Arar o No arar

A mis vecinos les parece una extravagancia que deje crecer las hierbas entre las viñas, bajo los olivos, en el espacio entre huerta y huerta.  Aquí siempre se ha arado, me dicen, y no una, sino varias veces al año. Se ara en primavera (al salir del invierno: desde el momento mismo en que la tierra deja de estar empapada) para que no crezcan las hierbas, y se sigue arando en verano “para romper la costra”. En otoño y en invierno se ara cuando se puede, “para que entre el agua”. Aran de forma rutinaria, incluso donde no hay nada sembrado ni previsión de que vaya a haberlo. Aran y aran “para que todo esté bien limpio”.

Algunas de las razones que alegan son importantes:

  1. Las hierbas, que para mis vecinos son siempre “malas hierbas”, compiten por el agua y los nutrientes.
  2. En verano, secas, son altamente inflamables.
  3. Lo de “romper la costra para que la cepa respire”, sin embargo, no logro entenderlo ni siquiera cuando trato de adoptar su punto de vista: abriendo surcos en la tierra reseca sólo se consigue que la escasa, escasísima humedad acumulada a cierta profundidad se pierda antes; donde no hay posibilidad de regar, en una tierra de secano casi total durante meses, ¿no es más lo que se pierde que lo que se gana?.
  4. En otoño y en invierno el problema puede ser el exceso de arado. Una vez podría bastar, creo yo, “para que la tierra se cargue bien de agua”. Pero todos los años veo que muchos aran dos y hasta tres veces entre la vendimia, en octubre, y la poda, a finales de febrero. Con la tierra removida y pocas o ninguna raíces para sostenerla, la lluvia abre grietas profundas allí donde la pendiente es un poco pronunciada. Las grietas se convierten en cárcavas. Y en algunos rincones, con el paso de los años, esas cárcavas acaban dejando ver el hueso: la roca madre que aflora. Así que el cuarto argumento tampoco me convence, al menos no completamente.

Esas son las razones por las que mis vecinos aran. Pienso que hay además una razón de fondo de la que no son del todo conscientes. Les gusta ver la tierra desnuda. Es una imagen que les tranquiliza. Las “malas hierbas”, como las zarzas enmarañadas, la charca llena de lodo o la copa sin podar de un olivo, les causa desasosiego. O eso me parece percibir a mí cuando converso con ellos. Una viña intransitable, con las calles invadidas por las alijonjeras y los hipéricos, para mis vecinos es un escándalo. Una muestra de desidia, de completa dejadez.

El cultivador.

Cuando dicen “arar” en realidad casi nunca (quizá nunca) se refieren a pasar el arado, sino a pasar un cultivador de “golondrinas” (varios dientes de hierro atornillados a un bastidor; rompen la tierra pero no la voltean). El cultivador es menos agresivo que el arado, pero tanto uno como otro, en cualquier caso, alteran la capa fértil (los 30 primeros centímetros), donde se encuentra la microfauna encargada de descomponer la materia orgánica y mantener vivo el suelo. El daño es enorme. Y también el que se hace a las raíces superficiales de las viñas. Y a la miríada de invertebrados que encuentran abrigo y alimento en esos herbazales, y que tienen un papel insustituible en la “lucha biológica” contra las plagas. Por eso hay que estar muy seguro de lo que se va a conseguir arando antes de hacerlo. Tiene que compensar. ¿Compensa realmente?.  Lo que se ha destruido no se va a recuperar después en dos-tres horas (el tiempo que lleva arar el viñedo de La Rama de Oro).

La extensión arada “hasta siete veces al año” (así me lo aseguraron, literalmente, para hacerme ver el valor de lo que me vendían). La foto es de finales de octubre.

Ese mismo lugar de la finca un mes más tarde, después de las primeras lluvias.

Escuchando a unos y leyendo a otros he llegado a la conclusión de que, según sea la tierra, el clima y el tipo de cultivo, podría no ararse en absoluto o ararse, todo lo más, una o dos veces al año, justo antes de las últimas lluvias (lo que es difícil de prever…). Más de eso, pienso que nunca compensa. Hablo de los cultivos leñosos, y de todos los espacios donde no se vaya a sembrar ni plantar nada. Pero incluso en una huerta la práctica de arrancar hierbas (en este caso, con la azada) me parece a veces un poco obsesiva. Es bueno que haya hierbas, muchas y muy variadas hierbas, en todos los rincones donde no compitan con los tomates o las patatas; que no haya hierbas en los caballones, desde luego, pero ¿por qué no ha de haberlas todo alrededor, y lo más cerca posible?.

En La Rama de Oro, en especial en las terrazas donde hay cepas, la tierra es arcillosa. Entre el invierno y la primavera caen unos 450 litros de lluvia al año.

Hemos escogido no volver a arar.

En tres años la finca se ha llenado de saltamontes, mariposas, escarabajos. Y claro: también de abejarucos, de tórtolas, de alcaudones, de sapos y todo tipo de reptiles… Hacia mediados de junio el campo empieza a agostarse. Muchos invertebrados terminan por entonces su ciclo reproductivo, y es en ese preciso momento cuando hay que empezar a desbrozar. Sin descanso. En un mes no deberían quedar más que islotes marginales, pequeños refugios dispersos aquí y allá.

Si el riesgo de incendios no fuera tan elevado (la segunda razón que alegaban mis vecinos), creo que sólo desbrozaría los caminos y entre las viñas (por razones que luego explicaré). Dejaría el campo entero a su aire, y que la sucesión de especies vegetales siguiera su curso sin mi intromisión (que, al desbrozar, siempre favorecerá a las especies de menor altura).

En cuanto a la primera razón que daban para arar, la de la competencia entre hierbas y cultivos, es verdad que en primavera no la he evitado. Pero es que esta tierra  es suficientemente húmeda y está, además, orientada al Norte. La humedad no le viene sólo de la lluvia, que desde luego no es tanta. Le viene de la alberca y de la charca de la parte alta de la finca. Durante muchos meses el agua sobra. La competencia primaveral entre hierbas y cultivos, aquí, no es un argumento convincente.  Y  si no lo es en primavera, tanto menos lo será en verano, cuando las hierbas se agostan.

Utilizo una Stihl 130. No pesa mucho y consume relativamente poco combustible. El ideal, en una finca tan grande, sería una desbrozadora de las de ir cómodamente sentado. O no. En realidad, no. El verdadero ideal, si todo fuera más sencillo, si no existiera la pesadilla del fuego, sería pasar una guadaña entre las viñas y por los caminos. Sin prisas. Sólo entre las viñas y por los caminos. Y con eso bastaría.

En el mundo real de La Rama de Oro he de pasar incluso una segunda vez la desbrozadora, porque las hierbas están muy altas y quiero triturar bien la paja seca (se descompondrá antes). A veces veo con mis propios ojos cómo el hilo de la desbrozadora parte por la mitad a un saltamontes, o pone en fuga a una legión de chinches… En pleno verano, cuando lo hago, creo estar minimizando los daños, pero soy consciente de que mi mera presencia tiene siempre consecuencias negativas para los animales de la finca. En alguna ocasión he estado a punto de matar con la desbrozadora a un gazapo; sólo a punto… pero tan cerca que procuro no olvidar nunca hasta qué punto hay que ser cuidadosos. Mis perros no dejan que las perdices aniden al pie de las cepas, como sí hacen en otras fincas; con todo y eso, dejo sin desbrozar el espacio bajo los sarmientos, que después limpio (más o menos…) con las manos o con una azadilla. Donde hay hierbas muy altas empiezo cortándolas por la mitad  (y no al ras), para darles tiempo a las serpientes a sentir las vibraciones del motor que se acerca.

En cuanto a las huertas de cultivos herbáceos, rara vez se pasa ya el motocultor para mullir la tierra. Tomates, calabacines,  pimientos… todo (con  excepción de la parcela de patatas) se cultiva en montones de paja y mantillo, y son las lombrices y demás familia las que se encargan de mejorar la estructura del suelo. Pero esta es otra historia, que queda para otro día. Cuando salen hierbas entre las plantas  las quito a mano, muy selectivamente. Dejo siempre alguna que otra: alguna fumaria, que se llenará de mariquitas, alguna manzanilla.

La viña, por lo demás, sólo está cubierta de hierbas hasta finales de junio o mediados de julio. Por esas fechas se desbroza. De otro modo los sarmientos, ya muy crecidos, se enredarían entre las hierbas secas. No entrarían ni la luz ni el aire en el momento en que los racimos empiezan a madurar. Finalmente, la vendimia se haría imposible.

En La Rama de Oro hay catorce olivos de tamaño mediano. El mismo día de ir a recoger la aceituna limpiamos un poco con un rastrillo bajo la copa. Para entonces, ya en pleno invierno, ninguna hierba molesta gran cosa.

Por último. En la parte baja de la finca la pradera se mantiene sin arar y sin desbrozar. Sólo se “limpia” la linde con el vecino y el camino que la rodea, en la (seguramente ingenua) convicción de que si se iniciara por ahí un incendio esas tiras de tierra pelada valdrían para atajarlo más fácilmente.

Desbrozar implica un trabajo físico enorme. Y un trabajo que a veces hay que hacer con 35º de temperatura o más. Pero en líneas generales, en los cuatro años que llevamos haciendo las cosas así, pienso que el cambio ha sido positivo. Lo peor es que a veces se echa la vendimia encima y todavía no se ha terminado de desbrozar por algunas zonas. Es un problema de tiempo y de dinero (de tener la posibilidad de contratar a alguien para que eche una mano con la desbrozadora). Pero sólo eso. La tierra no se ha vuelto a romper. Y yo he podido empezar un catálogo de insectos y flores que va creciendo de año en año.

Cosas que he aprendido sobre los tomates en estos dos últimos años (3ª parte)

8. Que aprender a despuntar es una de las claves del éxito. Despuntar desde que la planta es pequeña. Despuntar radicalmente si el tomate es tipo enredadera, hasta el punto de no dejar más que un brote que vaya estirándose (bien atado a los tutores). Se le dejan formar 4 ó 5 racimos… y a correr. A partir de ahí se despunta también el brote terminal. No interesa que crezca ni que florezca más. ¡Interesa que maduren bien los seleccionados!. Que corra el aire, y que la planta no se venza por sobrepeso. Aprender a despuntar, de hecho, es aprender a renunciar. A los tomates-enredadera les basta un tutor individual. A mí me gustan más los palos normales, (poda de frutales, encinas…), porque los bambús y las cañas son resbaladizos. O unas barras de hierro corrugado.

9. Que hay que despuntar menos si es un tipo “mata baja”. Con todo y eso, y por mucho que me diga el del vivero que a estos se les deja a su aire… De eso nada. También a estos hay que despuntarlos. Pero es verdad que no tan radicalmente como a los enredadera porque, aunque así lo hiciéramos, la planta seguiría produciendo sin parar retoños. Lo que he aprendido es que a estos les viene bien una trama de tutores: cuatro postes a la misma altura y unas tablillas fuertes clavadas encima.  Según la longitud, y usando el sentido común, se pueden colocar varias tomateras debajo de cada estructura. La cosa consiste en ir atando cordeles desde la axila de las hojas de cada rama a esa especie de secadero o tendedero para ropa. A lo largo de estos dos años he sudado mucho para mantener erguidas las tomateras. Este sistema que describo es lo que tengo pensado para la huerta del 2012. A ver si a la tercera va la vencida.

10. Que con los cherris lo más sensato es relajarse y disfrutar. Haga lo que haga, los cherris acaban revolcándose por el suelo. Así que lo dicho. Despuntes terminales para que no me coman las calles entre líneas, y unas cuerdas aquí o allá, por las orillas, para poder regar sin mojar completamente las hojas (que de todos modos se mojan).

En la foto se ve el sistema del primer año: una caña horizontal sostenida por dos cruces de cañas, como en un secadero. Pero no fue suficiente, porque todos los cordeles iban al mismo punto y, al crecer la planta, se acababan apelotonando mucho las hojas en el centro. Mejor hubiera sido tener dos cañas horizontales, para que las ramas de la tomatera pudieran seguir abiertas, bien separadas, y que el aire y la luz circularan mejor.

Cosas que he aprendido sobre los tomates en estos dos últimos años (2ª parte)

5. Que si los tomates se reblandecen y ponen negros por la base (lo que los franceses llaman “cul noir”), o bien se resquebrajan por la zona del pedúnculo, eso se debe a que hemos dejado secar la tierra casi por completo antes de volver a regar. Con los tomates eso no vale. La tierra debe estar siempre fresca. Los tomates no pueden con el estrés hídrico, y lo manifiestan así… con el culo negro. En La Rama de Oro, con lasañas, y con temperaturas altísimas en verano, hay que regar un día sí y un día no. Los libros dicen que dos veces a la semana. En mi huerta no es suficiente. Pero es que el 95% de los libros de divulgación hortícola están escritos por gente del norte. ¡Cuidado con esto!.

6. Es verdad. Pudiera ser que a medida que pasen los años y la estructura de la tierra mejore, con los estercolados y aportes de mantillo constantes, pueda bajar la frecuencia del riego. Pero no es la situación a día de hoy.

7. Que, por otra parte, regar en exceso en esta zona, con 35 grados y más durante semanas, pero con bajadas nocturnas de cierta importancia desde mediados de agosto, favorece el desarrollo del oídio. Así que, en conclusión: tierra fresca de forma constante, pero jamás encharcada.

Cosas que he aprendido sobre los tomates en estos dos últimos años (1ª parte)

1. Que necesitan una buena cantidad de materia orgánica, y por eso se cultivan bien según el sistema de lasañas (véase entrada “Lasañas”, en “La tierra”).

 2. Que si se cultivan según el sistema de lasañas hay que colocar los tutores muy firmes. Pero muy muy firmes, y recalzar sin descanso el pie de las plantas durante todo el verano, pues las raíces, que son vigorosas, se mantendrán bastante arriba, donde el cúmulo de materia orgánica. Y al crecer y cargarse de tomates, la planta se desestabilizará.

3. Aumenta la desestabilización de la tomatera (a veces, el completo desarraigo) el hecho de que, al haber tanta paja y restos de siega en superficie, y además un nivel de humedad mayor que en el resto de la finca, también habrá muchas posibilidades de que pequeños y no tan pequeños roedores, mirlos, incluso sapos, vengan a escarbar al pie de cada planta.4. Que el sistema de lasañas no es incompatible con una buena cava antes de empezar a acumular las capas de materia orgánica. Algo así como un término medio entre el “método del bancal profundo” de J. Seymour y las lasañas estándar. Naturalmente, los partidarios de la lasaña preconizan su método allí donde la tierra es mala o donde no hay demasiadas ganas de cavar. Funciona. Y si ponemos buenos tutores, la verdad es que el problema no es grave. Menos aún, supongo, si la mala tierra de partida es algo arenosa. Ahora bien, en una tierra mala y dura, el trabajo que no hemos pasado cavando lo pasaremos después afianzando sin descanso los tutores y añadiendo nuevos soportes allí donde las tomateras empiezan a desmadrarse. Los partidarios a ultranza del sistema de lasañas me dirán:que la altura final de la lasaña no era suficiente, que hay que subir másque a lo mejor no riego lo suficiente, y por eso la “mala tierra dura” no se abre debajo de la lasaña, o no lo suficiente para que entren las raíces y se agarren a ella.

Yo insisto en que, con plantas muy vigorosas, es más seguro cavar un poco (no digo los 60 cm de J. Seymour, aquí no tiene sentido, pero al menos  20 ó 30) antes de colocar la lasaña. Las raíces bajarán, la planta estará mejor anclada. Y el agua en exceso se filtrará mejor. ¿Que con el tiempo el aporte de la enmienda orgánica mejorará la estructura del suelo y éste estará suficientemente mullido también en profundidad?. Ya lo sé. Y por eso creo que en los años venideros la cosa irá mejor. Pero en este primero no. Es una cuestión de tiempo. En los cuatro-cinco meses que tengo las tomateras ya crecidas y produciendo, una tierra muy mala, arcillosa, en la que he puesto por primera vez una lasaña, no va a dejar que  las raíces vigorosas de una tomatera la penetren. (Observación: la lasaña de tomates del año pasado no cuenta, porque vamos rotando; este año a los tomates les toca una lasaña nueva del trinque). ¿Que tengo que preparar la lasaña varios meses antes de trasplantar las tomateras, para que, en efecto, la tierra haya tenido tiempo de mejorar su estructura, incorporando la materia orgánica aportada, y ya francamente descompuesta?. Así sí, claro. Siempre y cuando uno tenga el tiempo y el espacio de su parte para poder planificar (y ejecutar!) con antelación suficiente a la llegada de los plantones…

Lombardas vs. lechugas

Agosto 2011

Cosas que he aprendido en la huerta a fuerza de equivocarme: hay que ir mezclando a los más rápidos con los más lentos, porque es la mejor forma de aprovechar el espacio (o lo que es lo mismo, el tiempo). Al hacer la planificación de las huertas he procurado tener en cuenta las familias botánicas y las necesidades de suelo y humedad de cada hortaliza. Pero no me había parado a pensar en los diferentes ritmos de crecimiento.

La lombarda es la más cansina entre las cansinas coles. La lechuga, en el otro extremo, va como una flecha. Bien regada, está lista en 30 días. La lombarda pasa más de medio año en el huerto, y eso sin contar con los ¿tres, cuatro? meses que a lo mejor se tiró en el vivero, desde el momento de la siembra. Si se ponen lechugas entre las coles, cuando la col está lista para ser arrancada hace ya mucho que nos hemos llevado y comido hasta dos tandas de lechugas; es decir, que cuando la col está enorme ya no hay nadie estorbándole por los pies. En el último tramo de su desarrollo está sola. Además, la lechuga es de buen conformar. No necesita un gran abonado, y sus raicillas ni en sueños le harán competencia a las de la col. El único posible inconveniente que le veo a este cultivo intercalado de lombarda y lechuga es que (y todos los libros de horticultura insisten en esto) las coles necesitan un suelo firme. Cada vez que se arranca una lechuga –para colocar otra un palmo más allá, previa incorporación de un poco de humus, y siempre y cuando en el suelo no haya parásitos– se esta removiendo la tierra e incordiando a la col. Pero esta operación puede hacerse con cuidado. Y además, sólo se hace una vez a lo largo de la estación: al trasplantar las lechugas –pongamos, en junio– se deja entre ellas un espacio algo mayor que el que recomiendan los libros, de modo que, al cortarlas, se pueda ir colocando la segunda tanda intercalada –pongamos, en agosto–. Así lo estoy haciendo yo ahora, y a lo que parece la cosa va bien.

Esto que cuento se refiere a la huerta de verano, a lo que tengo creciendo en estos momentos en el campo. Pero debiera valer también para la huerta de primavera con alguna pequeña variación: al trasplantar en marzo unas coles primaverales puede intercalarse con ellas una hilera de espinacas, que resisten el frío y son también relativamente rápidas (para las lechugas, aquí, hay que esperar un mes más). Y  lo mismo en agosto/septiembre con unas coliflores, intercalables con espinacas o, para variar, con rúcula. Así que veloces lechugas cuando ya hace calor, y rápidas espinacas cuando refresca (sea en primavera, sea en otoño). Y en ambos casos, las también rapidísimas, agradecidísimas rúculas.

Sólo porque me gusta el naranja/amarillo contra el morado he sembrado caléndulas entre las lombardas. Creo que lo suyo era poner capuchinas, pero aquí, con tanto calor durante tanto tiempo, ni siquiera bajo el sombrajo habrían estado contentas.