Turberas en Canadá

Cuando los viajes (2005).

Turberas en Gros Morne, Terranova; en la isla de Cape Breton, al sur; y también en Kouchibouguac, ya en tierra firme (Nueva Brunswick). (1)

Colchones de musgo y juncos reblandecidos por la nieve, que en las depresiones más hondas, según nos informa el folleto del Parque, llegan a los cuatro metros de espesor o, lo que es lo mismo, a los 8.000 años de antigüedad: ocho mil años uno tras otro, a lo largo de los cuales se han ido acumulando restos vegetales que, al no poder descomponerse -demasiado frío, humedad, acidez- se fosilizaron, se siguen fosilizando y hundiendo, hoy, ahora, haciéndose turba, cobijando una flora alucinante de plantas carnívoras -rosolís, que crecen sobre el musgo; y en la libreta anoto también: “sarracenias escarlata en roseta”- y dejando que anide en sus muelles hondonadas el Grand Chevalier, un archibebe de patas amarillas, como nuestras garcetas.
Las turberas alternan con ciénagas y montículos de gramíneas secas -aún es mayo, que en Canadá, deducimos, viene a ser como nuestros primeros días de marzo- y en sus orillas con bosques de alerces, achaparrados y densos, acompañados de ericáceas arbustivas (kalmias de hoja estrecha,por ejemplo, primas hermanas de nuestro madroño local). Los alisos aparecen después; y en la zona más alta, los abedules y coníferas, siempre las mismas: píceas negras y abetos balsámicos. Tuckamore, llaman por aquí a esas masas de arbustos y árboles cuando el viento huracanado las doblega (literamente)
Oímos, pero no vemos, a los pájaros del tuckamore. Sí vimos un grévol, para compensar, en el corazón del bosque de píceas, bien protegido del viento; un grévol macho, que se pavoneaba todo chulo en medio del sendero. Amelanchieres, arándanos, sauces, cornejos. Cieno por todas partes, como corresponde al mes de mayo.
Y luego, los alces. Salimos a la carretera -un Pontiac Gran Prix alquilado, con cambio automático- y ahí están enseguida, ramoneando de buena mañana los brotes de los abedules.

(…) Desplazándonos hacia el oeste el francés se hace frecuente. Las banderas tricolores en la puertas. Hasta unas virgencitas de escayola, con su manto azul, cobijadas en una especie de concha blanca. Poco tráfico y menos gente. Solo nos cruzamos trailers de compañías madereras. Camionetas Dodge- Chevrolet, Chryslers destartalados del año del rey Perico. Paramos en los “Convenience” a comprar de comer. Manzanas Granny Smith, “produce of USA”. El café que no es café, pero que calienta más o menos el cuerpo. Las salchichas hervidas y los huevos revueltos (*no comeremos en condiciones hasta Lunenburg, al sur de Halifax, en un B&B de sofás tapizados, alfombras, fotos enmarcadas, libros en las estanterías… una Europa en miniatura que, tras diez días en la carretera, agradecimos hasta las lágrimas). Durante kilómetros no vemos a nadie. Casas de madera de aspecto humilde. Masas de zumaques blancos, ¡tan parecidos a los nuestros! Tejones atropellados. Más alces. Vamos escuchando Radio Canadá y la emisora local de Cheticamp: música folk, canciones que dicen cosas como “Y en a du monde, ça grouille ici!…”

(…)“Acadian Lines” anuncia por megafonía la salida de sus autobuses. Al final de la retahíla de destinos añade “and beyond”, que la misma voz traduce, cansadamente, por “et les autres points plus à l´ouest”. Allí nos dirigimos todos.

(…) La libreta de notas (Viajes/2005) está llena de datos geográficos, horarios de autobuses, precios. Selecciono solo esta anotación, para terminar la primera parte del viaje:
“En Bouctouche, media hora de intimidad con una garza azul…” (2)
Y rápido resumen del resto. Fuimos en el Pontiac hasta la isla del príncipe Eduardo, donde solo vimos campos de patatas, tierra roja recién arada, viento desatado, sin árboles para frenarlo, que hacía volar por los aires la chapa de los establos y las dichosas green gables (3), pero donde nos acogió para pasar la noche Lora, ¡Lora!, cuando ya creíamos que habría que dormir en el coche, porque todos los inn estaban cerrados (la “temporada” empezaba en junio; por lo demás, en 2005 yo todavía anotaba en la libreta: “No hemos podido llamar por teléfono a España. Las cabinas no aceptan más que monedas de 10 ó 25 céntimos y no encontramos dónde cambiar…”). Lora estaba ayudando a su hijo con los deberes cuando escuchó el timbre. Su marido, miembro de la Policia Montada (foto a caballo en el hall), tenía guardia esa noche. Estaban solos. El viento soplaba con furia, ya había salido la luna. Ni siquiera recuerdo que hubiera farolas. Pero Lora nos abrió al momento. Nos preparó una cama y nos dio de cenar sin preguntarnos ni quiénes éramos ni cómo ni dónde ni por qué…. Unas semanas después le hicimos llegar desde España unos pendientes de plata y azabache, muy sencillos, comprados en una tienda para turistas en la Plaza del Obradoiro. Guardo su carta de agradecimiento como un tesoro: nunca, never -nos escribió Lora- me habían regalado nada así.

(…) Resumen rápido… Cruzamos la bahía en el tren Halifax/Montreal, al que nos subimos en Moncton. Vimos bosques de cadufolios. Los grandes arces, las hayas americanas. Pero ya era otro paisaje, más dulce y reconocible, como los huevos “Benedicte” de aquel B&B de Lunenburg.

NOTAS
(1) Parques Nacionales en Canadá, del lado del Atlántico
(2) Egretta caerulea. Solo en América. La foto es de la wiki.
(3) Ana la de Tejas Verdes (L.M. Montgomery, 1908). La novela transcurre aquí.

Comer en los Uffizi

La serie empezó el pasado domingo, con el chef Fabio Picchi preparando en directo un plato inspirado en el Niño con cesta de pescados de Giacomo Ceruti (il Pitocchetto). Otros chefs italianos han elegido ya plato/cuadro. Confirmados para los próximos domingos un live en la cocina con dos bodegones de Jacopo Chimenti (Despensa con barril, caza, carne y vajilla, seguido de una Natura morta) y uno de Giorgio de Chiricco pintado en 1930, cuando cansado (o saciado, o solo aburrido hasta el infinito) de sus propias lucubraciones surrealistas, se pasó tan tranquilo a la pintura de paisajes y bodegones clásicos, como ese Pimientos y uvas (en el Palazzo Pitti) a partir del cual elaborará su plato el chef Marco Stabile.

https://www.abc.es/cultura/arte/abci-grandes-chefs-italianos-convierten-recetas-cuadros-galeria-uffizi-202101180039_noticia.html
https://www.lavanguardia.com/comer/tendencias/20210121/6184801/uffizi.html

Las acelgas resisten el frío

Nueve días después de la nevada. Nueve días bajo una capa de 40 centímetros de nieve. Se plantaron en otoño (última plantación del 2020; un poco tarde de más, pero es que aquí los veranos son eternos!). En cuanto salga el primer rayo de sol primaveral pegarán el estirón, y estarán hermosas hasta mayo/ junio, momento en que el calor provocará su floración (se «espigarán»), como es de justicia. Habrán cumplido de sobra. No son la verdura más rica de la huerta, pienso yo, pero reemplazan gallardamente a las lechugas cuando el frío se nos echa encima (o a las espinacas, si no las hay; éstas también resisten el frío pero, a diferencia de las acelgas, son de ciclo muy corto; ya se sembrarán, si eso, en cuanto el deshielo se complete). Después, en ese mismo bancal, se podrán sembrar unas judías.

La nieve en las cepas

Jueves. El deshielo avanza. Hace 48 horas la viña era todavía un llano de espuma. Al helarse todo después de la nevada (lunes 11, madrugada del martes) en la espuma se marcaron unas ondulaciones, una especie de burbujas sólidas. Durante dos días los perros han corrido por encima de las cepas como lo hubieran hecho por una playa, saltando sobre los montículos de arena que forman las raíces de los barrones.
A las siete de la mañana de hoy viernes, sin luna, sin linterna, sin móvil, les pude sacar a pasear por el campo. Tanta luz hay aún por todas partes.

No tengo experiencia con la nieve. Sin embargo, en su día me enseñaron que lo peor no era la nieve sino el hielo; que los daños de la nieve eran sobre todo mecánicos -ramas rotas, árboles enteros vencidos por peso-, y que los efectos del hielo son distintos según cómo llegue. Que si el hielo llega de golpe no hay nada que hacer: el agua intracelular cristaliza y los tejidos se rompen; pero si va llegando poco a poco, a lo largo de varias horas (no sé si «varias madrugadas»), entonces los cristales se forman primero en los espacios intercelulares, lo que provoca un vaciamiento del agua del interior de la célula, que, así vaciada y endurecida, queda a salvo por unas horas (no sé si «por unos días»; en todo caso, aquí las temperaturas diurnas han estado toda la semana por encima de cero, aunque algún día no pasaran de 1º- 2º, máx.). La secuencia se repite en sentido inverso con el deshielo. Si es de un día para otro, la célula, sin tiempo para reabsorber el agua, morirá por deshidratación.

Ramas rotas aparte, aún es pronto para saber cómo va a quedar esto. No todas las especies resisten de la misma manera (en el jardín el destrozo está garantizado; todas las vivaces un poco tiernas habrán muerto). Ha de avanzar el deshielo, que lo hace, y a todo trapo desde ayer. Pero hay al menos dos cosas seguras. Una, que durante muchos días el ruido de las motosierras seguirá al silencio absoluto, lunar, del pasado fin de semana. Dos, que la nieve entrará en la tierra y nos hará el verano más llevadero.

Sobre las fotos. En el campo de detrás de casa, las cepas que ya están podadas corren mucho más peligro que las no podadas (*en LRO no se empieza a podar hasta mediados o finales de febrero, como pronto). Cuando el sarmiento está podado la nieve entra en el corte, se congela, se expande y el tejido se rompe. Al menos el de la primera yema, puede que de la segunda. Si se ha podado en pulgares, solo quedarán para brotar las yemas basales: poca fruta o ninguna (pero brote muy vigoroso para el 2022).

Sopa de almendras

Once de enero de 2020. Ramas rotas de los almendros, con las yemas ya bien afiladas, a punto de caramelo. Florecerán incluso caídas sobre la nieve. Después vendrán las motosierras. Después, las hogueras (ramas, ramillas, lo que no se pueda picar y apilar).

Tenemos almendras de LRO almacenadas en sacos de yute desde hace años. En la bodega, secas y al fresco, debajo de las barricas, se conservan como recién cogidas. Los sacos se van rellenando rutinariamente año tras año, sin diferenciar unas almendras de otras.
En esta especie de ficha fotográfica no incluyo el artilugio para cascar las almendras. Otro día. Lo importante hoy es comer caliente.

Ingredientes: 200 gramos de almendras de LRO, un caldo de pollo, cuatro huevos cocidos, nata.
.1. A las almendras ya sin cáscara hay que quitarles la «piel» (tegumento que envuelve la semilla). Un escaldado de menos de un minuto llega para reblandecerla. 2. Cuando enfríen un poco, la piel se quita a pellizcos. 3. Se secan las almendras en el horno/microondas. 4. Bien secas, se muelen. 5. Se separan las claras de las yemas. 6. La almendra se mezcla con un poco (unas cucharadas, dos o tres) del caldo de pollo caliente, y con las yemas. Se hace una pasta, usando la batidora. Las claras se pican aparte; pueden añadirse después, al servir. 7. Todo a cocer, con la nata y el caldo. Pimienta negra y sal. Si el caldo es casero, se pica un poco del pollo cocido por encima.
Para acompañar, garnacha de la D.O. Vinos de Madrid.

Las últimas vacaciones (y 3)

Hoy colinas y viñedos, abetales, rulos de hierba seca; ayer, terruño de una herejía novelesca. “Pais cátaro” es el nombre actual, turístico, de lo que antes era solo el Languedoc, capital Toulouse/Tolosa. Se puede pasear sin saberlo; sin saber nada de los Perfectos y Perfectas cátaros (y cátaras), ni de esto ni ninguna otra cosa; pero el paseo se explica mejor sabiéndolo: esas ruinas que coronan el monte Pog fueron en su día el castillo de Motsegur; los condes de Tolosa eran súbditos de la corona de Aragón (no del rey Capeto); los Pirineos poco o nada contaban…La piedra es caliza, porosa; en ella anidan las golondrinas (año tras año las mismas parejas, en el mismo hueco; más las nuevas, que se habrán de buscar el suyo). Ya era así en el siglo XIII. Y antes, miles de años antes, en las paredes de los barrancos.
Pasamos al Rosellón. Las carreteras son como nuestras nacionales de hace veinte años; estrechas y con poco tráfico (la apuesta -deducimos- ha sido el tren; la alta velocidad). Perpignan. Prolongación discreta, pero perceptible, de lo que ya hemos visto por las calles de la Seo y Puigcerdá. También estos se esfuerzan por ser ser distintos. Un solo pueblo de este lado y del otro (los Pirineos, otra vez, poco o nada cuentan), ni francés ni español. Una estética próxima, que combina alto nivel adquisitivo y alarde cultural, siempre en la misma dirección: arte contemporáneo + localismos. Los trabajadores magrebíes van a lo suyo; un solo pueblo –encore!-, en sus barrios, sus mezquitas/garajes, sus tabucos de dulces y comida rápida (que aprovechamos para comprar). Y después, ya en el centro, las banderas. Y las exposiciones, y más actos culturales que se anuncian en los folletos. En el museo Hyacinthe Rigaud los carteles de los cuadros informan tranquilamente al público: Picasso nació en Málaga (España) pero Julio González en Barcelona (Cataluña). Se nos explica la Retirada: el éxodo de republicanos «españoles y catalanes». En la billeterie online las opciones son dos: o francés o catalán… y todas estas cosas -estas conjunciones, estos paréntesis calculados- tienen la importancia que el visitante/contribuyente (pues se financia con fondos de la UE) quiera o no quiera darles. También la que le quiera dar el Ministerio de Cultura francés, otro patrocinador, que en este caso sí debe de dársela, entendemos, porque la cartela de Hyacinthe Rigaud, v.gr., nos informa de que era paisano de Perpignan (Francia) y no de Perpignan (Roussillon). (Da mucha pereza todo esto, y más a la hora de comer, pero lo hacemos: pedimos el Libro de Visitas y tratamos de escribir una educada protesta en francés, sin demasiadas faltas de ortografía.)



En la “costa bermeja” visitamos la playa donde se hacinaron los refugiados republicanos en el 39. Argelès-sur-mer. Hay una placa conmemorativa en la parte alta. Flores de plástico y una bandera tricolor comida por el salitre. Junto a la carretera, fruterías (compramos melocotones para después del baño). Riadas de coches, de bicis, de motos. Hoteles aparatosos. Parques para niños. Parkings privados. Un largo pinar protegiendo el pueblo, que nos saltamos sin más.
En Collioure ni entramos, tal es la aglomeración de turistas. De Banyul, de los vinos sabrosos de la zona, dulces y semisecos, ya está recogido lo esencial aquí (párrafo del 16 julio):https://laramadeoro.wordpress.com/wp-admin/post.php?post=6496&action=edit

Cadaqués. Más de lo mismo. Más los yates. Masas de gente comiendo en las terrazas de la marina, que una tropa de camareros atiende ágilmente, sin un instante para respirar, cubiertos los pisos superiores del restaurante, de lado a lado, con esteladas y carteles reclamando LIBERTAD. Vemos pasar bandejas con bogavantes, fragantes cazuelas de suquet (ricos pescados de roca; en la costa coruñesa mi padre habría levantado un sargo, un congrio… ¿aquí?), pringosos chuletones que -estos sí- son los mismos en todas partes, arroces coloridos… Un grupo de nativos baila la sardana en la plaza, al son de una orquestina, mientras los turistas se pelean a empellones por llegar a primera fila, para grabar el baile con sus smartphones.
Nos instalamos muy malamente en el camping. Todo está a tope. Un señor de rastas hasta la cintura, que nos atiende procurando hablar lo mínimo (y en inglés), nos cobra cuarenta euros por nada. Es decir, por permitirnos hacer el perro flauta esa noche, la tienda sobre un suelo de grava, bajo un pino que huele a orines… Pero el mar es perfecto: todo lo borra, todo lo perdona. Una gata preñada, a punto de caramelo, se acurruca al pie de la barrera del camping. No da el presupuesto para cenar en los caros restaurantes del centro, de modo que hacemos algo de compra en un súper y cenamos en la tienda. Antes de acostarnos damos un paseo. Una plantación de olivos de variedad arbequina (muy compactos, las aceitunas como canicas), separa el parking de los caminos que bajan al mar. Jabatos nacidos esta primavera, seis o siete, cruzan apresurados entre los coches, en hilera apretada detrás de su madre.

En la playa Rubina de Roses pueden entrar perros. Ceibe corre por la orilla pero el mar le da miedo, o frío, o las dos cosas. Cucurucho de helado en el chiringuito de unos gitanos, bajo dos enormes banderas, como sábanas de cama grande, que casi no dejan ver la playa: una española y otra francesa

En Gerona nada que no esperáramos (o sí: la silla de Juego de Tronos expuesta en el hall de un gran hotel; turistas de todo el planeta haciendo cola para hacerse una foto ahí sentados). Ya conocíamos la ciudad; su precioso casco antiguo, de calles estrechas, balcones con cortinas de hiedra o gitanillas (donde hoy banderas y pancartas); el quincunx de plátanos de sombra de la Devesa; los parques donde -hace años ya- aprendí a plantar Liriopes y Ophiopogon en macizos recrecidos a la sombra de cualquier árbol, pues la resisten sin arrugarse; el río y los puentes, las judías con butifarra y la D.O. Empordà… Pero no es posible ni terminar el paseo. ¿Hacer como que nada pasa? No. Compra rápida en un súper (chiscón regentado por un paquistaní) y adieu.
Por fin Tarragona, objetivo y justificación del viaje. Campeonatos Nacionales de Natación, categoría alevines, donde participa mi sobrino de 14 años, medalla de oro en los campeonatos gallegos (su especialidad: 400 estilos). Por unas horas tenemos la impresión, muy grata, de estar en Valencia. Cenamos estupendamente en la Rambla Nova (tan estupendamente que después la noche se hará larga, entre el calor, los mosquitos y la resaca). Descansamos la vista en el mar, paseamos por el anfiteatro y la ciudad vieja. Prometemos volver en cuanto reabran el Arqueológico.

En el regreso a Madrid, cuando ya no lo esperábamos, este hallazgo: Calatayud. Cruzamos calles de color tierra, color turrón, café con leche, ámbar, arena, a cada cual más decrépita, más hermosa. Todo parece a punto de caerse -un soplo, un estornudo-… pero qué va. Dos guías voluntarios de la Asociación Torre Albarrana, dos apasionados de los que ya no quedan, nos enseñan con detenimiento la colegiata de Santa María. La torre que fue alminar y que en realidad son dos, dos torres de planta octogonal, una dentro de otra; los sucesivos recrecimientos de la torre, con la correspondiente subida del cuerpo de campanas… Memoria histórica, pues, grabada en piedra y ladrillo. Todo nos gusta. La colonia de murciélagos que cría en la torre (el olor, fortísimo, por el que se disculpan innecesariamente los guías), la exposición de muebles y reliquias, las viejas historias, los prados que se ven desde lo alto, visitados por los murciélagos cada noche, mejor dicho, cada crepúsculo, a esa hora entre chien et loup/ entre lusco e fusco, en busca de escarabajos y saltamontes rezagados.. En la Plaza de San Francisco hay una vinoteca extraordinaria (https://www.facebook.com/Vinos-y-licores-Ciria-473655486153561/). Qué placer hablar largo y tendido con la señora que nos atiende. Cargamos rosados y tinto de la zona. Nos informa de que hay un bus turístico que recorre las viñas y se detiene en algunas bodegas. De esta vez no da tiempo -la parada no estaba prevista- pero volveremos. (Subrayado en la libreta: «bus de la garnacha» , «bús del mudéjar») . Compramos frutas escarchadas, ça va de soi. Y dormimos del tirón, por fin, en una cama como dios manda.