Reivindicación de Edith Holden y del Conejo Perico

Noviembre 2011

Cuando yo tenía unos siete u ocho años todos en mi familia tenían ya claro que era una niña que tiraba al monte: cada vez que veía un árbol me subía a él sin pensarlo. Lo hacía –y seguí haciéndolo muchos años– porque sí, sin ninguna razón especial, ni siquiera con premeditación. No había tampoco la menor voluntad de protesta –que yo recuerde– al estilo de Cósimo Piovasco, barón de Rondó.

De mi afición a trepar mi madre prefirió quedarse, como rasgo sobresaliente, con la evidente agilidad de la que hacía gala. Esa agilidad podía ser encarrilada en mejor dirección, pensó. Y recurriendo entonces a una para mí todavía incomprensible asociación de ideas, decidió matricularme junto a mi hermana mayor en clases de ballet clásico. Fracasamos en toda la línea, como era de esperar. A mi hermana, que nunca le había dado por subirse a los árboles, tampoco le entusiasmó gran cosa el ballet. El profesor le dijo a mi madre que éramos negadas, así de claro, pero ella no quiso de ninguna manera creerle. Mantuvo su fe en nosotras, con una tenacidad que la honra, hasta el día en que, a ruegos del profesor, aceptó venir a vernos. Ya se sabe que la fe es ciega, por definición. Basta con abrir los ojos un nanosegundo para que se desmorone. Ese día (como todos) mi hermana y yo éramos las últimas de la larga fila de niñas que, mientras el profesor tocaba el piano, iban saliendo ordenadamente del fondo del gimnasio, se colocaban junto a la barra, e iniciaban la ejecución de los cinco pasos básicos del ballet… No hizo falta más. (¿Qué habíamos hecho, además de llevar las medias del revés, detalle que mi madre sí recuerda perfectamente?. ¿Nos meteríamos el dedo en la nariz, le sacaríamos la lengua a una compañera…?). Esa misma tarde mi madre nos dio de baja y yo pude volver a subirme tranquilamente a los pinos.

Dos o tres años después de esta breve incursión en el sofisticado mundo del ballet clásico, un tío mío –del que yo andaba por entonces enamoriscada– quiso interpretar mi afición a los árboles y al andar siempre triscando por el prado en un sentido muy diferente. Me regaló un libro. Un libro que hoy, hojeado de forma superficial, podría parecer gazmoño, algo entre «las recetas de la abuela» y un salvamanteles con estampado de frutas. Pero nada más lejos de la verdad.

Al recibir aquel regalo mis ojos empezaron a educarse, es decir, a mirar las cosas despacio y  a prestar atención. El libro era la edición facsímil, recientemente traducida al español, del diario de Edith Holden, “La felicidad de vivir con la naturaleza” (en inglés, no menos cursi: “The Country Diary of an Edwardian Lady”), escrito y dibujado en 1906, en un pequeño, muy pequeño pueblo del condado de Warwickshire. Aquellas acuarelas de pájaros, flores, insectos, eran con mucho lo más bonito que yo había tenido nunca entre las manos. Pero era más que un libro bonito: era un registro preciso, mes a mes, de los cambios de la naturaleza en aquel pueblo, cambios que Edith detectaba con sólo salir al camino y mover un poco la hojarasca con la punta de su zapato… Entonces no me era posible comprender hasta qué punto aquel libro estaba contribuyendo a mi formación, pero hoy, más de treinta años después, me siento obligada a reconocerlo y a declarar mi gratitud a esa mujer (y a mi tío). Hojeando el diario de Edith Holden cada noche -bajo las mantas y con una linternita- mis ojos aprendieron, por encima de todo, a fijarse en la maravilla de los detalles: un jilguero espulgando semillas en la cabezuela de un cardo (años después comprendí al instante qué pájaro era ése que los italianos llamaban «carduelino»), un pinzón que empieza a canturrear cuando los sauces están ya reventando de amentos y los primeros narcisos abriéndose…

Edith incluía refranes y citas literarias en su diario. Pero es que ella nunca pensó en publicarlo. La cursilada del título es cosa de sus herederos, que lo editaron casi sesenta años después de la muerte de su autora. En cuanto a los poemas, es lo que se leía en la Inglaterra de principios de siglo. Son terribles, y peores todavía las traducciones, es cierto. Anyway, el éxito de ventas fue apoteósico. Sus acuarelas aparecieron reproducidas en tacitas, manteles, frascos de perfume; su imagen con el sombrero de paja, recogiendo florecillas por el campo, se convirtió en un estereotipo… ¿Se banalizó su trabajo?. Yo creo que sí.

Edith Holden fue una gran pintora, en la mejor tradición del movimiento  Arts and Crafts. Expuso su obra en salones de prestigio, como la Real Sociedad de Artistas de Birmingham o la Real Academia de Artes, e ilustró cuatro volúmenes de la revista “The Animal´s Friend”, del Comité Nacional para el Bienestar Animal. Sin embargo, los datos que suelen aparecer más destacados en su biografía son: que era maestra, que ilustró libros infantiles, y que se casó con un escultor, Mr. Smith. Como demostraba el caso su coetánea Beatriz Potter –sí, la misma, la autora de “Perico, el conejito travieso”–, era metafísicamente imposible que una mujer pudiese hacer carrera como naturalista. Si le daba por trabajar, que se hiciera maestra. En el colmo de la osadía, ilustradora. De flores y pequeños animales, desde luego (¡de libros técnicos ni hablar, ni siquiera de divulgación!). Ahora bien, como su terreno debía ser el de la casa y los niños, si una mujer quería ilustrar algo debía limitarse a los libros de cocina o a los cuentos infantiles. Cuentos para niños o, mejor todavía, para niñas. ¿Y qué deben hacer las niñas?. ¿Subirse a los árboles o bailar ballet?. ¿Aprender cómo se forma un suelo fértil, cómo se metamorfosea una libélula, cómo cuaja la fruta… o basta con que aprenda a hacer mermeladas y a decorar la casa con mediano buen gusto, estilo cottage?. Animo a los que lean esto a echar un vistazo por google. Van a alucinar ustedes con la sarta de majaderías que se siguen soltando a cuenta del trabajo de mujeres como Edith Holden o Beatriz Potter. A esta última –micóloga de gran valía– no le quedó más remedio que escribir e ilustrar cuentos. Su candidatura para entrar como estudiante en Kew fue rechazada. Su estudio sobre los líquenes no encontró editor… ¿Y cómo pasó a la historia?. Como la autora de las Aventuras del Conejo Perico, que, unos cincuenta años después de su primera publicación, en los tiempos en que mi hermana y yo hacíamos trizas los cinco pasos básicos del ballet, habían salido a la venta en forma de postalillas adhesivas,  coleccionadas con fervor por todas las niñas del colegio.

Edith Holden, además de una excelente pintora, fue una naturalista de primer orden. Hay que reivindicarla como tal. Edith tenía un conocimiento exacto de eso que se llaman los “estados fenológicos” de un vegetal, registraba con exactitud los cambios estacionales, sabía identificar perfectamente las especies y variedades, cuyo nombre notaba en latín, y, más importante que ninguna otra cosa, no concebía a todos esos seres vivos –que tantísimo amaba– sino en asociación: una violeta es una violeta… pero no es nada sin las yemas aún cerradas de esos robles –los primeros rayos del sol primaveral todavían pueden atravesar el dosel del bosque y llegar a calentar la tierra donde asoman las violetas y se empiezan a desperezar los animales–  y algo le debe a las lombrices, y a esa tropa intermitente de diminutos invertebrados que se pasean por encima y por debajo de la capa orgánica que cubre el suelo, ayudando a descomponerla, haciendo que la tierra sea fértil y mullida –como la que les gusta a las violetas– y dando de paso alimento a los pájaros que han sobrevivido al invierno… Edith murió a los 49 años. Su cuerpo apareció flotando en un tramo del Támesis, cerca de Kew Gardens. La policía reconstruyó los hechos de la siguiente manera: la Sra. Smith se había acercado mucho a la orilla –¿quizá de espaldas?– intentando alcanzar con el mango de su sombrilla la rama de un castaño; la rama se le resistía; ella se acercó más, tiró, resbaló, y se fue al agua. Era el mes de marzo. Edith no recogía flores, como dicen la mayoría de los manuales. Lo que seguramente había llamado su atención era la belleza de las yemas a punto del desborre.

Beatriz Potter se forró vendiendo los cuentos del conejito travieso. Cuánto me alegro por ella. Gracias a eso consiguió la independencia económica que seguía estando vedada a la mayoría de sus contemporáneas. Se compró una granja al norte de Inglaterra, en el Distrito de los Lagos, y se hizo criadora de ovejas, en particular de la raza Herdwick. Con lo que ingresaba gracias a los derechos de autor del travieso-conejo-Perico siguió comprando fincas y fincas y más fincas. Hoy se conservan tal cual, impolutas. Las donó al National Trust y fueron declaradas Parque Nacional. En 1930 fue elegida presidenta de la Asociación de Criadores de Ovejas Herdwick. Algo empezaba a cambiar, por fin.

Y en 1997, más vale tarde que nunca, la Sociedad Linneana de Londres pidió perdón por el trato discriminatorio que le habían dado. Beatriz fue reconocida públicamente como la gran micóloga que había sido, y sus estudios sobre los líquenes y la germinación de las esporas encontraron su sitio en los tratados de Micología.

Conservo el libro que me regaló mi tío –allá por el año 78 ó 79– como una de mis posesiones más queridas. La colección de postalillas del conejo Perico hace mucho tiempo que se perdió. Pero he aprovechado esta entrada en el blog para releer el cuento. Ahora que tengo ya tantas canas en la cabeza veo al bueno de Perico como a un valiente. Mr. Gregor persigue al conejo sin descanso, levanta el rastrillo una y otra vez,  pero él siempre consigue zafarse. Zafarse y sobrevivir.

Indian Summer (2ª parte)

Septiembre 2011

En España los bosques de “planicaducifolios” (traducido: árboles de hoja ancha y caduca) se encuentran principalmente en el tercio norte, “Iberia húmeda”, o como se le quiera llamar; más abajo, sólo dominarán los fresnos, o los melojos, o cualquier otra frondosa de hoja caduca, allí donde el suelo sea algo más fresco y profundo, el calor menos intenso… Por eso no pueden dominar en los suelos castigados de La Rama de Oro. El arbolado dominante pasa a ser de encina, alcornoque, enebro, pino piñonero y carrasco. El del paisaje mediterráneo, con menos hoja caduca y más hoja perenne. Lo que equivale a decir: con más eficacia energética, menos derroche. Lo que equivale a decir: con menos otoño. (véase Los Bosques Ibéricos, Ed. Planeta, VVAA, en especial pp.269-272)

El verano indio es un privilegio del bosque templado americano. A otra escala, hay colores fastuosos en bosques y jardines de Japón. Y aunque nuestros bosques europeos de frondosas –hayedos, carballeiras, melojares…– se encienden y centellean con el veranillo de San Martín, no resisten la comparación, ni en variedad ni en envergadura, con sus primos americanos.

Hoy sabemos que no siempre fue así. Los fósiles prueban que en el terciario nuestros bosques de Europa eran tan ricos como los de América. La razón de nuestra inferioridad actual tendría que ver con la disposición este-oeste de las cadenas montañosas –Sistema Central, Pirineos, Alpes, Cárpatos…– así como con la intromisión del mar Mediterráneo. Entre unas y otro impidieron que en los períodos interglaciares de la era cuaternaria (cuando el tiempo se caldeaba un poco, con la retirada temporal de los hielos) la rica vegetación del terciario, literalmente refugiada en sus cuarteles del sur, volviera a subir hacia latitudes más altas. Lo que no sucedió en América del Norte, donde todos los sistemas montañosos tienen una orientación norte-sur.

En nuestros bosques europeos este verano tardío no es un “indian summer” de escarlatas y púrpuras; nuestro otoño tiende al amarillo, me parece, más al amarillo que al rojo: el amarillo de los chopos, de los abedules, de los cerezos. Nuestro otoño es, por ejemplo, un veranillo de San Martín leonés, berciano, de oro viejo, ocres y ámbar. Hay tramos de la N-VI, entre Ponferrada y Sarria, en los que los bosques de castaños y carballos (y en menor medida, de cerezos, serbales, bosquetes de abedules…) hacen que las laderas –especialmente por las mañanas, cuando uno conduce con el sol detrás– parezcan un mar de reflejos amarillos y verdes. La escena es tan consoladora que hace olvidar por un momento los otros tramos, más numerosos, que no son sino una sucesión de tierra quemada y vuelta a quemar, donde los brezos o, en el mejor de los casos, las retamas y los tojos, intentan reiniciar la sucesión ecológica que en cien, ¿doscientos años? permitirá que vuelva el bosque. Los colores se repiten en las faldas de Picos de Europa, en lo que nos queda de robledales y hayedos de la cornisa cantábrica, en los castañares de Gerona… Una mezcla espesa de todo esto, con el añadido de los setos de carpes y hayas, se puede ver ahora mismo, ya, en el bosque de La Granja, por los caminos umbríos que suben hacia El Mar.

Uvas  en La Rama de Oro.

En cuanto a La Rama de Oro, como en todo el paisaje circundante de la zona suroeste de Madrid, el premio se lo llevan los terebintos, de los que no puedo evitar hablar a cada paso. ¡Y las cepas de «morenillo» (variedad de cariñena ) y tempranillo!.  Pero ni siquiera aquí llevamos ventaja. Las “viñas vírgenes”, de un púrpura subido (que no es fácil comparar con nada), no han recibido su nombre por ninguna razón que tenga que ver con la virginidad: lo han recibido de su supuesto lugar de origen, Virginia, en los EEUU. Otra vez las glaciaciones. Y sin embargo, ahora que lo pienso, las uvas de la viña virgen no valen nada. Los rojos y escarlatas que no vemos en nuestros bosques, tan cabizbajos en comparación, sí los veremos  correr y burbujear el año que viene …¡en las bodegas!.

Indian Summer (1ª parte)

Noviembre 2010

Otoño en el río Hudson, el cuadro más conocido de J. F. Cropsey fue mostrado al público por primera vez en la Exposición Internacional de Londres de 1862. Cropsey, nacido en Nueva York, llevaba ya varios años instalado en Inglaterra, de modo que el cuadro no lo pintó al natural, sentado con su caballete frente al bosque encendido de los Arriondack, un lánguido y fresco atardecer de octubre. Cropsey pintó este Otoño en el Hudson en una habitación de hotel junto al Támesis, sirviéndose de sus recuerdos y, sobre todo, de la colección de hojas secas y prensadas que habían viajado con él desde el Nuevo Mundo. El público londinense juzgó que el colorido de los árboles de aquel cuadro –arces, abedules, olmos, cerezos…– era sencillamente imposible: untrue, unbelievable. Así que, para convencerles de que su obra era el fiel reflejo de la realidad y no una idealización de gusto prerrafaelista, Cropsey instaló junto al cuadro un pequeño bastidor de cartón en el que fue colocando su colección de hojas secas. El éxito fue completo. A partir de ese momento el autor del lienzo quedo consagrado como pintor oficial del indian summer[1].

La anécdota está recogida en el catálogo de la exposición “Explorar el Edén. El paisaje americano del siglo XIX” que orgánizó hace unos años el Museo Thyssen. Algunos de los cuadros de esa exposición están aquí de forma permanente, en los fondos del Museo. Así que, gracias al buen gusto del difunto Barón (y a la cabezonería de su señora), a los ciudadanos de Madrid no les hace falta cruzar el océano para entender lo que significa el verano indio, el veranillo de San Martín o “verano en otoño” de la región de los Grandes Lagos. Basta con acercarse al Paseo de Recoletos y buscar El lago Greenwood por las salas del primer piso del Museo Thyssen. Es una de las últimas obras de Cropsey. Allí están, entre otras frondosas de hoja caduca, los protagonistas absolutos de septiembre y octubre: el arce rojo y el arce de azúcar, inflamando el bosque durante semanas antes de la entrada del invierno.

La explicación botánica vendría a ser ésta: la clorofila, pigmento verde encargado de realizar la fotosíntesis, empieza a trabajar menos cuando, hacia finales del verano, la disminución de horas de luz es ya perceptible, lo que coincide con las menores necesidades energéticas de las plantas y con la máxima acumulación de azúcares en las hojas. Comienza entonces la traslocación de esos azúcares hacia las raíces y otros puntos de almacenaje de reservas. Pero mientras ese viaje descendente concluye, durante las semanas anteriores a la caída de la hoja, la clorofila (que ya ha terminado su faena) le cede la plaza a otros pigmentos, esto es, a los amarillos, naranjas, escarlatas: los colores del ocaso, los mismos que vemos en el cielo de los primeros atardeceres de otoño, y en esos paisajes arrebolados del Museo Thyssen.


[1] Para la descripción literaria de lo que contenía el bastidor con hojas secas de Cropsey se encuentra en la obra de un contemporáneo, Colores de Otoño (Olañeta, 2002), el opúsculo de H. D. Thoreau sobre los bosques de su Massachussets natal: “No comprendo qué hacían los puritanos en esta estación –escribió– cuando los arces llamean de carmín. Sin duda no rezaban en estos bosques. Quizá por eso construyeron sus templos y los cercaron rodeándolos de caballerizas…”.

El camino de Middleharnis

Junio 2011

Hubo un tiempo y un lugar en que las avenidas eran casi siempre sinónimo de alamedas: una  hilera de álamos (Populus alba) a cada lado del camino.  También valían chopos (Populus nigra, “álamo negro”). Y si sus troncos no fueran tan finos, los abedules (Betula pendula).  ¿Qué tienen en común, (además de que crecen rápido)? Una piel blanca, fina, a veces hecha jirones. La luz de la luna se reflejará en ellos, y el caminante, al que se le ha echado la noche encima, no se perderá. Este cuadro de Hobbema está ahora en Londres, pero fue pintado al otro lado lado del Canal, a finales del siglo XVII. En esta reproducción que he bajado de internet no se distinguen bien. Pero sí, son álamos.

¿Y por qué tienen tan poca copa los álamos del camino de Middleharnis? Se me ocurren varias explicaciones. Algunas más sencillas, otras más arriesgadas. Primero, que en Holanda –llana, desarbolada y pegada al mar– el viento es un compañero omnipresente. Y no hoy, que es un día tranquilo, pero sí quizá mañana, una ráfaga de aire se levantará en el mar –al fondo del cuadro– y romperá las ramas blandas, quebradizas, de la avenida de álamos. Segundo, que no es fácil encontrar con qué calentarse en invierno (de hecho, lo más fácil era hacerlo con bloques de turba), y el que pasaba por allí  (mejor dicho, el que estuviera autorizado para hacerlo…) podía retrepar tronco arriba por los árboles e ir cortando rama a rama con un serrote a medida que bajaba.

Ahora bien, la madera de álamo arde demasiado mal, y, por otro lado, estos troncos ¿no están demasiado derechos para haber crecido en un lugar tan ventoso?. Además, no hay tocones, y cuando el viento parte una rama no es tan cuidadoso; los brotes tiernos salen directamente del tronco; y por ellos sabemos también, de paso, que ha ido avanzando la primavera, que quizá sea ya verano; los rebrotes son numerosos, y las copas que se agitan allí arriba, como penachos, están ya bien tupidas.

Al ir quitándole las ramas bajas el árbol empezará a estirarse, a  “subir la copa”; como lo que hacemos por aquí los jardineros con los pinos piñoneros, por ejemplo, para forzarlos a “tirar  para arriba”, a crecer con el tronco recto y sin achaparrase; pero en estos casos sólo se sube “un piso” de ramas,  y en cualquier caso nunca más de un tercio de la altura total, pues se hace por razones ornamentales, no por el aprovechamiento de la madera. En el campo, que es otra historia,  a la poda radical de todas las ramas  se le llamaba “escamonda”, escamonda para leña si se quitaban ramas de grosor medio (lo que sólo podía hacerse, evidentemente, cada cierto número de años), o escamonda para forraje, si se le quitaban los ramos del año, hacia la segunda mitad del verano. Las escamondas, según se dejara o no algo de copa en lo alto,  recibía diferentes nombres y estaba sujeta a diferentes ciclos de poda/reconstrucción, según  la especie, el contrato de arrendamiento, etc. (hablar de todo eso ahora nos alejaría mucho de Middleharnis)

Aquí, en este cuadro, una escamonda para leña podría entenderse si se tratara de robles, pero nunca, me parece, con álamos o chopos (que no tienen ningún poder calórico, que cuando la rama es un poco grande se pudre con sólo mirarla, de empapada que está siempre por dentro…). Además, cuando uno quiere aprovechar un árbol para leña deja que las ramas engorden durante unos años; y las ramas que les faltan a estos álamos no eran gruesas: si el viento, o los propietarios de los árboles (el ayuntamiento, tal vez) hubieran dejado que las ramas engrosaran, también el tronco lo habría hecho en su debida proporción. Serían mucho menos altos y no estarían tan escuálidos, aún siendo especies de porte esbelto. En cuanto a la escamonda para forraje, se entendería mejor con un fresno, con un sauce… pero qué va,  en esta época del año no, y mucho menos en Holanda, donde si algo sobra, precisamente, es el pasto verde (hasta bien metido el invierno).

Mi impresión es que, aún dejándole al viento su cuota de estropicio, hay alguien que ha estado “limpiando” sistemáticamente de ramas/ramillas los troncos de esos álamos desde que eran jóvenes, y no lo hace desde luego por la leña (aunque siempre haya alguien más pobre que las ratas que pueda aprovechar incluso las ramas finas).

Tres. Acabo de recordar, al releer lo anterior, esos arbolitos flacos –“aviverados”– que venden en cualquier vivero de España (del mundo). Son árboles para hacer avenidas, o como ahora se dice, “alineamientos urbanos”.  Siempre había pensado que esos árboles los cultivaban así no sólo para que tuvieran una copa alta (que deje pasar un coche por debajo; y con el tiempo, incluso un autobús) sino también porque les sería más fácil a los del vivero transportarlos en los camiones. Por el camino de Middleharnis también pasaban carros, como se ve por las rodadas que dejan. ¿Era esa la razón de que los álamos se plantaran  “aviverados” y se les intentara conservar así año tras año, es decir, tan largos y con la copa tan desproporcionadamente pequeña? Puede haber una pequeña verdad en esa explicación… pero nada más que eso (porque a ver, ¿qué altura podía tener un carruaje, por muy cargado que estuviera hasta los topes).

De todos modos, aunque de las explicaciones anteriores pueda aprovecharse algo, ninguna me parece suficiente por sí misma. Sí, el viento rompe algunas ramas; la madera de álamo, por mala que sea, acaba ardiendo; y los carruajes no pueden andar tropezando con las ramas de los árboles. Pero tiene que haber más.

Cuatro. ¿Es posible que desde que eran muy jóvenes los álamos hayan sido conducidos “en copa alta” (como hacemos por aquí los jardineros con los pinos…)  para que el viento se filtre perfectamente por la avenida y no tire abajo unas copas densas que le ofrecerían demasiada resistencia? ¿Es posible que estos álamos no hayan tenido nunca una copa estructurada? En un pueblo de Holanda, con la capa freática tan alta, cabe pensar que las raíces no serán profundas. Los árboles aislados, y plantados en alto, serán inestables, peligrosos…

Hay un hombre a la derecha, en un nivel más bajo. Se protege con un sombrero plano y trajina muy concentrado con una navajita. Está formando árboles jóvenes, de copa redondeada y alta. ¿Destinados al jardín de algún rico vecino? Su poda parece puramente ornamental, y desde aquí al menos, por muy fijamente que escrutemos la reproducción, no se puede distinguir de qué especies se trata.

Esto es entonces lo que uno ve inmediatamente: los árboles altos y esmirriados, pelados por el viento, o por unos hombres muertos de frío, o por quien quiera que sea (nada de esto se ve en el cuadro) y, más abajo, los otros arbolillos, más coquetos, que amaestra el podador con sus navaja. Los del camino están más expuestos al viento. Los del vivero están tranquilos.

Hay muchas más cosas en el cuadro. La elevación del camino (tanto como el faro y los mástiles que se entreven al fondo) nos dice también que estamos en el norte, muy cerca del mar, en una tierra cenagosa que vive con la amenaza permanente de las crecidas e inundaciones (esto tampoco se ve). A los lados del camino corren canales de agua mansa, bien disciplinada, obediente como los arbolitos del vivero.

Un hombre viene de Middleharnis. Es un cazador, con su escopeta al hombro y su perro husmeando algo en dirección al canal. Pero unos metros más adelante hay un borrón no perceptible (sólo los libros de arte llaman la atención sobre él, y entonces sí se ve). Ese borrón es el de un segundo perro; esta vez, un perro flaco, sin dueño. Vaga por el camino de Middleharnis, tendrá hambre y pulgas; intentará cazar un conejo, o un mirlo, y a lo mejor el caminante, o el podador, se disponen a alejarlo a pedradas. Debía de ser tan poco elegante que Hobbema lo borró.

En conclusión,  ¿para qué han plantado estos álamos aquí y por qué no dejan que las copas espesen? Bueno, no son una pantalla eficaz contra el viento, eso parece claro. Tampoco el iluminar a los caminantes justificaría  una plantación tan concienzuda. El brillo nocturno viene de regalo, sin haberlo previsto. Se escoge el álamo porque crece rápido, se reemplaza rápido, y soporta perfectamente los encharcamientos. Me imagino que en alguna web holandesa lo deben de contar con todo detalle, porque aún hoy lo seguirán haciendo así en las zonas rurales (si es que les queda alguna). Las raíces de los álamos están sosteniendo el talud, protegiendo el camino de la erosión del agua, como en la playa esas masas de raíces del barrón (Ammophila arenaria), sin las cuales no podrían formarse las dunas, ni podrían protegerse los pescadores (como aquí el podador) a sus espaldas.  Y las copas no pueden crecer  porque el fuerte viento, al moverlas, podría desgajar la base del talud.  De ahí la limpieza repetida de los rebrotes del tronco (que suba pero que no engorde, que no forme nunca una pesada copa), que es lo que quizá esté haciendo, a escala menor, el hombre de la derecha.  Así que lo que interesa del álamo no es ni su copa ni su leña. Interesan sobre todo sus raíces.  La copa será la necesaria para mantenerlas vivas y hacer que el tronco estire, sin estorbar en ningún momento el paso del viento. Si los troncos están tan rectos es precisamente por eso, porque el viento se desliza entre ellos, casi bailando.  A mano izquierda se deja ver una  masa de árboles completamente diferentes –seguramente robles–, que aparecen con tanta frecuencia en los cuadros de los antiguos maestros holandeses. Ahí sí que habrá árboles deformados, con el tronco inclinado en la dirección dominante del viento, y tocones que nadie habrá limpiado, que son lo que queda de las ramas partidas por el viento; y ahí, con seguridad, sí habrá gente recogiendo leña. Y árboles, no escamondados, sino desmochados… Ese bosque, cuando las ráfagas vengan de ese lado (Middleharnis está en un islote frente a Rótterdam; el viento vendrá de todas partes) sí forma una buena pantalla contra el viento, y sí protegerá en alguna medida la avenida de álamos (en alguno de sus tramos al menos, y desde luego el vivero).

Hacer un camino en un lugar así no era ninguna broma. Hacer una red entera de canales y caminos, y conservarla año tras año, era una enorme obra de ingeniería de la que sin duda se sentían muy orgullosos los ciudadanos de Middleharnis. Así se entiende que el perro rascándose las pulgas estuviera de más.

Entonces, ¿y si esos arbolitos relamidos del vivero no fueran sino álamos de dos o tres años, destinados a reemplazar rápidamente a sus mayores, que el viento acabará partiendo, o el lodo asfixiando? El hombre del gorrito y la navaja, a la derecha, se convierte en el primer sospechoso de las escamondas en la avenida. Y no por la leña. Sólo como una labor más, una entre otras, para la conservación del camino.

En los cuadros –como en las imágenes que desfilan por la ventana del coche, ¿como cada vez que abrimos los ojos?– lo que vemos es muy poco, apenas nada. Vemos sólo lo que sabemos, y si no sabemos nada, no podemos ver nada. El perro flaco no existe, ni las manos agrietadas de los hombres que plantaron los álamos de Middleharnis, y, para el que no quiera enterarse,  ni las inundaciones ni el viento, ni la angustia de ir caminando de noche por un camino oscuro, son siquiera presentimientos. Irá a Londres, a la Nacional Gallery, y sólo verá un cuadro muy hermoso, uno de los mejores de la confortable, bien caldeada sala en la que está expuesto.