Scare-eyes

Febrero 2012

Ojos-que-espantan.

Un ornitólogo noruego, M. Markgren, escribió en 1960 un artículo sobre las reacciones de miedo y huida en las aves[1]. Había llegado a la conclusión de que una de las cosas que más les intimidaba era la mirada fija, penetrante, de dos ojos enormes. Construyó entonces el siguiente espantapájaros: un gran globo de plástico pintarrajeado con dos ojos descomunales,  formados por una serie de círculos concéntricos de diferentes colores. Ojos haciendo “chirivitas”, una especie de Gorgona esquemática, de mirada petrificante. Y el experimento demostró que ningún pájaro se acercaba a menos de quince metros. El modelo de espantapájaros recibió el nombre de su inventor, se hicieron variantes con diferente número de ojos, tamaños y coloridos, y desde entonces, según leo en internet, el Markgren scorecrow (o scare-eyes balloon) sigue siendo uno de los más utilizados para ahuyentar aves de los cultivos. En la web de la que he tomado la foto –enasco.com– los venden por cinco dólares y medio.

La mirada fija y directa no sólo ahuyenta a los pájaros. Cualquiera que haya tenido contacto con perros tímidos –esos perros aterrorizados que llenan los albergues de España, sin ir más lejos– sabe bien que, para evitar que entren en estado de pánico, no hay que mirarles jamás de frente. Los animales quieren pasar desapercibidos. Que un ser humano se fije en ellos puede ser el comienzo de una pesadilla. En el caso de los pájaros, supongo, la cosa es más sencilla. Basta con unos ojos de un tamaño superior al de los suyos: los ojos de cualquier posible depredador.

En LRO había una casilla de piedra, sin tejado, sin puerta, destrozada, pero con unos gruesos muros de granito bastante bien conservados. Una vez que estuvo todo arreglado nos planteamos la posibilidad de encintar las paredes. Incluso llegamos a comprar una masilla especial… un producto fantástico para cerrar juntas que, ante nuestras eternas dudas y sucesivos aplazamientos, acabó echándose a perder. Nos habíamos dado cuenta de que entre esos bloques de piedra se escondían un número indeterminado de reptiles, pequeños mamíferos, incluso pájaros. Esta foto pertenece a un lagarto ocelado (Lacerta lepida). Los “ojillos” que cubren su cuerpo están destinados a ahuyentar, o al menos despistar, a cualquier pájaro –u otro animal, quizá un zorro– que se les acerque con intenciones poco claras. Encontramos este lagarto en la casilla en la primavera de 2008, después dejamos de verlo; en el entretanto encontramos otros muchos reptiles, y vimos lagartos ocelados en otras zonas, cruzando el camino o tomando el sol en una piedra. No muchos, sólo dos o tres (¿o siempre el mismo, paseándose..?), pero sí los suficientes para tomar una decisión. No íbamos a encintar nada. Bastante trastorno había supuesto ya para todo ese bicherío de LRO la llegada intempestiva de nuestros perros (intentamos llevar sólo a uno de cada vez, y mantenerlo muy controlado, pero no siempre se puede evitar que busque ratones o que persiga una lagartija). Por  lo que leo en el Libro Rojo de los Reptiles de España, los lagartos ocelados están retrocediendo a pasos agigantados en todas partes: “En los últimos años se ha señalado su casi total desaparición en amplias áreas protegidas, como Doñana o los Aïguesmolls… o ha pasado en poco tiempo de presentar densidades mayores a 50 individuos por hectárea en Sierra Morena, de las dehesas extremeñas o de la desembocadura del Ródano, a mantener una presencia casi vestigial. Esta llamativa disminución podría ser un fenómeno generalizado…” (p. 226). Curiosamente, sin embargo, sigue apareciendo en los manuales de caza como especie cinegética, porque puede comer huevos de perdiz y de otras aves que el cazador, naturalmente, prefiere comerse él[2].

Foto de wikipedia.

Los ocelos de la mariposa Iphiclides, tan común en LRO, como los de la Papillo macaon o la Inachis Io, parecen cumplir la misma función que en los reptiles. Y que en el pavo real, en el pez torpedo, en las mariposas-búho de las selvas de Centroamérica… La estrategia es siempre la misma, que el que se acerca se sienta observado por unos ojos penetrantes que le miran de hito en hito;  en el caso de nuestro lagarto, por una miríada de ojillos repartidos por todo el cuerpo. ¡Ni te muevas, que te están mirando fijamente cien pares de ojos!, le dicen al águila culebrera los ocelos de su espalda. Y si gana medio segundo para salir disparado, antes de que el águila se despabile (que lo hará), pues mejor que mejor. Miradas que aturden, o que asombran y atemorizan. Unas veces para escapar de la muerte; otras, para paralizar de puro asombro-espanto a la hembra fértil. Lo demuestra la parada nupcial del pavo real. ¿Y quizá por eso los ocelos del lagarto macho son más grandes y más azules cuando está en celo…?.  ¿Y al ser más grandes y más azules mantendrá también más a raya –más cohibida– al águila que quiere cazarlo…?.

N.B. Sobre la mirada que mata, en particular de la Gorgona Medusa, un libro precioso de J.P. Vernant: La morte dans les yeux. Sobre este señor del espantapájaros, M. Markgren, no encuentro nada; si alguien tiene ese texto de 1960 ¡y da la casualidad de que además lee este blog!, me encantaría ponerme en contacto con él.


[1]  “Fugitive reaction in avian behaviour”, Acta Vertebratica, 2; encuentro la referencia bibliográfica en wikipedia, pero no el artículo.

[2] “El lagarto es un dañino consumidor de huevos que debe ser controlado”, La caza y el examen del cazador, J. M. Montoya, Ed. Mundi Presa 1989, p. 60. Sigue siendo el libro de texto de referencia para los alumnos del Ciclo Superior de “Gestión de Recursos Naturales y Paisajísticos”.

Camelias y tricornios

Febrero 2012

Los camelios ya están floreciendo a todo trapo en los jardines del norte. Hoy es un buen día para hablar de ellos. Primero de los camelios y después, de postre, de los tricornios.

Para el resumen que viene a continuación me he servido, además de mi propia experiencia cuidando camelios en Galicia, de estas dos estupendas fuentes: una  entrevista a J. Thoby[1] –productor de Nantes, patria del camelio en Europa–, y el manual correspondiente de “Les Carnets de Courson” (1998).

Lo único que no parece discutible sobre el cultivo de los camelios es que necesitan una tierra ligera, rica en materia orgánica, y fresca. Pero en todo lo demás se pueden hacer matices:

1. Nos dicen que los camelios han de plantarse siempre a la sombra. De Madrid para abajo desde luego, y muy especialmente la C. japonica. Pero en las zonas atlánticas, donde la humedad del aire es siempre alta y el sol no se encarniza como en el sur, los camelios sí soportan una exposición relativamente soleada; de hecho, variedades de camelios menos umbrófilas, como la C. sasanqua o la C. reticulata, de floración precoz, si no tienen suficiente sol no florecerán bien.

2. Que no toleran la sequía. A veces la sequía se complica con la competencia radicular, incluso en la costa; si por aquello de que esté a la sombra lo hemos plantado arrimado a una o varias coníferas –así crece, silvestre, en los bosques de Japón–, cuando la reserva de agua del suelo descienda son las poderosas coníferas las que se llevarán hasta la última gota. Algo similar sucederá si está pegado a un gran rododendro. Consejo: goteo nocturno. Las variedades de C. sasanqua, con raíces más profundas, sufrirán menos.

3. Que no toleran el frío. Lo tolerarán mejor en tierra que en una maceta. Y siempre con un espeso acolchado de hojas secas protegiendo las raíces. Variedades muy rústicas, que salen adelante en el Botánico de Madrid: ‘Gloire de Nantes’, ‘Dr. Clyfford Parks’.

http://www.mobot.org (Botánico de Missouri).

 4. Que necesita suelos ácidos. Sí, pero menos que los rododendros, por ejemplo. Una curiosidad que cuenta J. Thoby “En Vietnam hay camelios de flores amarillas que prosperan en suelos con un pH de 7.5 a 8.2… Claro que estos árboles se alimentan tanto por sus hojas como por sus raíces, pues viven en una especie de bruma permanente…”. Un camelio apto para suelos calcáreos: “Château de Gaujac” (que es el que vende este J. Thoby). Añado algunas de las variedades más sanas del Botánico de Madrid, donde el suelo es seguramente neutro (los jardineros habrán tratado de corregir el pH pero, aún así, el agua de riego siempre llevará algo de cal): ‘Adolphe Auduson’, ‘Dr. Baltasar de Mello’, ‘Duchesse de Berry’, ‘Àlba Plena’, más las citadas en el punto 3.

5. Que son arbustos banales; que las flores, además de durar poco, parecen de plástico. Muchos C. japonica de flores dobles a mí sí me lo parecen… Como también me parecen aburridas y exageradas esas hortensias cabezonas que en Galicia aparecen hasta en la sopa…. Pero –al igual que sucede con las hortensias– a día de hoy ya existe una inmensa gama de camelios donde elegir: los hay de hojas finas, los hay de botones florales rojizos, los hay olorosos (C. ‘Naromigata’, `Fragrant Pink’), y, sobre todo, los hay de flores sencillas, infinitamente más atractivas, en mi opinión, que las previsibles flores dobles, “imbricatas” (manipuladas para que en vez de estambres crezca una segunda, una tercera tanda de pétalos). En cuanto al arbusto, siempre me ha parecido un tanto aparatoso y oscuro, sobre todo teniendo en cuenta la brevedad de la floración. Por eso, seguramente, prefiero los camelios en seto, porque permiten plantar diferentes variedades, de modo que se vayan solapando las floraciones de unas y otras.

Han salido citados algunos de los camelios del real Jardin Botánico. El conservador de las “plantas vivas” de este jardín (herbarios excluidos) es desde hace muchos años el Sr. Juan Armada. Su padre, el Marques de Rivadulla, general golpista de todos conocido, es un anciano de noventa y un años que cultiva los mejores camelios de Galicia en su pazo de Santa Cruz de Rivadulla (lugar de Ortigueira, Vedra, La Coruña). Alfonso Armada empezó con el cultivo comercial de los camelios al salir de la cárcel de Alcalá Meco, indultado, la nochebuena de 1988. Cuando llegó a su casa, después de seis años meditando a la sombra, los camelios sasanqua del pazo debían de estar empezando a florecer. Con su mujer –y no sé si alguno de los hijos– montaron una empresa de venta al por mayor de productos agrícolas y construyeron los viveros para la reproducción de camelios. En su web www.ortigueiraplant.com cualquiera puede visitar «on line» las instalaciones, consultar el listado de variedades a la venta, y hacerle un pedido a D. Alfonso.

La historia del Marqués es muy conocida. Quizá lo sea menos la del Sr. Antonio Tejero, que por lo visto se dedica a cultivar aguacates en una finca de Alaurín (Málaga), o la de ese otro guardia civil condenado, el Sr. Miguel Manchado, que lleva personalmente la plantación de limones que heredó su mujer en Murcia. Encuentro esta información en internet, en artículos publicados diez, veinte años después del golpe. La historia parece inventada pero no lo es: parte de la tropa golpista se dedica desde que salió de la cárcel al sano deporte del azadón. Uno camelias, otro aguacates, un tercero limones. A mí me tranquiliza saber que esta gente tiene las manos ocupadas. Con todo y eso, hay algo inquietante en el asunto. ¿Cómo se explica semejante evolución, desde el tricornio hasta el sombrero de paja?, ¿del tanque a la carretilla, del pistolón al rastrillo, del uniforme de infantería a la camiseta de tirantes?. (Y sobre todo, ¿es posible que semejante evolución se dé algún día… en sentido inverso?).


[1] La Gazette des jardins nº 22, enero 1999. Tiene su propio vivero, en Gaujac, y su propia web: www.thoby.com.

Sólo una piedra

Febrero 2012

El rincón de las fresas.

Oí que el guarda del coto la llamaba Valentina la Buena. No sé si todo el mundo la llamaba así, desde siempre, o si fue una expresión casual que ni siquiera el guarda recuerda ya. Apenas tuvimos tiempo de conocerla. Supimos que había muerto al poco de estar con ella en LRO. Ese día quedamos en organizar una comida para los hermanos e hijos de su familia, la familia que nos había vendido la finca; lo haríamos después de la vendimia, por el Pilar. Pero Valentina la Buena no llegó a octubre. Murió ese verano en el Hospital de Alcorcón, donde había ingresado muy grave unos pocos días antes.

Los anteriores propietarios eran seis hermanos. Cuando les compramos la finca quedaban cuatro: las tres mujeres y el más joven de los tres varones, Anastasio, que era quien se encargaba de seguir cuidándolo todo. Valentina andaba cerca de los ochenta pero no los aparentaba. Era delgada, enjuta, muy vivaracha. Ella no vino a la notaría el día de la compraventa porque la acababan de operar.

Un tiempo después fuimos a buscarla, a ella y a su marido, a la residencia de ancianos a la que se habían ido a vivir. Valentina llevaba un sombrero de paja  de ala plana, con un lazo rosa alrededor. Pasamos la mañana con ellos en la finca. Como su hermano, al que le encanta sentarse a contarnos historias, también ella nos contó ese día muchas cosas. Del tiempo en que no había cajas de plástico, ni mangueras, cuando los cestos de uvas se cubrían cuidadosamente con hojas de la propia viña y los cestos de higos con hojas de la propia higuera. Del tiempo en que el campo estaba lleno de gente los doce meses del año, y había tanto trabajo que nunca se podía parar. La guardia civil se dejaba caer por allí algunos domingos, para obligarles a ir a misa. A Anastasio, el benjamín, un guardia le requisó una vez las hogazas de pan que llevaba  al pueblo. Él era solo un niño. Un niño montado en un burro. Sesenta años después sigue recordando aquello, y lo único que se le olvida es que que ya nos lo contó muchas veces (añadiendo, por cierto, «que también los guardias pasaban hambre»). Sus padres sembraban cereal donde ahora hay viñas. Lo llevaban a moler y después hacían pan, ellos mismos. La huerta se regaba por surcos. Había tres albercas, y mucha más agua que hoy. “En invierno y en primavera se la oía bajar por el camino, no se podía ni pasar…”.

De todas las historias que escuché aquella mañana una me conmovió especialmente. Valentina había descubierto una piedra, una roca grande de granito, junto a la huerta de las fresas. Se agachó un poco y nos señaló una  hondonada en la parte de arriba de la piedra: ese hueco lo hizo mi padre con un hierro, dijo, para llenarlo de brasas y colocar encima la olla; ahí comíamos en invierno. Un conejo, unas patatas.

Pensé entonces  en esa otra Rama de Oro, la que no tenía nombre, y en las familias que durante décadas trabajaron esta tierra con sus manos, plantaron árboles, sembraron.  Pensé también en lo fácil que es olvidarse de todo, y en lo poco que significan las cosas cuando no sabes nada. Habíamos plantado las fresas en ese rincón porque está mirando al sur y al abrigo de las rocas. Es seguramente uno de los lugares más protegidos de LRO. Pero si es un buen sitio para las fresas, mejor lo será para la gente, en especial en invierno, cuando la mitad de la finca está helada. Vi claramente la escena. Un señor de mediana edad, duro como una encina, prepara el fuego sobre la piedra. Y sus seis hijos le miran con respeto, y esperan allí acuclillados.

Todo eso está grabado en la piedra de granito. Valentina la Buena nos lo hizo ver. Valentina la Buena, que trabajó de sirvienta en varias casas de Madrid desde que era una niña, y que murió en el hospital de Alcorcón mucho antes de lo debido, faltando a su palabra de volver por el Pilar.

Flor de azahar

 Febrero 2012

Zurbarán. 1633. Norton Simon Museum, Pasadena L.A.

La flor de azahar es la flor del naranjo, en especial la del naranjo amargo, bien abierta y fragante, recogida en primavera. Para que una flor desprenda su aroma la temperatura del aire ha de ser un poco alta. Por eso  las rosas apenas huelen al norte de París.

Las flores del naranjo amargo se van a las perfumerías, y las cortezas –mucho más ricas– a la cocina. Con esa piel, u otras de variedades próximas, hacen mermeladas los ingleses y aromatizan sus licores los franceses: Cointreau, Grand Meunier y, mucho antes que ellos, el Curaçao, ese mejunje de colores. La isla caribeña de Curaçao –donde se agriaban sin remedio los naranjos dulces llevados por los españoles– pertenece hoy a los Países Bajos. Un amigo de Rotterdam, arquitecto y especialista en “inteligencia artificial”, colocaba las mondas de naranja encima de la estufa eléctrica, y allí las dejaba hasta que casi empezaban a churruscarse. El olor a naranja –tan real, tan bueno– subía desde la estufa y se iba esparciendo pacíficamente entre sus ordenadores de última generación.

El naranjo amargo cubre las calles de Sevilla. El hecho de tener la copa compacta y de no crecer excesivamente lo convierte en un buen árbol de ciudad (al contrario que el anárquico y espinoso limonero), siempre y cuando el clima  le permita vivir sin sobresaltos. Un árbol coqueto, eternamente verde, perfecto para calles peatonales o algo apartadas del centro, y tan distinto de las enormes plataneras y sóforas de las calles de Madrid, destinadas a una vida incomparablemente más dura: frío, sequía, tráfico intenso, contaminación. (Y otras muchas cosas, que no son exclusivas de las grandes ciudades pero que el apiñamiento de gente, las prisas, la absoluta indiferencia, parecen hacer inevitables aquí: cubos de detergente vaciados día tras día en el alcorque –así he visto morirse yo algunos aligustres en mi barrio–, basuras de todos los colores y procedencias, golpetazos de las furgonetas aparcadas de cualquier manera sobre la acera…).

El bodegón de Zurbarán. Naranjas, limones, una rosa y una taza. Recuerdo imágenes de una película ambientada en los tiempos de la Gran Depresión: viajando en camionetas destartaladas con toda su familia, o caminando a pie y durmiendo por las cunetas, riadas de obreros en paro se dirigían a California, al Valle de Sacramento, para la recogida de la fruta. Melocotones primero, uvas después, y por fin las naranjas y limones. En un museo de la ciudad de Pasadena –pegada a Los Angeles– se expone el bodegón más bonito que uno pueda imaginar. Hoy a nadie le interesan gran cosa los grandilocuentes retratos de santos, adoraciones, martirios, que pintaba por encargo Francisco de Zurbarán hace trescientos cincuenta años. En los tiempos en que los españoles intentaban aclimatar naranjos en el Caribe (y tomates y patatas en España). Pero ese bodegón es otra cosa. Él, Zurbarán, se hubiera echado a reír de saber que es precisamente esa obra menor, tan frágil y tan hermosa, la que cualquiera de nosotros se llevaría a casa. En Pasadena está bien. A no muchos kilómetros del museo hay hectáreas y hectáreas de naranjos, limoneros, pomelos, mandarinos y, vaya usted a saber, a lo mejor en primavera llega hasta sus ventanas algo del aroma de las flores de azahar.

El ORO de LRO

Febrero 2012

Todos los “residuos verdes” de LRO son debidamente reciclados en la propia finca. Lo que se desbroza y se rastrilla. Los restos de las plantaciones. Los restos triturados de las podas. Residuos muy escogidos de la cocina (cáscaras de huevo machacadas, mondas de patata y cebolla, restos de fruta…). Y a todo esto se añaden las hojas secas y las siegas de césped que me voy trayendo de algunos jardines de confianza. El producto de esa descomposición (palabro cierto castellano, preferible a “compostaje”), es el mantillo (palabro preferible a “compost”, siempre que sus componentes sean estrictamente vegetales). Ese mantillo es oro puro: lo que mantiene fértil y bien estructurada la tierra año tras año. Sin agua no hay nada, de acuerdo. Pero sin ese mantillo tampoco.

Las “malas hierbas” (habría que hablar de ellas un día) se pueden echar también al montón, pero es de desear que no lleven semilla, es decir, es de desear que sean arrancadas o desbrozadas antes de que semillen. Las plantas y las frutas enfermas pueden mezclarse con lo demás, pero sólo si vamos a controlar bien todo el proceso, vigilando la temperatura en el centro del montón (así se eliminan esporas, huevos de insectos no deseados, etc). Si no es este el caso, si nuestro compostero es sólo un montón de resíduos variopintos más o menos olvidado en un rincón del jardín, entonces es más prudente retirar las plantas enfermas, bien quemándolas, bien metiéndolas en bolsas de plástico cerradas, como cualquier basura.

Aprendí a “compostar”, es decir, a acelerar la descomposición natural de la materia orgánica (que de todos modos iba a descomponerse, pero a otro ritmo) utilizando sobre todo este libro: Compost et paillage au jardin, de D. Pépin (Ed. Terre Vivante, 2003). Con ese punto de partida y la práctica de los últimos años, hemos acabado reduciendo el proceso a lo siguiente:

El triturado que no se usa como acolchado termina en el compostero.

1- Amontonar en capas sucesivas materiales “marrones” y “verdes”. Es marrón: lo duro, lo viejo, lo seco, lo rico en lignina, en carbono. Es verde: lo tierno, lo nuevo, lo fresco, lo rico en tejidos blandos, en nitrógeno. Es marrón, por ejemplo, una hoja seca o un puñado de serrín. Es verde una brizna de hierba o unos recortes de lechuga. Lo marrón da estructura al montón. Permite que corra el aire. Se descompone lentamente. Lo verde se apelmaza enseguida, se descompone en pocos días. Lo marrón enfría el “compost” , lo verde lo calienta. Lo marrón y lo verde deben ir mezclándose con cada nuevo aporte, y añadiendo de vez en cuando unas paladas de ceniza de la chimenea, unas hojas de ortiga y/o de consuelda el que tenga la suerte de tenerlas cerca… La calidad del producto final la determina la buena proporción de materiales de origen. La buena mezcla, como con el vino y como con todo. Por cierto: yo creo que los excrementos animales no valen, por muy controlada que tengamos su alimentación. En mi opinión, tardan en descomponerse y son una lata. (Otra cosa es usar el compostero de urinario, como hacen algunos diseñadores de retretes ultra modernos y fashion; hace años vi una exposición de arquitectura ecológica en Holanda en la que, entre otras cosas, enseñaban la torreta-compostero donde dizque había hecho aguas menores la reina Beatriz el día anterior, de paso que iba a la inauguración. Pero esto del váter-seco no es ninguna tontuna nórdica: es una forma inteligente de incorporar nuestra urea –nuestro nitrógeno excedente– al proceso de descomposición de la materia orgánica…).

2- Mantener una temperatura elevada en el centro del montón, para que las bacterias trabajen a buen ritmo, sobre todo en la primera fase del proceso. Por eso es bueno “encerrar” la materia orgánica (con unos palés, por ejemplo): así la altura del montón sube, no se desparrama todo por los lados, y se hace más presión en el centro. En invierno la descomposición se ralentiza. Aquí hemos puesto composteros un poco por todas partes (para no tener que andar trasegando la hierba y demás),  pero en las zonas donde hiela durante semanas tapamos el montón con sacos o con malla permeable. Pasada la primera fase –de descomposición rápida– la temperatura baja de forma natural. Al voltear entonces el compostero, materiales verdes que habían quedado en la periferia pasan al centro, y así vuelve a recalentarse un poco el montón. Si en la finca hubiera gallinas (en esta no), garantizo que irán a dormir a lo alto del compostero, encaramadas al palet y con el culo hacia dentro, para aprovechar el calorcillo.

3- Mantener un buen nivel de humedad, para que las lombrices trabajen contentas y para que lo “verde” no se seque. Hay que regar el compostero en verano. Cuando entre las capas de materia orgánica se vean una especie de hilos/filamentos blancos (hifas), eso quiere decir los hongos se están enseñoreando del montón, señal de que está demasiado seco.

4- Mantener una buena aireación. La descomposición corre a cargo de bacterias, hongos y una larga lista de invertebrados. Es decir, seres vivos. Es decir, seres que respiran, que necesitan oxígeno. El “compostaje” es una descomposición aerobia (en presencia de oxígeno); sin aire la descomposición también se produce, pero es otra historia (el producto final es diferente, se desprenden gases que pueden ser tóxicos, etc). Para mantener la aireación conviene voltear la mezcla cada cierto tiempo (con una buena horca).

En LRO seguimos estos principios al pie de la letra. Amontonar residuos orgánicos se ha convertido en una rutina, ya ni nos damos cuenta. No se tira nada, pero con todo y eso siempre echamos en falta no tener más. Nunca es suficiente. El “compost” –que deberíamos llamar tranquilamente mantillo, pues, excluyendo alguna que otra cáscara de huevo, y los propios invertebrados que se incorporan al montón, es enteramente vegetal– se utiliza sobre todo en las huertas, mezclado con el estiércol de las ovejas. En algunos composteros se siembran directamente cucurbitáceas, que tiran que da gusto verlas (véase “ABC del calabacín”). Pero cuando hay que preparar una “lasaña” también se echa mano de los composteros (véase “Lasaña vs. Deep bed”), o cuando se planta un árbol, o cuando hay que rellenar una maceta…

Rotaciones

Febrero 2012

Ando estos días dándole vueltas a la planificación de las cinco pequeñas huertas de LRO. Todavía no podemos preparar nuestros propios semilleros, lo que nos hace depender mucho de los proveedores de planta ecológica. Este año no se pondrán patatas, las compraremos en Lástras de Cuéllar, ni cebollas ni ajos, que nos traerá Diego de Villadelprado (colega agricultor, con su finca también certificada). Además de lo que hay en las huertas, muchas cucurbitáceas se siembran directamente en los composteros (calabazas, calabacín, melón) y por ello no se incluyen en la tabla. Hacia julio hacemos una segunda plantación de tomates y calabacín, para que haya producción en septiembre y octubre. Las tablas del 2010 y 2011 están coloreadas. Así se visualiza rápidamente la rotación, que es más una cuestión de sentido común que de principios estrictos e inamovibles (de hecho, la vamos adaptando de año en año): el naranja corresponde a cultivos «de fruto» (tomates, pimientos…); el amarillo pálido a los de «semilla» (leguminosas), el verde a los de «hoja» (lechuga, acelga…) y el azul a los tubérculos y bulbos (patata, cebolla…). Cuando las hortalizas del 2012 estén en la tierra, también colorearé la tabla correspondiente.