Este es el primer verso de un famoso poema de Emily Dickinson (1). Forma parte de uno mucho más largo titulado “Life” (Massachussets, hacia 1850), y vendría a decir esto: la esperanza es un pajaruco que canturrea ahí adentro sin que nadie ni nada pueda hacerle callar, por fuerte que arrecie el temporal, por desolada que esté la tierra (“and sweetest the gale is heard, and sore must be the storm…”).
En LRO la esperanza es literalmente una cosa con plumas. Esa cosa con plumas que asoma a veces en el balcón de este blog. Un abejaruco. Y como él, todos los pájaros que se marchan cuando empieza el frío. Ningún otro ser vivo puede representar mejor la esperanza: el deseo loco de que regresen también en el 2012, de que regresen de nuevo, un año y otro, a LRO.
En el poema de E. Dickinson la esperanza no es muy distinta de la fe. Dice que el pájaro nunca le pide nada a cambio de su balada, “siquiera una miga de pan” (“…yet, never in extremity/ it asked a crumb of me”). Pero en LRO la esperanza no es una cuestión de fe, inquebrantable y ciega, ni tampoco una metáfora. Está hecha de plumas de colores, de carne, de sangre caliente. De peligros. Nuestra esperanza es un pájaro de verdad, que a finales de septiembre, poco antes de empezar nosotros la vendimia, inicia con sus compañeros un larguísimo viaje hacia el sur, esquivando montañas y sobrevolando las dehesas (pero también las columnas de humo de las fábricas, los cables de alta tensión, las nubes de contaminación sobre las ciudades…), y todo para poder pasar el invierno en latitudes más cálidas, al otro lado de la cordillera del Atlas, más allá del ecuador y del trópico, en las mismísimas puertas de Ciudad del Cabo… En muchos de los lugares donde se detengan a reponer fuerzas se les recibirá como al resto de aves migratorias: a tiro limpio. A otros los vencerá el agotamiento. A otros, el hambre. O la desorientación. Pero los que sobrevivan a semejante odisea volverán sin duda en abril. Es así. El abejaruco de la foto ha visto con sus diminutos ojos rojizos el Cabo de Buena Esperanza.
Pido para el 2012 que todos esos pájaros regresen sanos y salvos en primavera. Si lo hacen, si LRO se llena de abejarucos en abril, eso significará que muchas cosas han ido bien por el camino y están empezando a ir mejor aquí (más flores, más insectos, más pájaros: más crías que viajarán por primera vez a África el próximo otoño).
(1) En realidad el verso original lleva artículo determinado: «Hope is the thing with feathers», porque continúa con «…that pearches in the soul, etc».
En LRO hay ranas comunes, sapos, y alguna que otra salamandra. Quizá haya más anfibios, no lo sé. Para descubrirlos tendría que tener tiempo. Elegir un día de primavera y quedarme petrificada con la cámara de fotos junto a la charca –como esa garza que llega cada mañana de invierno desde el pantano de San Juan, capaz de esperar durante horas, medio helada, hasta que ve asomar algo entre las hierbas y el lodo…–
La rana Gustavo cantaba esta canción en el programa de los Teleñecos: “It´s not easy bein´green –decía– porque es un color que no destaca, que se confunde con lo que hay alrededor. La gente pasa a tu lado sin verte. El verde no llama la atención, no es como el chisporroteo de las burbujas en el agua, o como las estrellas en el cielo… ¡cuánto mejor no sería ser de color rojo, amarillo, o dorado…!” Sin embargo, hacia la mitad de la canción la rana empezaba a cambiar de opinión: al fin y al cabo, reflexionaba, ser verde no está mal… el verde es el color de la primavera, es un color “grande como el océano, importante como una montaña, alto como un árbol”. Así que, vamos a ver “I´m green and that will be fine!, es un color precioso y es exactamente lo que yo quiero ser!”.
Desde los tiempos de la rana Gustavo –1970– se hicieron varias docenas de versiones. Frank Sinatra, Diana Ross, etc, etc. La que yo tengo en casa, la primera que conocí, y que me entusiasma, es la de Van Morrison. Leo además en google que la canción ha sido utilizada como bandera en diferentes batallas; por ejemplo, para reivindicar el orgullo de ser diferente (verde, negro, gay…), o para acompañar la lucha contra el cambio climático. Hay una página web de «diseño ecológico» que utiliza el título de la canción como dominio, y hasta en una sección de la BBC dedicada a temas medioambientales se echa mano del mismo estribillo.
De vuelta a LRO, yo quisiera poner otra vez la canción en boca de una rana, ésta de la foto, una rana común (Rana perezi) que toma el sol pacíficamente en el borde de la alberca. ¿Saben ustedes que, de acuerdo con el Libro Rojo de los Anfibios y Reptiles de España, elaborado en 2002 por el Ministerio de Medio Ambiente y último registro oficial, el 62.5% de nuestros anfibios está en peligro?. Un 32% “en peligro de extinción”, así como suena. Y el resto en situación crítica o vulnerable. Y han pasado ya diez años (¡y qué diez años!) desde que se hizo el cálculo. Los datos para el resto del planeta son iguales o peores, y sólo los grandes mamíferos están todavía más amenazados que los anfibios.
La razón número uno: destrucción del hábitat por presión urbanística, sobreexplotación agraria y contaminación. No hace falta tener estudios para saberlo; los seres humanos somos muchos y no dejamos sitio a los demás. Hablemos sólo de lo que tenemos aquí. Urbanizaciones con segundas residencias donde Jesucristo perdió el mechero, cientos de polígonos industriales, centros comerciales, de oficinas y «de ocio», muchos de los cuales, a día de hoy, no son más que cementerios en medio de la nada, infraestructuras absurdas y megalómanas donde sólo debería haber árboles… Y los animales pagan la factura, en especial los más frágiles y dependientes: anfibios, reptiles, pájaros. Se mueren en silencio y ya está. Se mueren, simplemente. Para que nosotros podamos comprar más y mejor, o llegar a nuestra segunda residencia diez minutos antes, ellos se quedan sin sus lugares de cría, o se ven condenados a morir atropellados cada primavera, cuando sus genes les ordenan iniciar la migración hacia una nueva charca…El cambio climático es la siguiente causa de mortandad, directamente conectada a la primera. La piel de los anfibios es extremadamente delicada; las sequías continuadas y el aumento de la radiación ultravioleta los debilita –al parecer, llega incluso a romper las cadenas de ADN, causa de terribles malformaciones en las larvas–, y los hace más vulnerables a una enfermedad (un hongo) que lleva años diezmando las poblaciones de anfibios en todo el planeta, especialmente en los trópicos, donde se hallaban hasta hace poco los anfibios más diversos y espectaculares que uno pudiera imaginar… como esta ranita dorada de Panamá, por ejemplo, que se ha ido extinguiendo silenciosamente, sin chistar, al igual que tantísimos otros animales de las selvas húmedas de Centroamérica.
En España las ranas comunes van saliendo adelante porque se adaptan a todo. Un simple charco estacional. Una balsa para regadío. Un corredor de puntos de agua como el que hemos ido construyendo en LRO. La salamandra, sin embargo, en algunas zonas de la Península donde era abundante ha entrado ya en la clasificación “EN” (peligro inminente de extinción, “si no lo está ya”, añadía en 2002 el autor del correspondiente artículo en El Libro Rojo, p.57). Yo las fotografié (malamente) hace tres años, en el manantial de la higuera. No he vuelto a verlas desde entonces, pero es cierto que tampoco me he puesto seriamente a buscarlas (y quizá sea mejor para ellas así, que no ande pisoteando mucho por esa zona). A los sapos les dedicaré una entrada más adelante. También ellos parecen ir trampeando y buscándose la vida, al menos en LRO.
Por lo demás, los datos son tan tristes y contundentes que cuesta trabajo no desesperarse. No, no es nada fácil ser verde en estos tiempos. Cada vez que me traiga un anfibio a este blog añadiré un enlace a una versión diferente de la canción que compuso Joe Raposo para la rana Gustavo, el “reportero más dicharachero” de Barrio Sésamo. La versión de hoy es la original, y se la vamos a dedicar a la ranita dorada de Panamá.
Al escribir hace unos días la historia de mis pobres coles recordé la serie fotográfica que les había hecho a los saltamontes azules (Oedipoda caerulescens). Se reconocen fácilmente por las franjas negras y blancas. Pero todavía es más fácil identificarlos cuando se va mirando al suelo por los caminos desbrozados, pensando en otra cosa… Entonces, de repente, empiezan a cruzarse por delante una especie de parpadeos azules, que se dirían ícaros, o nazarenos, esas pequeñas mariposas azulinas que los franceses llaman «petits bleus». Pero no son mariposas. Son los saltamontes azules que se comen las judías y las coles. Son ellos, los que cuando brincan despliegan una membrana azul en las patas traseras. Y son muchos. Pero basta con proteger con manguitos las hortalizas recién puestas para que ellos desistan y se marchen saltando en otra dirección, siempre con ese abrir y cerrar inesperado de la bandera azul, ¡clic-clac!, tanto más efectivo cuanto que el saltamontes era hasta ese momento invisible (de bien mimetizado que estaba con la tierra). Lo que consigue con esos chispazos azules es aturullar unos segundos a cualquier posible depredador que ande cerca (una mantis, una lagartija, un alcaudón, un monstruo vociferante de dos patas que se acerca con cámara de fotos…).
Las zigenas de 6 puntos, zigenas comunes, son polillas diurnas habituales en La Rama de Oro. Leo en la guía de M. Chinery: “abundante en zonas herbosas y con flores entre mayo y agosto; intensamente atraída por las flores de la centaura negra y la escabiosa”. Escabiosas las hay a miles, y también centaureas, mezcladas con eringios y diferentes gramíneas anuales. La oruga se alimenta de leguminosas silvestres. Aquí, donde se sacó la foto, muy cerca del cauce de aguas pluviales, abundan en primavera el meliloto, diversas vezas que no he identificado aún, y la alfalfa, esta última –vivaz y muy resistente, que se mantiene en flor hasta bien entrado el verano– fue sembrada con avena en marzo del 2007. Casi cinco años después de comprar la finca, estos son algunos resultados concretos de las decisiones que tomamos al llegar: no volver a arar (esa siembra de “abonos verdes” fue, de hecho, la última vez) y segar con tiento, poco a poco, dejando siempre islotes y franjas sin tocar. La primera foto es del 2009. La segunda es de hace un mes, en lo alto de unas judías ‘Helda’, sembradas en esa misma zona. Es decir, que estas de hoy podrían ser, quizá, ¿las nietas de las que se apareaban tranquilamente hace dos años?.
Cuando vi el apareamiento de dos mariposas arlequín no llevaba la cámara encima. Era a principios de mayo y se había levantado un fuerte viento. Ellas estaban acopladas la una a la otra sobre una hoja de fresa, a punto de dejarse vencer por las ráfagas de aire. Así que me acuclillé a barlovento, haciendo un parapeto con mi propio cuerpo para que terminaran en paz lo que habían comenzado, y les saqué una foto muy mala con el teléfono móvil. Tardé ¡dos meses! en encontrar la planta de aristoloquia de la que se nutren sus orugas. En el libro que consulté no había una segunda posibilidad: la oruga de arlequín sólo se alimenta de aristoloquias. Encontré la planta no muy lejos del fresal donde se apareaban los adultos. No muy lejos pero bien escondida, entre dos rocas enormes que incluso en pleno verano conservan fresca la tierra en su base. Iba a plantar allí unos calabacines, por eso encontré la planta. No llegué a ver las orugas. Dejé que ese rincón se llenara de hierbas y ya no volví. En este punto, como cuando cuento la cópula acrobática de las libélulas, simplemente hay que creérselo: un puñado de orugas de mariposa arlequín han engordado y pupado esta primavera en ese rincón húmedo donde iba a poner yo los calabacines. Con un poco de suerte la próxima primavera se dejará ver su descendencia, y con un poco más de suerte todavía, fotografiar.
Y muy en particular en las gigantescas angélicas que crecen en la orilla. Hay docenas y docenas de escarabajos y chinches apareándose. No tengo mucho tiempo para hacerles fotos; las que he traído aquí no pueden dar cuenta, ni de lejos, del bullicio de cópulas y cortejos que yo veo al pasar. Nada parece molestarles. No se distraen ni cuando una chinche asesina (Rhinocoris) se pone a cazar y a masticar tranquilamente, allí mismo, a uno de sus congéneres. Muy cerca, en la parte alta de una Hierba de San Pedro (Scrofularia) he visto apareamientos de libélulas, formando lazos en el aire, como acróbatas. Pero las fotos que les hice son de mala calidad, apenas se adivina el enredo…Y he escuchado durante ¿dos, tres meses? los ladridos de las ranas en celo, tan potentes que te parece seguir escuchándolos cuando ya estás en casa.
Cantáridas (o “coraceros”) de diferentes colores. Una rama más allá, parejas de Griphosoma (uno de ellos, sin perder la concentración, mordisquea la ramita de angélica…).
Rhinocoris, “chinche asesina”. Detrás, la cantárida que se ha salvado se va a buscar nueva pareja. La encontrará enseguida y continuará lo que interrumpió la chinche asesina. Las cantáridas, por otra parte, son ellas mismas depredadoras (quizá por eso se toman estos cambios de pareja con tanta naturalidad…).