En LRO la tierra sigue helada. Los árboles, apagados. No está lloviendo ni nevando. Sólo hay hielo. Lo mejor que se puede hacer ahora, pienso yo, es leer (y beberse a sorbitos la última botella de licor de endrinas…).
Archivo por meses: enero 2012
El Velázquez que se quedó en el sótano
Enero 2012
Merodeando por un mercadillo de la Place d´Armes de Luxemburgo, hace ya unos cuantos años, cayó en mis manos el catálogo de una exposición de pintura celebrada en Ginebra en el verano de 1939: Chefs d´oeuvre du Musée du Prado. El centro de la portada lo ocupaba el que por entonces era ya nuevo escudo de España, con su aguilucho negro, su arco y sus flechas. Sabía que el Museo del Prado había tenido que evacuar todas sus obras durante la guerra civil, y que, meses antes de terminarse ésta, un Comité Internacional de Museos, con el patrocinio de la Sociedad de Naciones (antecedente de la ONU), habían acordado con el Gobierno de la República su transporte hasta Ginebra. Había leído el libro de Arturo Colorado –El museo del Prado y la guerra civil, 1991– y estaba más o menos al tanto de las penalidades que habían tenido que pasar nuestros Velázquez, Goya y compañía, almacenados primero en diferentes refugios del Ampurdán y, finalmente, condenados a cruzar en camiones los Pirineos, durante el gélido febrero del 39, por unas carreteras de montaña atestadas de familias que huían en desbandada, hombres, mujeres, niños y animales, acompañados por lo que quedaba del ejército republicano, muertos de frío y de hambre todos ellos, y bombardeados sin misericordia por los aviones del Caudillo… De no conocer la historia me hubiera sorprendido mucho tropezar con ese catálogo. Como la conocía, me emocioné un poco. Y pagué religiosamente los dieciséis euros que me pidieron por él. Algún tiempo después me encontré otro ejemplar, esta vez en un mercadillo de un pueblo de Francia, y volví a comprarlo. Y entonces lo que pensé fue: de todas partes de Europa acudieron en tropel a ver esos cuadros; si sigo husmeando por los mercadillos de Alemania, de Bélgica, de Italia… acabaré gastándome una pequeña fortuna en ejemplares repetidos del mismo catálogo.
Ahora mismo estoy en Ginebra. Ya es de noche y afuera llueve. Por hacer tiempo mientras se cuece la cena –una rica vichyssoise de puerros ecológicos–, he ido a la estantería y me he puesto a hojear el catálogo de aquella exposición. He releído el listado de cuadros que fueron expuestos, uno por uno, y, de repente, me ha dado un vuelco el corazón. En la lista no está La rendición de Breda (Las Lanzas). Voy al libro de A. Colorado y releo las páginas dedicadas al montaje. Señala que no se expusieron ni el Dos ni el Tres de Mayo, cuadros de Goya, ni el Adán y Eva de Durero, porque tenían ligeros desperfectos (p. 279). Pero en el libro no se dice nada sobre el cuadro de Velázquez. Sólo que fue desembalado e inventariado en el Palais des Nations, como los demás.
Dos ejércitos después de la batalla; soldados desarrapados que se confunden entre sí, de puro idénticos; un caballo que gira y forma con el lomo una especie de semicírculo, continuación del que forma un soldado en la esquina opuesta; un hombre pide silencio con un dedo, para que no se interrumpa la importantísima escena que está teniendo lugar; y en el centro del semicírculo, dos generales sin sombrero –vencedor y vencido–, se saludan con inmenso respeto, casi con afecto. Entre ellos no hay una gota de odio.
El mismo día que llegaron los vagones a Ginebra las autoridades de la Confederación Helvética reconocieron oficialmente al Gobierno de Burgos. El inventario duró todo el mes de marzo. En el entretanto, caía Madrid. Las obras tuvieron que ser entregadas al embajador enviado por Franco, el mismo que había iniciado la guerra, bombardeado masivamente Madrid en noviembre del 36 (Museo del Prado incluido) y bombardeado y ametralleado las carreteras del Pirineo catalán mientras pasaban los camiones… El gobierno de Burgos llegó a un acuerdo con las autoridades ginebrinas para organizar la exposición. La Sociedad de Naciones y el Comité Internacional –que había pagado de su bolsillo todo; camioneros, gasolina, alojamientos, trenes…– quedarían fuera, por pertenecer sus miembros a las «decadentes democracias europeas»; y no digamos los miembros de la Junta Central del Tesoro Artístico, la «chusma roja» que había tenido a su cargo aquellas obras de arte desde el inicio de la guerra.
El gobierno de Burgos tenía, pues, la última palabra en lo que al montaje y cuestiones estéticas se refiere. Como explica A. Colorado, el cuerpo central de la exposición fue denominada “Sala Imperial”, para poner de relieve la “españolidad” de la exposición, colocando en lugar destacado obras como El Conde Duque a caballo, Carlos V en Mühlberg, y tapices como La Conquista de Túnez. La exposición sería un canto a la Victoria, a la Raza, a la España Eterna.
¿…Pero La rendición de Breda? ¿Una apología de la reconciliación?, ¿de esa «paz humanitaria» por la que clamaba Azaña? ¿Qué podía aportar un cuadro así a aquella sala fascistoide? Un poco asombrada por el descubrimiento, vuelvo al catálogo para estar bien segura. Sí, Las Lanzas se quedaron en el sótano. La exposición se inauguró el uno de junio de 1939. Se expusieron treinta y cuatro obras de Velázquez, pero Las Lanzas no. Y entonces descubro que tampoco sacaron de la caja a Jovellanos, el retrato que le hizo Goya, con la cabeza apoyada en la mano, abatido ante la desidia, la dejadez, la brutalidad que veía a su alrededor… «Cautivo y desarmado el ejército rojo», los nacionales acababan de declarar el fin de la guerra. Y no iba a haber piedad para los vencidos: serían humillados, escarnecidos, perseguidos, repudiados, machacados.
Las autoridades ginebrinas le bailaron el agua a los enviados de Franco. Hicieron unas Meninas de chocolate, organizaron un tablao flamenco. Media Europa pasó por Ginebra ese verano del 39. La exposición se clausuró el 31 de agosto. Al día siguiente, uno de septiembre, hubo que recoger los bártulos y salir de allí por piernas: acaba de empezar la Segunda Guerra Mundial.
En la misma ciudad, mientras tanto, Timoteo Pérez Rubio, Presidente de la Junta Central del Tesoro Artístico, ninguneado y olvidado por todos, había iniciado los trámites para poder exiliarse a Brasil. Don Timoteo –junto a Don José María Giner y otros– son los funcionarios de la República que salvaron los cuadros del Museo del Prado. Los que no se despegaron de ellos durante su vagabundeo por Levante y Cataluña, los que cruzaron con ellos las montañas y, finalmente, los dejaron quedar en suelo seguro. Mientras se inauguraba la triunfal exposición (a la que por supuesto no fue invitado), Don Timoteo se dedicaba a pintar paisajes. Paisajes y jardines. No tenía ninguna fuente de ingresos. Gracias a la venta de alguno de esos paisajes pudo ir tirando en Ginebra hasta el día de su partida.
Por último, A. Colorado sí habla en algún capítulo de Las Lanzas. Lo hace al reproducir (p. 63) el relato de uno de los guardas republicanos que custodiaron las obras durante su estancia en el Palacio de Peralada. Transcribo entero el pasaje porque me confirma, a mí al menos, la superioridad del cuadro, capaz de provocar escenas como la que se describe, sobre el resto de las obras de Velázquez: “…José María Giner hizo destapar la caja que contenía La Rendición de Breda y, tras su detenido estudio, pidió a los dos soldados que sacaran el cuadro al exterior del edificio, algo que no había sucedido con ninguna otra obra… Estando así el popular Las Lanzas apoyado en la pared del palacio, al aire del Ampurdán, llegó la visita. Se trataba de Timoteo Pérez Rubio (…) Fue una visita muy breve, que se ha quedado grabada en mi recuerdo. Jamás olvidaré su abrazo emocionado con el señor Giner, fuertemente enlazados aquellos dos hombres, en segundos interminables, ambos esforzándose en tener los ojos fuertemente cerrados para evitar las lágrimas”.
Naranjos de levante, naranjos de poniente.
Enero 2012
Hace unos años fui de visita a Xátiva, a casa de una amiga medio gallega/ medio valenciana que heredó de su padre –farmacéutico– un hermoso huerto de naranjos. L’hort del boticari. Sospecho que conservar ese trozo de tierra, y hacerlo además así, produciendo naranjas de calidad y procurando venderlas bien, no ha sido siempre un trabajo fácil. Como nos explicaba el hombre que le cuida el huerto, hombre afable pero un punto depresivo (¿como todos los agricultores, siempre quejándonos?), hay años en que casi ni compensa recoger la fruta. Tan bajos están los precios, tan altos los jornales, tan abundante la oferta, tan dura (y desleal) la competencia con las naranjas magrebíes. Esta amiga mía no vive de la venta de sus naranjas. Conserva el huerto porque es una forma de conservar, al mismo tiempo, otras muchas cosas. Pero el asunto da que pensar. ¿Llegará un momento en que se subvencione la eliminación de naranjos, como por otras zonas se pagó a los paisanos por arrancar las viñas?. Por lo que leo en la red, sí se dan ayudas para arrancar el viejo naranjal y plantar otro tipo de cítricos (cosas exóticas como el kumquat), o bien rehacer enteramente la huerta, con cultivos diversificados.
Todo cuanto quería saber sobre el cultivo tradicional del naranjo lo aprendí aquel día en l’hort del boticari. Suelos bien drenados y muy fértiles –abonados no siempre de forma equilibrada, con cantidades ingentes de nitrógeno, que los árboles devoran–, variedades injertadas en patrones resistentes al frío y a las enfermedades (entre otras, la tristeza); riegos por encharcamiento progresivamente sustituidos por sistemas de goteo, bastante más racionales aunque también con sus historias (lavado de sales minerales, necesidad de abonar más), etc. En algún libro leí que el cultivo de cítricos en Levante fue activamente fomentado y planificado desde el siglo XVIII por los sucesivos gobiernos del Estado, los mismos que, simultáneamente, desatendían, o directamente ignoraban, su incipiente cultivo en el sur de Galicia, que quedó en nada (como el de la morera, o el otrora floreciente del lino…). Sin embargo, si uno se da una vuelta por cualquier pueblo de Pontevedra verá con seguridad espléndidos ejemplares de naranjo y limonero; y en los registros de algunos pazos –tímidos pioneros en la introducción de nuevas especies, así como de las nuevas técnicas agrícolas– se nos dice que había «parras, perales, manzanos, melocotoneros, higueras, ciruelos, frutos de la Pasión… y, muy especialmente, naranjos y limoneros» (1). Como los hubo y sigue habiendo por todo el norte de Portugal… En fin, el hecho es que sólo se plantaron de forma masiva en Levante, que era donde tenían asegurada su salida comercial hacia el norte de Europa. Todo el mundo plantó naranjos, y siguió plantando y plantando hasta ayer mismo. Pero hoy las cosas han cambiado, como nos decía, apesadumbrado, el encargado del hort del boticari; todo se hecho más difícil e imprevisible, hasta el punto de que ¿quizá tendría más sentido un pequeño huerto de naranjas ecológicas en Pontevedra que dos o tres hectáreas de cultivo convencional en Valencia…?.
Más tarde, metiendo la nariz aquí y allá, fui aprendiendo también algo sobre el cultivo del naranjo en macetas. En Versalles aprendí que Luis XIV adoraba las naranjas y los higos (en este blog, se hable de lo que se hable, siempre se acaba hablando también de higos…). Para sus diez variedades de higuera M. La Quintinie preparó unas buenas espalderas por debajo del nivel del suelo (jardin en creux), orientadas al sur y podadas en abanico. Para los naranjos M. Mansart diseñó una preciosa orangerie, y los jardineros de palacio prepararon unos maceteros con ruedas que permitían –y todavía permiten– recoger el naranjal roulant con la llegada de las primeras heladas. Lo mismo se hacía con algunas higueras, que pasaban el invierno a cubierto en la figuerie. He visto naranjos en macetas en todos los patios del norte de Italia. Los he visto en El Escorial, un poco amarillos (cloróticos), pasando frío en las hornacinas del Jardin de los Frailes y del Estanque, alternados a veces con camelios (que tienen un cepellón pequeño y manejable, como el de los naranjos). Y los he cultivado yo misma en mi patio: un naranjo sin padre ni madre del que unas clientas quisieron deshacerse hace años, y un calamondín –naranjito de Filipinas– que es, para qué negarlo, la niña de mis ojos.
Los cultivo en macetas con depósito de agua. Los abono única y exclusivamente con humus de lombriz. Los coloco a la sombra en verano, al sol en invierno, y los meto en casa, en una habitación sin calefacción, cuando hay previsión de heladas fuertes. Algún año los he envuelto entre varias capas de tul, formando primero un cilindro con cañas de bambú, y colocando la maceta sobre una plancha de madera (o de poliespán), para que el frío no llegue de ningún modo a las raíces. Durante los durísimos veranos de Madrid refresco el follaje con la manguera a primera hora de la mañana, y voy girando un cuarto de círculo la maceta cada dos o tres días, para que la luz llegue bien a todas las yemas…
(1). C. Martínez, apud El jardín de los Pazos Gallegos, C. Rodríguez, Santiago, 1994, p. 22
Matar una aceituna
Enero 2012
La almazara del pueblo cerró ayer, quince de enero, y no volverá a abrir hasta que esté el aceite envasado. Estas últimas aceitunas están ya muy maduras; como no ha llovido apenas a muchas se las ve medio deshidratadas, feúcas, arrugadas por el frío. Si no se cogen rápido se las llevan los rabilargos. Las aceitunas de color violeta, las bien maduras, son las buenas para estrujar y hacer aceite. En LRO tenemos catorce olivos de la variedad manzanilla –la mitad de ellos recuperándose del incendio de 2002–, y veintiséis arbequinas de tres años, plantadas al tresbolillo en la tabla grande de las viñas. Los árboles son pequeños, incluso muy pequeños, así que recogemos la aceituna ordeñando pacientemente la rama (ordeñar: agarrar una ramilla bien cargada y arrastrar el puño cerrado hasta el extremo). Dentro de unos meses, presentando el ticket de la almazara, nos entregarán las garrafas de aceite, a razón de cuatro o cinco kilos por litro, según el año.
Las aceitunas de octubre, de noviembre, todavía verdes o violeta claro, de piel tersa, son las aceitunas de mesa. Los paisanos que tienen olivos siempre reservan un par de cubos para estas aceitunas de verdeo, que primero matan y después aliñan. Matar una aceituna es quitarle el amargor. Mi vecino Perico las mata con sosa (hidróxido de sodio): una cucharilla de café por cubo de aceitunas, bien cubiertas de agua. Antes de meterlas en el cubo les hace una rajita con la navaja, una a una, con toda la paciencia del mundo. Mi amigo Alejandro, que es de un pueblo de Cuenca, las mata metiéndolas en agua fresca y cambiándosela prácticamente todos los días durante varias semanas. También funciona sumergirlas en agua con sal una vez sajadas; con este segundo sistema se les puede cambiar la salmuera una vez a la semana, o cada dos… pero, con todo y eso, cuanto más lavadas siempre mejor. Así las hemos preparado en LRO. En cuanto al aliño, hay para todos los gustos. A todo el que veo metido en faena le pregunto cómo hace. He llegado a la conclusión de que todos los aliños llevan sal, ajo y tomillo. Ajo pelado cortado por la mitad, pero también ajos enteros un poco machacados. Hay quien les echa también laurel, o romero, o hinojo. Y en el sur, por lo que me cuentan, cáscaras de naranja, trocitos de cebolla y tiras muy finas de pimiento rojo y verde.
El taparrabos de Adán
Enero 2012
Primera pregunta. ¿Con qué se taparon Adán y Eva tras comer el fruto del Árbol de la Ciencia y sentir por vez primera vergüenza de su desnudez?.
Segunda pregunta, atención. ¿Cuál era ese fruto prohibido?.
Tercera pregunta, que en realidad es consecuencia de lo que respondamos a las dos anteriores. ¿El árbol con cuyas hojas se taparon era, por tanto, el mismo árbol cuyo fruto comieron… u otro que crecía por allí cerca?. La pregunta no es tan tonta como parece.
Creo que, de buenas a primeras, todos nosotros responderíamos lo mismo: que se taparon con hojas de parra y que lo que comieron era una manzana; ante la tercera pregunta quizá nos quedaríamos un poco pensativos… Lo lógico es que, como el sentimiento de pudor surgió en el momento mismo de morder el fruto, Adán y Eva se taparan con lo que tenían más a mano, ¿no?. Con lo primero que pillaron. Pero claro, entonces se taparon con hojas de manzano. ¿Y se puede tapar uno –tapar bien tapado– con hojas de manzano?.
Para solucionar este dilema lo suyo es consultar el Génesis, capítulo tres. Y ahí está la sorpresa, que en el Génesis no se dice nada, ni una palabra, sobre cuál era el «fruto prohibido», pero sí se dice explícitamente que se taparon con… ¡hojas de higuera! (estupendas, por su buen tamaño, para tapar lo que se quiera). Así pues, ¿de dónde hemos sacado nosotros eso de la manzana de Eva y eso de que se taparon con hojas de parra?. No de la Biblia, desde luego. Lo hemos sacado de las imágenes, no de los textos. De las imágenes que desde el Renacimiento en adelante nos han ido acostumbrando a una determinada iconografía (y el hecho de que no estuviera sustentada en las Escrituras era lo de menos, porque tampoco las contrariaba en lo sustancial: fuera una manzana fuera un kiwi, lo grave era habérselo comido).
En las historias del arte hay docenas, cientos de representaciones de esta escena. Si se miran con atención se aprecia un corte muy claro entre los Adanes y Evas de la alta Edad Media (capiteles y pórticos de las catedrales, miniaturas de los códices…) y los que se empezaron a representar a partir del siglo XIV, quizá antes. Hasta ese momento lo que tenían entre manos Adan, Eva y la Serpiente era una higuera, o bien un árbol esquemático, una abstracción geométrica que podía ser cualquier árbol frutal de hoja ancha. Y entonces, en los albores del Renacimiento, y muy particularmente en los países del Norte que tenían relaciones comerciales y culturales con el Mediterráneo (Flandes, Alemania), empiezan a multiplicarse las manzanas y las parras… Sucede que a estos pintores lo que de verdad les interesaba era pintar desnudos. Como excusa para hacerlo, la única imaginable, la Biblia les proporcionaba el retrato de Adán y Eva. En cuanto a la forma, estos pintores miraban con admiración –como sus colegas del sur– hacia el pasado grecolatino, tan rico en desnudos integrales. Ahora bien, lo que no podían saber, salvo que cruzaran los Alpes y/o los Pirineos, es cómo era una higuera. En los mosaicos, la cerámica y la escultura antigua veían a Dionisios (y su alegre compañía) con hojas de parra a modo de taparrabos. En el sur de Alemania conocían perfectamente la vid, llevada por los romanos hacía siglos. Además, la propia hoja se parece vagamente –por su tamaño al menos– a la de esa higuera que veían en las representaciones antiguas. Total, que se hicieron un lío.
En cuanto a la fruta, si uno lo piensa bien, ¿qué fruto podía crecer en el norte de Europa en esos siglos, fruto que sea suficientemente apetecible y tentador, tal como lo describe el Génesis?. Si descartamos los pequeños frutos silvestres, los membrillos y nísperos (imposible morderlos)… sólo quedan las manzanas y las peras. Cuanto más al norte, más manzanas y menos peras. El peral aguanta muy bien el frío pero necesita sol para que la fruta madure bien y sea de calidad; además florece antes que el manzano, lo que le hace muy, muy sensible a las heladas de primavera. Así que manzanas. Se puede añadir una segunda explicación: ¿no fueron también una mujer, Helena, y una manzana, la del juicio de Paris, las que provocaron la guerra de Troya?. Mujer guapa, lujuria, manzana, promesa rota, desastre. Cuando en el Génesis no se dice claramente qué fruto era ése del Árbol de la Ciencia, la manzana era una opción plausible porque remitía a un modelo conocido, con parecidas connotaciones morales. Las historias de la antigüedad grecolatina se mezclaban al buen tuntún con las de la Biblia, como pasaba con las representaciones de los Santos, y a nadie le parecía extraño.
Y así, entre manzanos del norte, higueras del sur, y parras aquí y allá, las combinaciones posibles resultaron numerosas y curiosísimas. Un resumen:
Detalles del díptico de Durero en el Prado; del grabado de Durero en Frankfurt, y del cuadro de Baldung Grieg en Budapest.- Adan y Eva se tapan con hojas de manzano y el fruto es una manzana. La opción más nórdica. Coherente pero sin relación con el Génesis. Es el cuadro de Durero en el Museo del Prado, por ejemplo.
- Los dos se tapan con hojas de parra pero el fruto es una manzana. Incoherente y sin relación con el Génesis. Es el cuadro de H. Memling, alguno de los de Cranach, el grabado de Durero, etc.
- Adán se tapa con una hoja de parra (que casi parece una hiedra) pero Eva con un ramito de manzano. Y comen una manzana. El cuadro de H. Baldung Grieg, en Budapest.
- Los dos se tapan con hojas de higuera pero comen una manzana. De hecho, hay dos árboles: higuera y manzano, claro está. Es la opción “diplomática” de Tiziano, copiada más tarde por Rubens (las dos en Madrid).
- No se tapa nadie y lo que comen son higos. Fresco de Miguel Ángel en la Capilla Sextina (y no vale decir que estaban a punto de comerlo: en la escena contigua ya lo han mordido, así que si están en cueros es porque Miguel Ángel así lo quiso).
- No se tapa nadie y lo que comen son manzanas. Cuadro de J. Gossaert en el Museo Thyssen.
- Se tapan los dos con hojas de higuera y comen higos. Versión de las representaciones antiguas (capiteles, códices…), coherente con el Génesis, y que recientemente he visto en un cuadro enorme del Museo de Ginebra, cuyo autor no recuerdo (el celador de la sala, de origen tunecino, me distrajo haciéndome notar dos cosas: que el autor del cuadro se había equivocado pintando una higuera en vez de un manzano, y que Adán y Eva tenían ¡seis dedos en cada pie!).
- Estas que he citado son las versiones habituales, las que he encontrado haciendo una batida rápida por mi biblioteca. Pero seguro que hay otras muchas, y muy originales. Por ejemplo, la de H. Van der Goes en Viena: Eva se tapa con un lirio, Adán con la mano derecha, y los dos comen manzanas. O la de J. Van Eyck en Gante: los dos se tapan con ramitos de manzana, pero comen…¡ un limón! (*Addenda de 1.noviembre 2025: los únicos cítricos que se conocían en Europa en la antigüedad y alta edad media eran las cidras, denominadas en latín -y así en Virgilio- malus medica, es decir, manzana de Media (norte de Persia), que es más o menos por donde nos dicen que caía el Paraíso. Por tanto, la malus de la traduccion latina de la Biblia podía ser también un cítrico. Jan Van Eyck era flamenco. En neerlandés «naranja» se dice Sinaasappel, o sea, manzana de China… En estos años -muchos, los que han pasado desde que se subió el post- he visto más limones/cidras en retablos de antiguos flamencos) Etcétera.
Conclusión. El fruto prohibido era un higo, el Árbol de la Ciencia una higuera, pero los pintores renacentistas del norte no tenían la más remota idea de cómo era este árbol ni su fruta. Los taparrabos estaban hechos con hojas de higuera, como dice el Génesis. En los manuales de iconografía se nos dice que los primeros exegetas de la Biblia siempre hablaron del higo-fruta prohibida, y en las representaciones más antiguas tampoco hay duda. Adán y Eva, nuestros padres, desoyeron las órdenes de Yahvé –no probaréis el fruto del Árbol de la Ciencia del Bien y el Mal– se comieron el higo, y fueron inmediatamente expulsados del Paraíso. Y nosotros con ellos. La pregunta que queda en el aire, para terminar, es si empezó ahí la mala prensa de la higuera. Una higuera estéril fue maldita por Jesús de Nazaret. De una higuera se colgó Judas, por lo visto… Y sin embargo, la higuera fue durante siglos la fuente principal de azúcar –junto con la miel– de todos los pueblos del Mediterráneo. Inseparable de la vid y del olivo, que conocieron mejor suerte, hoy la higuera hace las veces de pariente pobre. ¿Por qué, si los higos son tan ricos?… (Ahí lo dejamos, para otro día).
ABC del calabacín
Para tener buenos y ricos calabacines hace falta muy poca cosa. Un compostero lleno de materia orgánica no del todo descompuesta. Media sombra mejor que solana. Agua. Y un sobre de semillas, que en esta finca, como en todas las que cumplen con el Reglamento de producción ecológica de la UE, han de ser de origen 100% ecológico (sin tratamientos de ninguna clase). Si las semillas son nuestras hay que andar con cuidado: las cucurbitáceas se hibridan muy fácilmente entre ellas así que, si en la finca hay más de una variedad de calabacín y calabaza, las posibilidades de que las hijas se parezcan a la madre son más bien escasas. La única forma de conseguir un calabacín con “pedigree” es hacer la polinización a mano (con un pincel, o simplemente pasando el dedo: primero por los estambres de la flor macho, y después por el estigma de la flor hembra). La flor hembra es muy diferente de la flor macho: bajo los pétalos deja ver el ovario hinchado, como un calabacín en miniatura. Cuando la polinización natural falla –cosa que sucede a menudo si no hay suficientes flores silvestres cerca, flores que atraigan a los insectos requeridos, o, al contrario, cuando hay en el vecindario alguno de esos arbustos que vuelven locas a las abejas, hasta el punto de que no salen de él…– ese ovario no fecundado no puede seguir engordando; amarillea y cae, sin más. La siembra se hace en abril: se escarba con la mano una especie de bolsillo en el centro del compostero, se rellena de compost maduro (un puñado), se entierran superficialmente dos semillas, se riega bien… ¡y a correr!. Si las dos semillas germinan, una de las plántulas deberá desfilar, por el bien de ambas. La producción es continua durante un par de meses, después decae. Por eso es necesario hacer una segunda siembra en julio, al menos por estos pagos.
Los calabacines, como la calabaza, se conservan bien al fresco –el calabacín un par de semanas, la calabaza meses– pero se congelan mal. Al descongelarlos son todo agua. Mejor hacerse primero la crema de calabacín (más patata, zanahoria, cebolla, quesitos, nata y pimienta negra), o de calabaza (con patata, cebolla, nata o yogur, un bulbo de hinojo, jengibre al que le guste y ¡mucho comino por encima!). En el congelador las dos cremas aguantarán meses. Es verdad que al decongelarlas estarán aguadas, pero en cuanto hiervan volverán a su textura normal y tendrán el mismo sabor de siempre. (Como esta que me acabo de comer hace diez minutos, con la etiqueta del día cuatro de agosto).














