Arriba el que menos pese

Octubre 2011

Al escribir hace unos días la historia de mis pobres coles recordé la serie fotográfica que les había hecho a los saltamontes azules (Oedipoda caerulescens). Se reconocen fácilmente por las franjas negras y blancas. Pero todavía es más fácil identificarlos cuando se va mirando al suelo por los caminos desbrozados, pensando en otra cosa… Entonces, de repente, empiezan a cruzarse por delante una especie de parpadeos azules, que se dirían ícaros, o nazarenos, esas pequeñas mariposas azulinas que los franceses llaman «petits bleus». Pero no son mariposas. Son los saltamontes azules que se comen las judías y las coles. Son ellos, los que cuando brincan despliegan una membrana azul en las patas traseras. Y son muchos. Pero basta con proteger con manguitos las hortalizas recién puestas para que ellos desistan y se marchen saltando en otra dirección, siempre con ese abrir y cerrar inesperado de la bandera azul, ¡clic-clac!, tanto más efectivo cuanto que el saltamontes era hasta ese momento invisible (de bien mimetizado que estaba con la tierra). Lo que consigue con esos chispazos azules es aturullar unos segundos a cualquier posible depredador que ande cerca (una mantis, una lagartija, un alcaudón, un monstruo vociferante de dos patas que se acerca con cámara de fotos…).

Reivindicación de Edith Holden y del Conejo Perico

Noviembre 2011

Cuando yo tenía unos siete u ocho años todos en mi familia tenían ya claro que era una niña que tiraba al monte: cada vez que veía un árbol me subía a él sin pensarlo. Lo hacía –y seguí haciéndolo muchos años– porque sí, sin ninguna razón especial, ni siquiera con premeditación. No había tampoco la menor voluntad de protesta –que yo recuerde– al estilo de Cósimo Piovasco, barón de Rondó.

De mi afición a trepar mi madre prefirió quedarse, como rasgo sobresaliente, con la evidente agilidad de la que hacía gala. Esa agilidad podía ser encarrilada en mejor dirección, pensó. Y recurriendo entonces a una para mí todavía incomprensible asociación de ideas, decidió matricularme junto a mi hermana mayor en clases de ballet clásico. Fracasamos en toda la línea, como era de esperar. A mi hermana, que nunca le había dado por subirse a los árboles, tampoco le entusiasmó gran cosa el ballet. El profesor le dijo a mi madre que éramos negadas, así de claro, pero ella no quiso de ninguna manera creerle. Mantuvo su fe en nosotras, con una tenacidad que la honra, hasta el día en que, a ruegos del profesor, aceptó venir a vernos. Ya se sabe que la fe es ciega, por definición. Basta con abrir los ojos un nanosegundo para que se desmorone. Ese día (como todos) mi hermana y yo éramos las últimas de la larga fila de niñas que, mientras el profesor tocaba el piano, iban saliendo ordenadamente del fondo del gimnasio, se colocaban junto a la barra, e iniciaban la ejecución de los cinco pasos básicos del ballet… No hizo falta más. (¿Qué habíamos hecho, además de llevar las medias del revés, detalle que mi madre sí recuerda perfectamente?. ¿Nos meteríamos el dedo en la nariz, le sacaríamos la lengua a una compañera…?). Esa misma tarde mi madre nos dio de baja y yo pude volver a subirme tranquilamente a los pinos.

Dos o tres años después de esta breve incursión en el sofisticado mundo del ballet clásico, un tío mío –del que yo andaba por entonces enamoriscada– quiso interpretar mi afición a los árboles y al andar siempre triscando por el prado en un sentido muy diferente. Me regaló un libro. Un libro que hoy, hojeado de forma superficial, podría parecer gazmoño, algo entre «las recetas de la abuela» y un salvamanteles con estampado de frutas. Pero nada más lejos de la verdad.

Al recibir aquel regalo mis ojos empezaron a educarse, es decir, a mirar las cosas despacio y  a prestar atención. El libro era la edición facsímil, recientemente traducida al español, del diario de Edith Holden, “La felicidad de vivir con la naturaleza” (en inglés, no menos cursi: “The Country Diary of an Edwardian Lady”), escrito y dibujado en 1906, en un pequeño, muy pequeño pueblo del condado de Warwickshire. Aquellas acuarelas de pájaros, flores, insectos, eran con mucho lo más bonito que yo había tenido nunca entre las manos. Pero era más que un libro bonito: era un registro preciso, mes a mes, de los cambios de la naturaleza en aquel pueblo, cambios que Edith detectaba con sólo salir al camino y mover un poco la hojarasca con la punta de su zapato… Entonces no me era posible comprender hasta qué punto aquel libro estaba contribuyendo a mi formación, pero hoy, más de treinta años después, me siento obligada a reconocerlo y a declarar mi gratitud a esa mujer (y a mi tío). Hojeando el diario de Edith Holden cada noche -bajo las mantas y con una linternita- mis ojos aprendieron, por encima de todo, a fijarse en la maravilla de los detalles: un jilguero espulgando semillas en la cabezuela de un cardo (años después comprendí al instante qué pájaro era ése que los italianos llamaban «carduelino»), un pinzón que empieza a canturrear cuando los sauces están ya reventando de amentos y los primeros narcisos abriéndose…

Edith incluía refranes y citas literarias en su diario. Pero es que ella nunca pensó en publicarlo. La cursilada del título es cosa de sus herederos, que lo editaron casi sesenta años después de la muerte de su autora. En cuanto a los poemas, es lo que se leía en la Inglaterra de principios de siglo. Son terribles, y peores todavía las traducciones, es cierto. Anyway, el éxito de ventas fue apoteósico. Sus acuarelas aparecieron reproducidas en tacitas, manteles, frascos de perfume; su imagen con el sombrero de paja, recogiendo florecillas por el campo, se convirtió en un estereotipo… ¿Se banalizó su trabajo?. Yo creo que sí.

Edith Holden fue una gran pintora, en la mejor tradición del movimiento  Arts and Crafts. Expuso su obra en salones de prestigio, como la Real Sociedad de Artistas de Birmingham o la Real Academia de Artes, e ilustró cuatro volúmenes de la revista “The Animal´s Friend”, del Comité Nacional para el Bienestar Animal. Sin embargo, los datos que suelen aparecer más destacados en su biografía son: que era maestra, que ilustró libros infantiles, y que se casó con un escultor, Mr. Smith. Como demostraba el caso su coetánea Beatriz Potter –sí, la misma, la autora de “Perico, el conejito travieso”–, era metafísicamente imposible que una mujer pudiese hacer carrera como naturalista. Si le daba por trabajar, que se hiciera maestra. En el colmo de la osadía, ilustradora. De flores y pequeños animales, desde luego (¡de libros técnicos ni hablar, ni siquiera de divulgación!). Ahora bien, como su terreno debía ser el de la casa y los niños, si una mujer quería ilustrar algo debía limitarse a los libros de cocina o a los cuentos infantiles. Cuentos para niños o, mejor todavía, para niñas. ¿Y qué deben hacer las niñas?. ¿Subirse a los árboles o bailar ballet?. ¿Aprender cómo se forma un suelo fértil, cómo se metamorfosea una libélula, cómo cuaja la fruta… o basta con que aprenda a hacer mermeladas y a decorar la casa con mediano buen gusto, estilo cottage?. Animo a los que lean esto a echar un vistazo por google. Van a alucinar ustedes con la sarta de majaderías que se siguen soltando a cuenta del trabajo de mujeres como Edith Holden o Beatriz Potter. A esta última –micóloga de gran valía– no le quedó más remedio que escribir e ilustrar cuentos. Su candidatura para entrar como estudiante en Kew fue rechazada. Su estudio sobre los líquenes no encontró editor… ¿Y cómo pasó a la historia?. Como la autora de las Aventuras del Conejo Perico, que, unos cincuenta años después de su primera publicación, en los tiempos en que mi hermana y yo hacíamos trizas los cinco pasos básicos del ballet, habían salido a la venta en forma de postalillas adhesivas,  coleccionadas con fervor por todas las niñas del colegio.

Edith Holden, además de una excelente pintora, fue una naturalista de primer orden. Hay que reivindicarla como tal. Edith tenía un conocimiento exacto de eso que se llaman los “estados fenológicos” de un vegetal, registraba con exactitud los cambios estacionales, sabía identificar perfectamente las especies y variedades, cuyo nombre notaba en latín, y, más importante que ninguna otra cosa, no concebía a todos esos seres vivos –que tantísimo amaba– sino en asociación: una violeta es una violeta… pero no es nada sin las yemas aún cerradas de esos robles –los primeros rayos del sol primaveral todavían pueden atravesar el dosel del bosque y llegar a calentar la tierra donde asoman las violetas y se empiezan a desperezar los animales–  y algo le debe a las lombrices, y a esa tropa intermitente de diminutos invertebrados que se pasean por encima y por debajo de la capa orgánica que cubre el suelo, ayudando a descomponerla, haciendo que la tierra sea fértil y mullida –como la que les gusta a las violetas– y dando de paso alimento a los pájaros que han sobrevivido al invierno… Edith murió a los 49 años. Su cuerpo apareció flotando en un tramo del Támesis, cerca de Kew Gardens. La policía reconstruyó los hechos de la siguiente manera: la Sra. Smith se había acercado mucho a la orilla –¿quizá de espaldas?– intentando alcanzar con el mango de su sombrilla la rama de un castaño; la rama se le resistía; ella se acercó más, tiró, resbaló, y se fue al agua. Era el mes de marzo. Edith no recogía flores, como dicen la mayoría de los manuales. Lo que seguramente había llamado su atención era la belleza de las yemas a punto del desborre.

Beatriz Potter se forró vendiendo los cuentos del conejito travieso. Cuánto me alegro por ella. Gracias a eso consiguió la independencia económica que seguía estando vedada a la mayoría de sus contemporáneas. Se compró una granja al norte de Inglaterra, en el Distrito de los Lagos, y se hizo criadora de ovejas, en particular de la raza Herdwick. Con lo que ingresaba gracias a los derechos de autor del travieso-conejo-Perico siguió comprando fincas y fincas y más fincas. Hoy se conservan tal cual, impolutas. Las donó al National Trust y fueron declaradas Parque Nacional. En 1930 fue elegida presidenta de la Asociación de Criadores de Ovejas Herdwick. Algo empezaba a cambiar, por fin.

Y en 1997, más vale tarde que nunca, la Sociedad Linneana de Londres pidió perdón por el trato discriminatorio que le habían dado. Beatriz fue reconocida públicamente como la gran micóloga que había sido, y sus estudios sobre los líquenes y la germinación de las esporas encontraron su sitio en los tratados de Micología.

Conservo el libro que me regaló mi tío –allá por el año 78 ó 79– como una de mis posesiones más queridas. La colección de postalillas del conejo Perico hace mucho tiempo que se perdió. Pero he aprovechado esta entrada en el blog para releer el cuento. Ahora que tengo ya tantas canas en la cabeza veo al bueno de Perico como a un valiente. Mr. Gregor persigue al conejo sin descanso, levanta el rastrillo una y otra vez,  pero él siempre consigue zafarse. Zafarse y sobrevivir.

Todo sobre mis coles

Noviembre 2011

Es el primer año que pongo coles en la huerta. Empecé con las lombardas, en primavera, y continué con coles de Bruselas y coliflores hacia la mitad del verano. Todas esas coles fueron plantadas en la “lasaña” donde se habían cultivado los ajos en invierno (y el año anterior, tomates). Al poner las plántulas añadí medio saco de mantillo a cada una para compensar la bajada de nivel de la lasaña (la materia orgánica se fue descomponiendo e incorporando al suelo original: lo que al principio era un buen colchón de paja, hierba y estiércol, ahora se parece más a una alfombrita de baño… Bueno, sólo crecieron bien y pudieron ser consumidas las lombardas, que se habían plantado a finales de abril. Lo demás también fue consumido, naturalmente, pero no por mí, sino  por un poderoso ejército de chinches, orugas y pulgones.

Con los pulgones me fui arreglando (limpiando las hojas al regar, con paciencia), y con las orugas todavía, porque las retiraba con los dedos, una a una, y las echaba en la orilla del camino, en unos montones con restos de fruta que suelen visitar los mirlos y los ratones.  Pero las chinches… las chinches pudieron conmigo. Me he pasado horas agachada metiendo en un sombrero las orugas y chinches que iba retirando con los dedos. Y es que las chinches son muy cucas; se dejan caer al suelo en cuanto sienten que algo no va bien, y ahí, entre el acolchado y la tierra, se escabullen con facilidad. Además, se pasan el día dedicadas al noble deporte de reproducirse. No exagero. Tengo la impresión de que no hacen otra cosa de la mañana a la noche. Comer y trincar sin parar un segundo. El problema es que no quiero utilizar ningún insecticida, ni siquiera los blandos, por muy admitidos que estén en el Reglamento de producción ecológica. No hay insecticidas selectivos, y pienso que, aunque los hubiera, tener que recurrir a ellos es reconocer que las cosas no se han hecho bien, o no tan bien como se debería. (En las grandes fincas, donde hay mucha gente empleada que vive de lo que se produce, con las consiguientes nóminas que pagar a fin de mes, gastos fijos de transporte, cámaras, etc., las cosas son diferentes, y más cuando hay que vérselas con una plaga. No pretendo juzgarlos, ni mucho menos, porque no sé lo que haría yo misma si me viera al frente de algo así). Aquí, en LRO, es más fácil tomar decisiones. Si me cargo a la chinche, me cargo también a la tijereta, a la mariquita, a la libélula… Y no quiero cargarme a nadie. Así que lo que tengo que hacer es: primero, no desesperarme; segundo, descubrir qué es lo que hice mal.

Hipótesis: las chinches atacaron como fieras salvajes en pleno verano; en ese momento las lombardas ya estaban medianamente crecidas; las otras coles, sin embargo, eran todavía muy pequeñas, con hojas tiernas y apetitosas; las lombardas aguantaron mejor los ataques de la chinche, así que mi primera conclusión –a someter a prueba el próximo año– es que la plantación de verano la hice con plántulas demasiado pequeñas;  tenía que haberlas dejado crecer en un lugar protegido, incluso en módulos de invernadero, y no plantarlas hasta que estuvieran el doble de grandes. Por otra parte, yo no sabía de la existencia de esta chinche –Eurydema ornata–; estoy segura de que cuando vi a la primera paseándose entre las líneas de coles no le di la mayor importancia; al contrario, debí de quedarme contemplándola, encantada de haberla conocido (un bicho nuevo en la huerta, y de librea tan vistosa…) en vez de agarrarla de inmediato y mandarla a freir puñetas al camino. Además de ser más cuidadosa con las fechas de trasplante, y de andar más atenta a los primeros ejemplares, tendré que hacerme una lista con los principales predadores de la chinche (pájaros, lagartijas, arañas… pero habría que ser más precisos). Cualquier consejo, cualquier información al respecto, serán bien recibidos.

La historia no termina aquí.

OLYMPUS DIGITAL CAMERASaltamontes a la derecha, mimetizado con la tierra.

En plena ofensiva general de las chinches aparecieron otros personajes poco recomendables: los saltamontes azules. Al principio, como me pasó con las chinches, me limité a hacerles fotos. ¡Qué bonitos son, cuando, en pleno salto, despliegan ese velo azul turquesa que llevan recogido detrás de las patas!. Y así estuve, alelada, hasta que los pillé con las manos en la masa cepillándose una línea de judías recién germinadas (en la foto se ve al saltamontes a la derecha, mimetizado con la tierra). Unos días después de estas fotos, los preciosos saltamontes azules atacaron la última remesa de coles.Y los conejos remataron lo poco que los saltamontes habían dejado. Y a finales de septiembre, cuando parecía imposible que pasara nada más, cuando ya sólo quedaba media docena de coles de Bruselas y otra media de coliflores, aparecieron los que faltaban: los jabalíes. Echaron abajo la portezuela (hecha con un palé atado con alambres) y zapatearon a placer la cama de las coles.

Bueno. Termino. No me he rendido, eso jamás. He cogido los despojos de las coles y los he trasladado al otro extremo de la finca, a una huerta mejor cerrada. Allí están ahora las coles supervivientes, protegidas con unas mallas rígidas y unas estacas. Las primeras noches frías de verdad han empezado a poner las cosas en su sitio. No hay ni rastro de chinches ni de saltamontes. Y, aunque no me gustan los cazadores, tengo que decir que el comienzo de la temporada de caza ha alertado a conejos y jabalíes. No me alegro. Preferiría enfrentarme a ellos de otra manera: reforzando los cierres de las huertas, para empezar. O poniéndoles comida apetitosa en otros sitios.

En fin. Las coles siempre me han parecido unas plantas muy hermosas: erguidas, robustas, carnosas, sólidas, como pequeñas esculturas vegetales. Creo que aunque no fueran comestibles seguiría luchando con el mismo ahínco por sacarlas adelante.

Honorables rosas chinas

23 de noviembre 2011

Rosa chinensis ‘Mutabilis’ frente a la casilla de La Rama de Oro, un veinte de octubre, y en la parte trasera del Museo del Quai Branly, en París, a finales de septiembre.

También en LRO la floración de las rosas `Mutabilis’  remonta en otoño, pero no es ni la sombra de lo que fue entre abril y junio. Me imagino que las cosas serían diferentes si regara intensamente todo el verano, pero no quiero hacerlo. He comprobado que estos rosales están fuertes, y muy sanos, con un riego semanal durante julio y agosto. Es suficiente. Si la floración es algo menor que en primavera lo asumo como algo normal  Regarlos más no sólo no está previsto en el “régimen de aguas” de LRO; es que me da en la nariz que… que sí tendrían más flor en septiembre, pero seguramente también más oídio y más marsonia (“mancha negra”).

Ese espacio frente a la casilla, orientado al este, era un terreno en pendiente hacia las viñas. Levantamos un pequeño muro de piedra y lo rellenamos con la tierra procedente de la excavación del estanque. Es una tierra pesada, que mezclamos –¡por añadidura!– con varios sacos de tierra también arcillosa (muy rica y ligeramente caliza) procedente del jardín de uno de mis clientes. Por la tarde la propia casilla proyecta su sombra sobre el macizo, así que la evaporación se reduce en las horas más calurosas. Al pie del muro, pero por dentro, colocamos en su día un tubo de drenaje perforado, que recogiera el agua excedente y la evacuara por un saliente en el punto más bajo. La idea era proteger los cimientos del muro y, de rebote, evitar que las raíces de las plantas se encharcaran.

Estos rosales ‘Mutabilis’ –cuyas flores van pasando del amarillo melocotón al rosa pastel o magenta– están plantados en compañía de una jara blanca, varias estipas y media docena de verbenas de Buenos Aires. El pasado año añadí otro rosal chino, un ‘Old Blush China’, que es igual de remontante que el `Mutabilis’, con hojas igualmente pequeñas y apuntadas, ¿y quizá un poco más fragante? (nada del otro mundo, en cualquier caso). Cuentan los manuales que este ‘Old Blush’ fue uno de los primeros rosales chinos en llegar a Europa, gracias al capellán –de origen sueco– de un barco de la Compañía de las Indias Orientales. El rosal salió de la provincia china de Guangzhou y llegó por mar hasta Uppsala en la segunda mitad del siglo XVIII, dejando maravillado a todo el que la contempló. Por entonces pocos imaginaban que pudiera existir algo así: rosales floreciendo durante meses y no sólo entre mayo y junio… Se piensa que el rosal ‘Mutabilis’ llegó casi un siglo más tarde, tal vez procedente de la misma provincia china (para ser precisos: del mismo vivero chino), pasando primero por la Isla de la Reunión (escala comercial de muchos barcos), por los jardines de la familia Borromeo en el Lago Como después, y de ahí, finalmente, a Ginebra, a las manos del botánico y viverista Henri Corrévon, al que se atribuye el inicio de su comercialización por Europa. (1)

Así que mis rosales  pertenecen a una vieja estirpe aristocrática, oriunda de Guangzhou. No se puede pasar junto a ellos sin hacerles un saludo reverencial agachando la cabeza. Esto debe saberlo, y respetarlo, todo el que se acerque por LRO…

En verano, cuando los rosales se aletargan un poco, las verbenas toman el relevo. Cada pie de verbena dura unos dos años, pero aunque fueran anuales daría lo mismo porque se resiembran solas con mucha facilidad, de forma que, para tener siempre en flor el macizo, me basta con trasplantar esas pequeñas verbenas cuando ya miden un palmo. En la parte de delante, entre las piedras, hay Erigeron karvinskianus y un pie de Gipsophila en la parte del muro que da al pilón. En el capítulo de las marras habrá que anotar dos hinojos de color bronce. ¡Qué bien habrían quedado mezclados con las rosas Mutabilis! (así los vi en un libro de J.P. Collaert). ¿Era demasiado pesada la tierra para unos hinojos?. Como no estoy ni mucho menos conforme con este fracaso, volveré a intentarlo en cuanto pueda. Para terminar, en las dos esquinas del macizo hay romeros rastreros. Tanto más sanos y florecientes –prácticamente diez meses al año– cuanto menos caso se les hace.

 (1) La historia más completa y coherente de las rosas chinas en Europa la he encontrado en este libro: La Rosa, una herencia de color, de Peter Harkness. Ed. Cartago 2005.

Coltura promiscua

Agosto 2011

Leo en uno de los manuales de D. Soltner que en Italia central las viñas de Chianti se sujetan a los troncos de los arces campestres o de Montpellier, y que entre líneas se cultivan leguminosas (alfalfa), o incluso tabaco. Y que a este sistema de cultivo combinado se le llama así, “coltura promiscua”. Concluyo que la promiscuidad será tanto mayor cuanto mejores las condiciones del suelo y del clima. Así, mis abuelos podían sembrar en La Coruña judías trepando por el maíz, todo bien pegado, sin que ni las unas ni los otros dejaran por ello de crecer con energía en pleno mes de agosto. Lo que recuerdo de aquellos maizales es que allí casi no se entraba, y que precisamente por eso era un sitio perfecto para esconderse. Por estas tierras, en plena meseta castellana, también lo he visto hacer… Las plantas, sin embargo, eran menudas y de aspecto enfermizo, la producción menor, la maduración de las espigas precoz, los ataques de la araña roja en las judías bastante más serios (a cambio, los tomates están aquí  más sanos, y durante más tiempo, porque no les afecta el oídio hasta que las noches empiezan a refrescar, justamente ahora, al entrar en septiembre). Pero la “coltura promiscua” de maíz con judía no se inventó en mi pueblo, claro, está inventada desde hace mucho, en la región que va desde Nuevo México hasta el norte de Colombia (cosa que mis abuelos seguramente no sabían, aunque hubieran llegado a parecidas conclusiones sobre el cultivo a varios siglos y varios miles de millas marinas de distancia). Los indios hopis añadían un tercer ingrediente, la calabaza, y se referían a ellas como “las tres hermanas”…

Para cultivar juntas en este secarral a dos de esas tres hermanas, quizá bastaría ¿con que las calles fueran más anchas?. No estoy segura de que valga la pena. Puestos a combinar, me ha parecido más prudente reemplazar maíz por girasol (que necesita menos agua), y utilizar judías de ciclo corto, que he sembrado en la segunda mitad de agosto, cuando ya el girasol estaba algo crecido. Las plantas parecen sanas y están ya llenas de flores.

Mi abuelo dejaba sólo cinco metros de separación entre sus frutales, y por los rincones plantaba coles. Aquí el secano –incluso el secano relativamente fresco de La Rama de Oro– impone marcos de plantación que llegan al doble. He leído que en los olivares del sur el marco era deliberadamente amplio, para poder sembrar cereal mientras los árboles crecían (que se tomaban su tiempo). Y le he escuchado decir al anterior propietario de La Rama de Oro que su padre sembraba garbanzos entre los almendros y algarrobos. Así que la promiscuidad duraba pocos meses (los buenos) y se limitaba a cultivos de secano.