo, estos Hyacinthoides hyspanica debieron de ser más abundantes cuando por esta zona había más melojos que encinas, más madroños que almendros… más caballos que motos y “quads”.

Pero quizá el azul más persistente en LRO sea el de una planta minúscula, de hojas diminutas y tallos rastreros: desde junio en adelante, sin amilanarse por el calor, serpentea  entre cepas y olivos el azul pensativo (con esa gota de púrpura en la base de los pétalos) de las Anagalis foemina. Quizá el desbroce la haya favorecido, como al resto de plantas de yema baja.  A día de hoy, es nuestro azul cotidiano durante meses.

El terrón grande

Febrero 2010

La reproducción de la izquierda la pintó Alberto Durero en 1503. Está en el Museo Albertina de Viena. La foto de la derecha la hice hace un par de años, en un triángulo de separación entre dos carreteras por las que se accede al Puente del Pasaje (muy cerca de La Coruña). Aquel día llevaba parada unos diez minutos, sin poder incorporarme al puente, y de puro aburrimiento me fijé en la mancha verde que tenía a mi lado. Tres de las hierbas del “terrón” de Santa Cristina están también en la acuarela de Durero: el diente de león, el llantén, y la ¿pamplina?; son de diferentes especies, desde luego, pero pertenecen al mismo género: Taraxacum, Plantago, Stellaria. Son plantas de suelos húmedos (en El terrón grande se ve incluso un charco en la parte baja), reconocidas “malas hierbas” de los céspedes convencionales, cuyos dueños se resisten a dejar que se vayan transformando en (preciosas) praderas estacionales.

Recordar ese cuadro –que ví hace cinco años en una exposición de la Galería Albertina en Madrid– me hizo más corta la espera y me alegró la mañana.

Arar o No arar

A mis vecinos les parece una extravagancia que deje crecer las hierbas entre las viñas, bajo los olivos, en el espacio entre huerta y huerta.  Aquí siempre se ha arado, me dicen, y no una, sino varias veces al año. Se ara en primavera (al salir del invierno: desde el momento mismo en que la tierra deja de estar empapada) para que no crezcan las hierbas, y se sigue arando en verano “para romper la costra”. En otoño y en invierno se ara cuando se puede, “para que entre el agua”. Aran de forma rutinaria, incluso donde no hay nada sembrado ni previsión de que vaya a haberlo. Aran y aran “para que todo esté bien limpio”.

Algunas de las razones que alegan son importantes:

  1. Las hierbas, que para mis vecinos son siempre “malas hierbas”, compiten por el agua y los nutrientes.
  2. En verano, secas, son altamente inflamables.
  3. Lo de “romper la costra para que la cepa respire”, sin embargo, no logro entenderlo ni siquiera cuando trato de adoptar su punto de vista: abriendo surcos en la tierra reseca sólo se consigue que la escasa, escasísima humedad acumulada a cierta profundidad se pierda antes; donde no hay posibilidad de regar, en una tierra de secano casi total durante meses, ¿no es más lo que se pierde que lo que se gana?.
  4. En otoño y en invierno el problema puede ser el exceso de arado. Una vez podría bastar, creo yo, “para que la tierra se cargue bien de agua”. Pero todos los años veo que muchos aran dos y hasta tres veces entre la vendimia, en octubre, y la poda, a finales de febrero. Con la tierra removida y pocas o ninguna raíces para sostenerla, la lluvia abre grietas profundas allí donde la pendiente es un poco pronunciada. Las grietas se convierten en cárcavas. Y en algunos rincones, con el paso de los años, esas cárcavas acaban dejando ver el hueso: la roca madre que aflora. Así que el cuarto argumento tampoco me convence, al menos no completamente.

Esas son las razones por las que mis vecinos aran. Pienso que hay además una razón de fondo de la que no son del todo conscientes. Les gusta ver la tierra desnuda. Es una imagen que les tranquiliza. Las “malas hierbas”, como las zarzas enmarañadas, la charca llena de lodo o la copa sin podar de un olivo, les causa desasosiego. O eso me parece percibir a mí cuando converso con ellos. Una viña intransitable, con las calles invadidas por las alijonjeras y los hipéricos, para mis vecinos es un escándalo. Una muestra de desidia, de completa dejadez.

El cultivador.

Cuando dicen “arar” en realidad casi nunca (quizá nunca) se refieren a pasar el arado, sino a pasar un cultivador de “golondrinas” (varios dientes de hierro atornillados a un bastidor; rompen la tierra pero no la voltean). El cultivador es menos agresivo que el arado, pero tanto uno como otro, en cualquier caso, alteran la capa fértil (los 30 primeros centímetros), donde se encuentra la microfauna encargada de descomponer la materia orgánica y mantener vivo el suelo. El daño es enorme. Y también el que se hace a las raíces superficiales de las viñas. Y a la miríada de invertebrados que encuentran abrigo y alimento en esos herbazales, y que tienen un papel insustituible en la “lucha biológica” contra las plagas. Por eso hay que estar muy seguro de lo que se va a conseguir arando antes de hacerlo. Tiene que compensar. ¿Compensa realmente?.  Lo que se ha destruido no se va a recuperar después en dos-tres horas (el tiempo que lleva arar el viñedo de La Rama de Oro).

La extensión arada “hasta siete veces al año” (así me lo aseguraron, literalmente, para hacerme ver el valor de lo que me vendían). La foto es de finales de octubre.

Ese mismo lugar de la finca un mes más tarde, después de las primeras lluvias.

Escuchando a unos y leyendo a otros he llegado a la conclusión de que, según sea la tierra, el clima y el tipo de cultivo, podría no ararse en absoluto o ararse, todo lo más, una o dos veces al año, justo antes de las últimas lluvias (lo que es difícil de prever…). Más de eso, pienso que nunca compensa. Hablo de los cultivos leñosos, y de todos los espacios donde no se vaya a sembrar ni plantar nada. Pero incluso en una huerta la práctica de arrancar hierbas (en este caso, con la azada) me parece a veces un poco obsesiva. Es bueno que haya hierbas, muchas y muy variadas hierbas, en todos los rincones donde no compitan con los tomates o las patatas; que no haya hierbas en los caballones, desde luego, pero ¿por qué no ha de haberlas todo alrededor, y lo más cerca posible?.

En La Rama de Oro, en especial en las terrazas donde hay cepas, la tierra es arcillosa. Entre el invierno y la primavera caen unos 450 litros de lluvia al año.

Hemos escogido no volver a arar.

En tres años la finca se ha llenado de saltamontes, mariposas, escarabajos. Y claro: también de abejarucos, de tórtolas, de alcaudones, de sapos y todo tipo de reptiles… Hacia mediados de junio el campo empieza a agostarse. Muchos invertebrados terminan por entonces su ciclo reproductivo, y es en ese preciso momento cuando hay que empezar a desbrozar. Sin descanso. En un mes no deberían quedar más que islotes marginales, pequeños refugios dispersos aquí y allá.

Si el riesgo de incendios no fuera tan elevado (la segunda razón que alegaban mis vecinos), creo que sólo desbrozaría los caminos y entre las viñas (por razones que luego explicaré). Dejaría el campo entero a su aire, y que la sucesión de especies vegetales siguiera su curso sin mi intromisión (que, al desbrozar, siempre favorecerá a las especies de menor altura).

En cuanto a la primera razón que daban para arar, la de la competencia entre hierbas y cultivos, es verdad que en primavera no la he evitado. Pero es que esta tierra  es suficientemente húmeda y está, además, orientada al Norte. La humedad no le viene sólo de la lluvia, que desde luego no es tanta. Le viene de la alberca y de la charca de la parte alta de la finca. Durante muchos meses el agua sobra. La competencia primaveral entre hierbas y cultivos, aquí, no es un argumento convincente.  Y  si no lo es en primavera, tanto menos lo será en verano, cuando las hierbas se agostan.

Utilizo una Stihl 130. No pesa mucho y consume relativamente poco combustible. El ideal, en una finca tan grande, sería una desbrozadora de las de ir cómodamente sentado. O no. En realidad, no. El verdadero ideal, si todo fuera más sencillo, si no existiera la pesadilla del fuego, sería pasar una guadaña entre las viñas y por los caminos. Sin prisas. Sólo entre las viñas y por los caminos. Y con eso bastaría.

En el mundo real de La Rama de Oro he de pasar incluso una segunda vez la desbrozadora, porque las hierbas están muy altas y quiero triturar bien la paja seca (se descompondrá antes). A veces veo con mis propios ojos cómo el hilo de la desbrozadora parte por la mitad a un saltamontes, o pone en fuga a una legión de chinches… En pleno verano, cuando lo hago, creo estar minimizando los daños, pero soy consciente de que mi mera presencia tiene siempre consecuencias negativas para los animales de la finca. En alguna ocasión he estado a punto de matar con la desbrozadora a un gazapo; sólo a punto… pero tan cerca que procuro no olvidar nunca hasta qué punto hay que ser cuidadosos. Mis perros no dejan que las perdices aniden al pie de las cepas, como sí hacen en otras fincas; con todo y eso, dejo sin desbrozar el espacio bajo los sarmientos, que después limpio (más o menos…) con las manos o con una azadilla. Donde hay hierbas muy altas empiezo cortándolas por la mitad  (y no al ras), para darles tiempo a las serpientes a sentir las vibraciones del motor que se acerca.

En cuanto a las huertas de cultivos herbáceos, rara vez se pasa ya el motocultor para mullir la tierra. Tomates, calabacines,  pimientos… todo (con  excepción de la parcela de patatas) se cultiva en montones de paja y mantillo, y son las lombrices y demás familia las que se encargan de mejorar la estructura del suelo. Pero esta es otra historia, que queda para otro día. Cuando salen hierbas entre las plantas  las quito a mano, muy selectivamente. Dejo siempre alguna que otra: alguna fumaria, que se llenará de mariquitas, alguna manzanilla.

La viña, por lo demás, sólo está cubierta de hierbas hasta finales de junio o mediados de julio. Por esas fechas se desbroza. De otro modo los sarmientos, ya muy crecidos, se enredarían entre las hierbas secas. No entrarían ni la luz ni el aire en el momento en que los racimos empiezan a madurar. Finalmente, la vendimia se haría imposible.

En La Rama de Oro hay catorce olivos de tamaño mediano. El mismo día de ir a recoger la aceituna limpiamos un poco con un rastrillo bajo la copa. Para entonces, ya en pleno invierno, ninguna hierba molesta gran cosa.

Por último. En la parte baja de la finca la pradera se mantiene sin arar y sin desbrozar. Sólo se “limpia” la linde con el vecino y el camino que la rodea, en la (seguramente ingenua) convicción de que si se iniciara por ahí un incendio esas tiras de tierra pelada valdrían para atajarlo más fácilmente.

Desbrozar implica un trabajo físico enorme. Y un trabajo que a veces hay que hacer con 35º de temperatura o más. Pero en líneas generales, en los cuatro años que llevamos haciendo las cosas así, pienso que el cambio ha sido positivo. Lo peor es que a veces se echa la vendimia encima y todavía no se ha terminado de desbrozar por algunas zonas. Es un problema de tiempo y de dinero (de tener la posibilidad de contratar a alguien para que eche una mano con la desbrozadora). Pero sólo eso. La tierra no se ha vuelto a romper. Y yo he podido empezar un catálogo de insectos y flores que va creciendo de año en año.

Cosas que he aprendido sobre los tomates en estos dos últimos años (3ª parte)

8. Que aprender a despuntar es una de las claves del éxito. Despuntar desde que la planta es pequeña. Despuntar radicalmente si el tomate es tipo enredadera, hasta el punto de no dejar más que un brote que vaya estirándose (bien atado a los tutores). Se le dejan formar 4 ó 5 racimos… y a correr. A partir de ahí se despunta también el brote terminal. No interesa que crezca ni que florezca más. ¡Interesa que maduren bien los seleccionados!. Que corra el aire, y que la planta no se venza por sobrepeso. Aprender a despuntar, de hecho, es aprender a renunciar. A los tomates-enredadera les basta un tutor individual. A mí me gustan más los palos normales, (poda de frutales, encinas…), porque los bambús y las cañas son resbaladizos. O unas barras de hierro corrugado.

9. Que hay que despuntar menos si es un tipo “mata baja”. Con todo y eso, y por mucho que me diga el del vivero que a estos se les deja a su aire… De eso nada. También a estos hay que despuntarlos. Pero es verdad que no tan radicalmente como a los enredadera porque, aunque así lo hiciéramos, la planta seguiría produciendo sin parar retoños. Lo que he aprendido es que a estos les viene bien una trama de tutores: cuatro postes a la misma altura y unas tablillas fuertes clavadas encima.  Según la longitud, y usando el sentido común, se pueden colocar varias tomateras debajo de cada estructura. La cosa consiste en ir atando cordeles desde la axila de las hojas de cada rama a esa especie de secadero o tendedero para ropa. A lo largo de estos dos años he sudado mucho para mantener erguidas las tomateras. Este sistema que describo es lo que tengo pensado para la huerta del 2012. A ver si a la tercera va la vencida.

10. Que con los cherris lo más sensato es relajarse y disfrutar. Haga lo que haga, los cherris acaban revolcándose por el suelo. Así que lo dicho. Despuntes terminales para que no me coman las calles entre líneas, y unas cuerdas aquí o allá, por las orillas, para poder regar sin mojar completamente las hojas (que de todos modos se mojan).

En la foto se ve el sistema del primer año: una caña horizontal sostenida por dos cruces de cañas, como en un secadero. Pero no fue suficiente, porque todos los cordeles iban al mismo punto y, al crecer la planta, se acababan apelotonando mucho las hojas en el centro. Mejor hubiera sido tener dos cañas horizontales, para que las ramas de la tomatera pudieran seguir abiertas, bien separadas, y que el aire y la luz circularan mejor.

Cosas que he aprendido sobre los tomates en estos dos últimos años (2ª parte)

5. Que si los tomates se reblandecen y ponen negros por la base (lo que los franceses llaman “cul noir”), o bien se resquebrajan por la zona del pedúnculo, eso se debe a que hemos dejado secar la tierra casi por completo antes de volver a regar. Con los tomates eso no vale. La tierra debe estar siempre fresca. Los tomates no pueden con el estrés hídrico, y lo manifiestan así… con el culo negro. En La Rama de Oro, con lasañas, y con temperaturas altísimas en verano, hay que regar un día sí y un día no. Los libros dicen que dos veces a la semana. En mi huerta no es suficiente. Pero es que el 95% de los libros de divulgación hortícola están escritos por gente del norte. ¡Cuidado con esto!.

6. Es verdad. Pudiera ser que a medida que pasen los años y la estructura de la tierra mejore, con los estercolados y aportes de mantillo constantes, pueda bajar la frecuencia del riego. Pero no es la situación a día de hoy.

7. Que, por otra parte, regar en exceso en esta zona, con 35 grados y más durante semanas, pero con bajadas nocturnas de cierta importancia desde mediados de agosto, favorece el desarrollo del oídio. Así que, en conclusión: tierra fresca de forma constante, pero jamás encharcada.

Cosas que he aprendido sobre los tomates en estos dos últimos años (1ª parte)

1. Que necesitan una buena cantidad de materia orgánica, y por eso se cultivan bien según el sistema de lasañas (véase entrada “Lasañas”, en “La tierra”).

 2. Que si se cultivan según el sistema de lasañas hay que colocar los tutores muy firmes. Pero muy muy firmes, y recalzar sin descanso el pie de las plantas durante todo el verano, pues las raíces, que son vigorosas, se mantendrán bastante arriba, donde el cúmulo de materia orgánica. Y al crecer y cargarse de tomates, la planta se desestabilizará.

3. Aumenta la desestabilización de la tomatera (a veces, el completo desarraigo) el hecho de que, al haber tanta paja y restos de siega en superficie, y además un nivel de humedad mayor que en el resto de la finca, también habrá muchas posibilidades de que pequeños y no tan pequeños roedores, mirlos, incluso sapos, vengan a escarbar al pie de cada planta.4. Que el sistema de lasañas no es incompatible con una buena cava antes de empezar a acumular las capas de materia orgánica. Algo así como un término medio entre el “método del bancal profundo” de J. Seymour y las lasañas estándar. Naturalmente, los partidarios de la lasaña preconizan su método allí donde la tierra es mala o donde no hay demasiadas ganas de cavar. Funciona. Y si ponemos buenos tutores, la verdad es que el problema no es grave. Menos aún, supongo, si la mala tierra de partida es algo arenosa. Ahora bien, en una tierra mala y dura, el trabajo que no hemos pasado cavando lo pasaremos después afianzando sin descanso los tutores y añadiendo nuevos soportes allí donde las tomateras empiezan a desmadrarse. Los partidarios a ultranza del sistema de lasañas me dirán:que la altura final de la lasaña no era suficiente, que hay que subir másque a lo mejor no riego lo suficiente, y por eso la “mala tierra dura” no se abre debajo de la lasaña, o no lo suficiente para que entren las raíces y se agarren a ella.

Yo insisto en que, con plantas muy vigorosas, es más seguro cavar un poco (no digo los 60 cm de J. Seymour, aquí no tiene sentido, pero al menos  20 ó 30) antes de colocar la lasaña. Las raíces bajarán, la planta estará mejor anclada. Y el agua en exceso se filtrará mejor. ¿Que con el tiempo el aporte de la enmienda orgánica mejorará la estructura del suelo y éste estará suficientemente mullido también en profundidad?. Ya lo sé. Y por eso creo que en los años venideros la cosa irá mejor. Pero en este primero no. Es una cuestión de tiempo. En los cuatro-cinco meses que tengo las tomateras ya crecidas y produciendo, una tierra muy mala, arcillosa, en la que he puesto por primera vez una lasaña, no va a dejar que  las raíces vigorosas de una tomatera la penetren. (Observación: la lasaña de tomates del año pasado no cuenta, porque vamos rotando; este año a los tomates les toca una lasaña nueva del trinque). ¿Que tengo que preparar la lasaña varios meses antes de trasplantar las tomateras, para que, en efecto, la tierra haya tenido tiempo de mejorar su estructura, incorporando la materia orgánica aportada, y ya francamente descompuesta?. Así sí, claro. Siempre y cuando uno tenga el tiempo y el espacio de su parte para poder planificar (y ejecutar!) con antelación suficiente a la llegada de los plantones…